Per me reges regnant. La cita latina resuena como el Ave María de Caccini o el Réquiem de Mozart en la retina de tantos devotos que se acercan expectantes a la catedral.
Sevilla se mira en el espejo de los siglos cuando llega agosto, cuando la tesorera de sus desvelos baja del altar celestial para posar sus benditas manos en los corazones de sus hijos.
La rutina se hace tradición con el paso de los años, y la tradición se convierte en vínculo indeleble con el avanzar de las centurias.
El tiempo pasa, las personas pasan, pero el amor a una madre permanece. La capital hispalense lo sabe muy bien, y rinde honores en el octavo mes del calendario a su protectora, bienhechora, consoladora y patrona de la Archidiócesis.
Nuestra Señora de los Reyes descorre el cerrojo de las emociones más profundas del Sevillano cuando le habla de tú a tú, mirándolo frente a frente ante una imponente Capilla Real con una historia milenaria.
Es muy difícil explicar con palabras el abanico de sensaciones que pasan por el alma del devoto cuando llega la hora de presentar respetos a la Virgen.
Poco importa si lleva la corona de oro o la de plata, el manto celeste, rojo o blanco, la saya bordada o la de fino encaje y el exorno floral de nardos, margaritas o rosas.
No importa absolutamente nada más que verla a ella, contarle las penas y las alegrías, pedirle ayuda para llevar esa particular cruz que todos abrazamos mientras nos aferramos a la vida efímera y agridulce o darle gracias por esos “milagros” tan sólo explicables por su intención.
Y en esos segundos fugaces, que pasarán con una estrella fugaz sobrevolando la atmósfera azul inmaculada del cielo de esta ciudad mariana, solo se logrará repetir el lema que pervive con la marca de nacimiento en la piel: Per me reges regnant, por ti reinan los reyes.




























































