Galería | La Virgen de las Mercedes, un susurro de fe en la intimidad de su besamanos

Hay imágenes que no necesitan elevar la voz para imponerse a la mirada. Nuestra Señora de las Mercedes Coronada pertenece a esa estirpe de representaciones marianas cuya fuerza nace precisamente de la contención, de un lenguaje plástico en el que cada rasgo parece haber sido dispuesto para sugerir más de lo que muestra. Durante la celebración de su besamanos, la Hermandad de Santa Genoveva vuelve a situar a su titular en el centro de una experiencia esencialmente devocional, coincidiendo con la festividad litúrgica de su onomástica.

El encuentro se desarrolla en el Tiro de Línea, donde la imagen recibe el afecto de los hermanos y devotos que se acercan a contemplarla. No se trata únicamente de una estampa de culto, sino de uno de esos momentos en los que patrimonio y sentimiento confluyen hasta conformar una escena cargada de significado. Benito Álvarez, compañero de esta casa, ha recorrido visualmente esta jornada para conservar, a través de su objetivo, la atmósfera y los matices de una celebración que pertenece tanto a la memoria colectiva de la corporación como a la intimidad de quienes la viven.

El lenguaje de un rostro

Cuando José Paz Vélez dio forma a la Virgen en 1956, creó una Dolorosa que participa plenamente de la tradición sevillana y que, sin embargo, posee una personalidad perfectamente reconocible. El mismo escultor que realizó al Señor Cautivo de la hermandad concibió esta imagen como una talla de candelero destinada a ser vestida, acompañada por unas manos y una mascarilla trabajadas en madera y por diversos elementos añadidos que completan su fisonomía: ojos y lágrimas de cristal, pestañas y cabellos naturales.

Su anatomía alcanza los 170 centímetros de altura, pero es en la expresión donde reside buena parte de su capacidad de conmover. El rostro no busca el dramatismo desbordado. Por el contrario, su composición conduce hacia una emoción más interior, sustentada en la serenidad de la mirada y en la delicada disposición de sus facciones. Tres únicas lágrimas —dos sobre la mejilla derecha y otra en la izquierda— bastan para hacer visible el sufrimiento sin romper el equilibrio general de la composición.

La cabeza, ligeramente inclinada hacia la derecha, introduce un movimiento apenas perceptible que humaniza el conjunto. A ello se suman los grandes ojos rasgados, la nariz de perfil afilado, las cejas definidas y una boca pequeña que permanece ligeramente abierta. El resultado es una expresión de enorme proximidad, una fisonomía capaz de transmitir dolor sin abandonar jamás esa sensación de quietud que caracteriza a la imagen.

Una escultura construida desde la sutileza

La mirada del espectador descubre otros matices cuando se aproxima a la talla. Los pómulos redondeados y suavemente sonrosados, junto a una policromía de tonalidad clara y discreta, configuran un rostro en el que los contrastes han sido sometidos a una medida rigurosa. Los labios y las mejillas incorporan pequeñas variaciones cromáticas que rompen la uniformidad y aportan calidez a la representación.

Las manos prolongan esa misma concepción estética. Sus dedos largos y estilizados, rematados por uñas anchas, contribuyen a una imagen de mayor elegancia formal, alejada de las soluciones más infantiles o de las anatomías deliberadamente carnosas que también forman parte del repertorio de la imaginería mariana.

Todo responde, en definitiva, a una concepción escultórica sustentada en el modelado y en la capacidad expresiva de los pequeños detalles. La dulzura no procede de un único elemento, sino de la suma de numerosos recursos: la proporción del rostro, la disposición de los ojos, la suavidad de las mejillas, la inclinación de la cabeza y la contenida expresión de la boca. Esa coherencia explica el reconocimiento alcanzado por esta Dolorosa dentro de la imaginería sevillana del siglo XX, donde destaca tanto por sus cualidades artísticas como por la profunda dimensión devocional que ha adquirido con el paso del tiempo.

Cuando conservar también es custodiar la memoria

La permanencia de una obra de estas características exige también una atención constante a su conservación. En el otoño de 2007, Nuestra Señora de las Mercedes fue objeto de una intervención realizada por el restaurador Enrique Gutiérrez Carrasquilla, quien acometió trabajos de limpieza y consolidación destinados a preservar adecuadamente la imagen.

Aquella actuación tuvo como finalidad garantizar la estabilidad de la talla y mantener las condiciones de su policromía, salvaguardando así los valores materiales de una obra que, además de su dimensión artística, constituye uno de los principales referentes devocionales de la Hermandad de Santa Genoveva.

Ahora, ante Ella, el tiempo parece adquirir una cadencia distinta. El culto devuelve a la imagen su condición de centro de una comunidad que se reconoce en su mirada y encuentra en ella un espacio para el recogimiento. El besamanos transforma la contemplación en encuentro, y cada persona que se aproxima deposita ante la Virgen una historia que la fotografía no puede explicar, pero sí preservar como huella.

Es ahí donde adquiere especial sentido el trabajo de Benito Álvarez, encargado de fijar en imágenes aquello que por naturaleza pertenece al instante. Su galería no pretende detener la devoción, sino hacerla visible en el tiempo: recoger la luz que acaricia el rostro, la solemnidad del culto y la proximidad de quienes se acercan a Ella. Porque hay momentos que concluyen cuando termina la jornada, pero permanecen intactos cuando alguien consigue convertirlos en memoria.