Sevilla, ⭐ Portada, 💚 El Rincón de la Memoria

Humildad, Paciencia y nazarenos en el mes de septiembre

El Cristo de la Humildad y Paciencia recorrió las calles de la ciudad en 1800

En época de epidemias la religiosidad popular ha acudido siempre a rezar ante Jesús y su bendita Madre con la finalidad de que sean escuchadas sus súplicas y cesen los estragos causados por enfermedades o sequías. Las rogativas del Santo Crucifijo de San Agustín o de la Virgen de los Reyes son un buen ejemplo de ello. Pero quizá la más llamativa fue la que protagonizó el Cristo de la Humildad y Paciencia.

Varios acontecimientos importantes marcarían el año de 1800. Entre otros, el Papa Pío VII sucedería a Pío VI en el solio de San Pedro y España entregaría el estado de Luisiana a Francia a través del Tercer Tratado de San Ildefonso. La Batalla de Marengo, en Italia, sería una nueva victoria más para el ejército de Napoleón, quien comenzaba a extender el imperio francés más allá de sus límites.

Iniciado el año de 1800 Sevilla contaba con poco más de 75.000 habitantes. Ciudad poblada de iglesias y conventos, la Inquisición todavía ostentaba un papel predominante. Décadas antes, en 1778, se autorizó al tribunal a trasladarse desde Triana hasta el antiguo colegio jesuita de la calle Becas, tomando posesión en febrero de 1782. E incluso en aquel lejano año de 1778 tuvo lugar un 24 de noviembre el auto contra Olavide, en el que fue declarado “hereje, infame y miembro podrido de la Religión”.

La ciudad vivía una importante epidemia. La fiebre amarilla de América o “Typhus Icteroide” provocó la muerte de cerca de 14.000 personas, lo que significó más del 18% del total de la población. La enfermedad dejaba cada día numerosos muertos en las calles y otros acababan siendo escupidos por el río, siendo socorridos por las hermandades, como la de la Santa Caridad. El pueblo, desesperado, acudía a los templos pidiendo auxilio. Se multiplicaban los rosarios de la aurora y las salidas extraordinarias de aquel año proliferaron por la ciudad.

El río Guadalquivir, arteria en torno a la cual se organizaba el comercio fue el principal lugar desde el que se propagó la fiebre amarilla, apareciendo los primeros síntomas en Triana y causando estragos en las zonas próximas a la otra orilla como el barrio de los Humeros o San Vicente. Las autoridades decidieron emitir un bando prohibiendo los teatros, auténticos focos de infección dada la aglomeración de público que aguardaba durante horas para deleitarse con las últimas obras de autores como Leandro Fernández de Moratín o Gaspar Melchor de Jovellanos. En cambio, los templos permanecieron abiertos, provocando un mayor número de contagios.

A principios del mes de septiembre, los hermanos de la Hermandad de la Cena se reunieron en la Iglesia de San Basilio. Apenas diez años antes se habían aprobado las últimas reglas, comenzando una nueva etapa para la corporación. Decidieron que una de las imágenes titulares debía salir en procesión de rogativas y que llegase hasta la catedral. Meditando, dirigieron su mirada hacia el Señor pensativo con la espalda lacerada. Aquella imagen de autor anónimo, de telas encoladas con pies, manos y cabeza de madera, sería la elegida. La Humildad del Hijo de Dios, un Cristo reflexionando con la cabeza apoyada sobre su mano derecha. Y Paciencia, la que necesitaba un pueblo que no encontraba remedio a su desolación.

El 12 de septiembre, por la tarde, el Señor fue llevado por sus hermanos en unas andas desde la Iglesia de San Basilio, en el barrio de la Feria hasta el primer templo de la ciudad. Acompañado por nazarenos, transitaron por unas calles inundadas de tristeza. Una ciudad desangrada hacia la que miraba el Señor, sentado sobre una peña. En silencio, solo se escuchaba el murmullo de quienes oraban ante la imagen, mientras que a lo lejos los hospitales no daban abasto.

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