El pasado 19 de octubre tuvo lugar la histórica Procesión Magna Mariana en Jerez de la Frontera. Una jornada que está dando muchísimo que hablar tanto dentro como fuera de sus fronteras. Un hecho que viene a refrendar, precisamente, la magnitud de un acontecimiento que trascendió lo religioso para adentrarse en lo cultural y trascendental para una ciudad que no siempre se ha situado en el mapa cofrade como debería por méritos propios: una de las capitales culturales y religiosas de la Semana Santa de Andalucía.
Treinta y seis advocaciones marianas, que se dice pronto, se dieron citas por las calles de una ciudad que mostró todas sus bonhomías pese a la gran cantidad de público que acudió a la cita. Fueron muchísimas luces y algunas sombras, si bien estas no eclipsan a las primeras en absoluto, por mucho que haya -especialmente entre los propios cofrades jerezanos- quienes están empeñados en agrandar lo poco malo, cayendo en el error de minusvalorar todo lo que se puso en la calle el pasado sábado. Criticar con un sentido constructivo siempre es plato de buen gusto, pero sin perder la perspectiva de la dimensión que ha tenido la Magna, especialmente hacia los cofrades de fuera de sus fronteras. Muchos de ellos, entre los cuales me incluyo, se han enamorado de las hermandades jerezanas y se han acercado a la Virgen María en sus distintas advocaciones. A partir de ahí, que no es poco, todo lo demás es criticable en su justa medida y contexto.

Las muchas luces
Jerez bien puede ser el equilibrio perfecto entre una ciudad moderna y actual y el sabor más añejo y puro, sin complejo alguno, de tiempos pasados. Las plazas, los edificios y la orografía de la ciudad proporcionan enclaves idílicos para ver pasar cofradías que, unas veces deparan estampas que bien podrían estar sacadas de décadas atrás, y otras muestran todo el esplendor de la época actual. No es fácil encontrar ciudades a las que les siente tan bien un paso de palio por tan numerosos rincones.
En lo que se refiere, directamente, a las hermandades, pudimos contemplar un elenco de dolorosas que, si bien no procesionan en la actualidad, todo hace presagiar que, en años venideros, poco a poco se irán incorporando tras los titulares cristíferos que sí salen a la calle en Semana Santa. Destacó la belleza de imágenes marianas como la recientemente bendecida Virgen de las Aguas de Fernando Aguado, la Virgen del Amparo de Elías Rodríguez Picón, los Ángeles de Navarro Arteaga, la Virgen de las Mercedes de Francisco Romero Zafra, María Santísima Madre de la Iglesia de Juan Ventura, o Angustia de María Madre de la Iglesia, de Antonio Jesús Dubé Herdugo, brillante imaginero que no tiene todo el reconocimiento que merece. Lo que se vivió el pasado sábado, en este sentido, es una ilusionante conexión con el futuro de la Semana Santa jerezana.
No conviene dejar de destacar la recuperación de la Virgen de los Remedios, de la Hermandad del Amor, bajo palio, tal y como sucediera décadas atrás. Una exquisita dolorosa que procesionó cobijada por el exquisito paso de palio de la Soledad de El Puerto de Santa María, y con el manto de los Ferroviarios de Granada. Llamó la atención el encuentro entre esta dolorosa y la Virgen del Refugio, cuyo gracejo al caminar conviene reseñar.

