La Virgen de las Maravillas ha cautivado a sus devotos en su anual besamanos.
Puntual a su cita, la nueva Eva ha descendido de su cielo terrenal para posarse en el suelo de la Sevilla que le reza perenne frente al tiempo implacable.
La Virgen de las Maravillas, revestida de reina y majestad, planea sobre las cabezas de los devotos que hacen cola ante su oratoria para ver la imagen.
¡Qué bonita estás, madre mía! ¡Vaya pecherín más elaborado! ¡Cómo le sienta esta saya! Son algunos de los comentarios espontáneos y sentidos que se escuchan en los límites del templo.
Pero en la humanidad del sonido, queda la eternidad del silencio, la mirada emocionada, las peticiones secretas que quedarán en el alma del emisor y los besos dulces que traspasarán la frontera de las emociones.
Todos esos devotos, padres, abuelos, nietos, primos, hermanos, todos pasarán, pero la Virgen de las Maravillas seguirá allí, extendiendo su mano a todo aquel que necesite de su amparo, su consuelo y su amor infinito. Por ella, por todo lo que ha venido y lo que está por venir, merecerá la pena la espera.
Y como nexo de unión a estas humildes palabras de un servidor, las espléndidas fotografías de Benito Álvarez son testigo indeleble de este acto imprescindible en la agenda cofrade de septiembre.

























