Jesús Fernández, obispo de Córdoba: “La Cuaresma es un buen momento para hacer dieta en el uso exagerado del teléfono móvil y dejar atrás el rencor y el pecado”

La invitación a moderar el uso del teléfono móvil, a evitar el desperdicio de tiempo en el juego y a abandonar el rencor y el pecado resume uno de los acentos centrales del mensaje cuaresmal del obispo de Córdoba, Jesús Fernández González, quien propone este tiempo litúrgico como un itinerario de purificación interior y conversión auténtica. Bajo el título La Cuaresma, un desierto que nos cambia, el prelado traza una reflexión que conecta la experiencia bíblica con los desafíos contemporáneos, señalando que “la Cuaresma es un buen momento para hacer dieta en el uso exagerado del teléfono móvil, en el desperdicio de tiempo en el juego; es un buen momento para dejar atrás el rencor y el pecado”.

El desierto como preparación y escucha

El punto de partida del mensaje se sitúa en la figura de Jesús de Nazaret, quien, tras recibir el bautismo de manos de Juan el Bautista, se retiró al desierto. Aquel apartamiento no constituyó una evasión ni una huida de la responsabilidad, sino un acto consciente de preparación para la misión. En ese espacio de silencio, Cristo oró, escuchó la voz del Padre y practicó el ayuno, desprendiéndose de lo accesorio para centrarse en lo esencial, guiado por el Espíritu de Dios y rechazando las seducciones del Maligno.

El obispo recuerda que el número cuarenta, en la tradición bíblica, expresa la condición terrena y penitente del ser humano. El diluvio se prolongó durante cuarenta días; el pueblo de Israel permaneció cuatrocientos años en Egipto; y la travesía por el desierto hasta la Tierra prometida se extendió también durante cuarenta años. En esa misma lógica simbólica, Jesús aceptó la prueba del desierto durante cuarenta días.

Cuarenta días para la conversión

Siguiendo esa estela, los discípulos de Cristo recorren cada año el desierto cuaresmal durante cuarenta días, buscando la conversión y la preparación para el misterio pascual, cuya culminación tiene lugar en la Semana Santa. No se trata de un mero ejercicio ritual, sino de un proceso de transformación interior orientado a sanar la relación con Dios, con uno mismo y con los demás.

La liturgia del Miércoles de Ceniza, que inaugura este tiempo, señala tres caminos concretos: la oración, el ayuno y la limosna. Estas prácticas, lejos de reducirse a formalidades externas, son presentadas como herramientas para la renovación espiritual. Según el obispo, “el desierto es el lugar de la desconexión del estruendo que nos rodea. Es la ausencia de palabras para hacer espacio a otra Palabra, la Palabra de Dios, que como una brisa ligera nos acaricia el corazón”.

Oración: silencio frente al estruendo

En su mensaje, el obispo recoge palabras del Papa Francisco, quien describía el desierto como el lugar de la desconexión del estruendo que rodea al ser humano. Es el ámbito donde se acallan las palabras inútiles o dañinas para abrir espacio a la Palabra de Dios, comparada con una brisa ligera que acaricia el corazón. La Cuaresma aparece así como tiempo propicio para el diálogo filial con Dios, para sustituir el ruido por la escucha y para redescubrir la profundidad del silencio como condición de la auténtica comunicación espiritual.

Ayuno: renunciar a lo superfluo

El ayuno, tradicionalmente asociado a la privación de alimento, adquiere en el mensaje una dimensión más amplia. Citando nuevamente al Papa Francisco, se recuerda que “ayunar es saber renunciar a las cosas vanas, a lo superfluo, para ir a lo esencial. Ayunar es buscar la belleza de una vida sencilla”.

En este contexto se enmarca la llamada concreta a practicar una “dieta” en el uso exagerado del teléfono móvil y en el tiempo perdido en el juego, entendiendo estas renuncias como ejercicios de libertad interior. La Cuaresma, señala el prelado, es ocasión para desprenderse también del rencor y del pecado, realidades que erosionan la vida espiritual.

Limosna: abrirse al otro

El tercer pilar, la limosna, es presentado como antídoto frente a la autorreferencialidad. No se limita a la ayuda material, sino que abarca la entrega de tiempo, acompañamiento, consejo y consuelo. Se trata de un compromiso con la solidaridad y con la atención concreta a quienes más lo necesitan. Según el obispo, “se recomiendan las obras de misericordia, como signo de la autenticidad del culto que, mientras alaba a Dios, tiene la tarea de disponernos a la transformación que el Espíritu puede realizar en nosotros, para que seamos todos imagen de Cristo y de su misericordia hacia los más débiles”.

Camino hacia la Pascua

El mensaje concluye con una exhortación a no temer la entrada en el desierto cuaresmal. La práctica perseverante de la oración, el ayuno y la limosna se presenta como vía para renovar las relaciones humanas y fortalecer la vida en Cristo. El itinerario culmina en la Pascua del Señor, bajo el signo de la cruz, entendida como expresión suprema de amor, servicio y entrega por los demás.

De este modo, la Cuaresma se configura no como un paréntesis estéril, sino como un proceso de transformación profunda, capaz de reordenar prioridades, purificar afectos y orientar la existencia hacia una vivencia más plena y coherente de la fe.