Hablar de Jerez es hablar de pasos de palio y devociones que trascienden sus fronteras. Fue una suerte y un auténtico privilegio contemplar, en la misma jornada, la magnificencia del Desconsuelo, el inconmensurable conjunto del palio de la Piedad, el aura y la peculiar belleza de la Esperanza de la Yedra, el auténtico joyero del paso de la Amargura, la elegancia de la Confortación, el argénteo tesoro que cobija al paso de palio de la Cena, la Virgen de Paz y Concordia, el característico sello de Santiago del Desamparo, la serena y característica belleza de las dolorosas de Sebastián Santos: la Estrella y Madre de Dios de la Misericordia, los personalísimos pasos de palio del Mayor Dolor, la Encarnación, los Dolores, el Traspaso, la Concepción de las Viñas, las Lágrimas, la Soledad o, la Paz en su Mayor Aflicción, e innumerables obras procedentes de talleres como los de Rodríguez Ojeda, Esperanza Elena Caro, José Ramón Paleteiro o Carrasquilla, entre otros. En definitiva, se puso en liza un valor religioso, patrimonial, y cultural incalculable en las calles, difícilmente comparable o repetible, y en escenarios tan radiantemente bellos como la Porvera, Tornería, la Plaza de la Asunción, la calle Larga, el Arenal o el entorno de la majestuosa Iglesia de San Miguel.
En el apartado musical, como se podía presuponer, estuvo marcado por un altísimo nivel de todas y cada una de las bandas que participaron. Si bien el aplazamiento respecto al anterior sábado hizo que algunas de las formaciones más mediáticas no estuvieran en el acontecimiento, lo cierto es que no hubo ni una sola banda que no estuviera a la altura de la histórica cita. A título personal, destacaría la excelencia de bandas como las Mercedes de Bollullos, la Municipal de Arahal, la Esperanza de Córdoba, Julián Cerdán de Sanlúcar, Amueci de Écija o Maestro Dueñas. Como sorpresa gratamente positiva, la Banda del Maestro Infantes de Los Barrios o la Banda del Carmen de Prado del Rey rayaron a un nivel altísimo, dando buena cuenta del gran nivel musical que hay en la propia provincia gaditana.
Para concluir la parte de las luces de la Magna jerezana, considero oportuno resaltar la relativa comodidad para ver pasos prácticamente donde se deseara. Quizá no hubiera la masificación que se barruntaba en este sentido por motivos diversos, entre los cuales es obvio señalar el aplazamiento respecto al pasado sábado, pero lo cierto es que la movilidad de un punto a otro, en líneas generales, era cómoda y fácil, permitiendo ver hermandades incluso en el recorrido oficial, sin las lamentables barreras visuales que se ponen en otros lugares. Destaco, igualmente, la incalculable cantidad y calidad del trabajo que ha realizado la Unión de Hermandades en poder organizar un evento de tal magnitud que se antoja complicadísimo que tenga parangón en otra gran capital. Pese a haber existido errores a lo largo del proceso, no se puede suspender -sí criticar- a un organismo que gestiona la presencia de 36 hermandades en la calle a la vez, y que tanto se ha esforzado en dar a conocer los magníficos tesoros que se pueden encontrar en la ciudad jerezana, con una política comunicativa más que acertada. A destacar el detallado documento informativo sobre la Magna, que facilitó a los foráneos organizarse.

Las pocas sombras
La crítica es lícita, como no puede ser de otra manera, si bien, como apuntaba anteriormente, la magnitud del acontecimiento es, en opinión de quien escribe, un clarísimo atenuante que invita a ser generoso y comedido en la misma.

Ríos de tinta se han escrito sobre los horarios y los parones de la Magna. Lo que parece claro es que otorgarle cinco minutos de paso a cada hermandad, con el componente añadido de los multitudinarios cruces por carrera oficial, es a todas luces algo irreal e imposible de cumplir. De haber tenido unos diez minutos de tiempo de paso, los retrasos habrían sido mucho menores. Hay pasos que estuvieron parados más de 30 minutos en el sitio, especialmente ocasionado por el tapón en Tornería con las dos decenas de hermandades que venían por ahí, viéndose perjudicadas las últimas. No es de recibo tener a cortejos, cuadrillas, músicos y público tanto tiempo inertes. Es difícil, pero seguro que existiría alguna alternativa que subsanara este aspecto. Tampoco se termina de comprender la consigna que se le dio a los últimos pasos de palio que iban de ida de transitar por la popular y estrecha calle jerezana a paso de tambor o palillera.

El asunto de los cruces no deparó ningún problema de orden público por dos razones: primero, porque Dios no lo quiso así, y segundo porque la masificación de la ciudad no era la que se antojaba a priori. Alguna solución debe existir antes de que haya que lamentar acontecimientos que vayan más allá de simples empujones o momentos de tensión, que se vivieron constantemente en los cruces. La presencia de policía en cada uno de los cruces bien podría facilitar la ingrata labor de los responsables de controlarlos.
En lo musical, salvo contadas excepciones, prácticamente todos los repertorios sonaban a lo mismo, basándose en obras que cada vez están más manidas pese a que su calidad sea indiscutible. Se llegaron a escuchar las mismas marchas en el mismo lugar con una frecuencia que llamaba, negativamente, la atención. Especialmente desafortunada fue la decisión de alternar chicotá con marcha y chicotá en silencio en el itinerario oficial, con público que pagó lo mismo y, según el lugar donde se encontrara su asiento, sistemáticamente veía pasos con marchas o en absoluto silencio. Sobre las sillas, al parecer, hubo quien las compró y se llevó la desagradable sorpresa de que ya estaba ocupada por otra persona con el mismo número de asiento. A todas luces, la gestión de este aspecto ha sido insuficiente.
Si de algo sirven las procesiones Magnas es para extender los horizontes del cofrade, que en ocasiones sigue demasiado encorsetado hacia lo propio o hacia lo sevillano, como si fuera el único referente válido en relación a los cánones establecidos. Jerez conserva la pureza de su personalidad, cobijada bajo grandísimas obras de arte en forma de pasos de palio, y con devociones marianas y hermandades cargadas de historia, devoción y fe, que pudieron darse a conocer al mundo en una cita innegablemente histórica y difícilmente reeditable. La Magna ha permitido a Jerez ponerse en el sitio que le pertenece, que no es otro que a la vanguardia de la Semana Santa andaluza.
Fotografía portada: Fco. Borja Chamorro






