Sevilla, 💚 El Rincón de la Memoria

José de Arce, el flamenco que talló a Jesús de las Penas

Con las claritas del nuevo año, se cumplen 354 años del fallecimiento de un imaginero singular que dejó su impronta en la Sevilla del siglo XVII. El 2 de enero de 1666, murió en Sevilla, en su casa de la calle Aire, Joseph Haerts, conocido en España como José de Arce. Nacido en Flandes (Bélgica) en 1607, con 29 años de edad, en 1636 se trasladó a Sevilla. Lo avanzado de su edad, permiten inducir que se formó artísticamente en Flandes, como atestigua su estilo escultórico, que no guarda relación alguna con el que se desarrollaba en Andalucía en aquella época, si bien sus maestros son hasta hoy desconocidos. Arce, estableció buenas relaciones con los escultores de la familia Ribas desde su llegada a la ciudad, donde se casó con una vecina de la Parroquia de Santa Ana, llamada María de Pastrana, quien falleció hacia 1647. Su segunda esposa, Margarita Tello de Meneses, era de Jerez, vecina de la Parroquia de San Miguel e hija de un acomodado comerciante natural de Lübecq, ciudad en la cual mantenía todos sus negocios. Contrajeron matrimonio el 22 de mayo de 1650 y tuvieron a su única hija, Romualda.

Arce es el más avanzado escultor barroco que trabaja en Andalucía por el atrevimiento de sus formas, la expresividad de sus rostros, ropajes y actitudes, así como la intensa expresividad espiritual de sus tallas. Por su formación, Arce es en nuestro país el primer representante del estilo barroco cosmopolita del XVII, que reúne y sintetiza las diversas corrientes escultóricas y pictóricas vigentes en Europa durante el tercio central de dicho siglo, de la cual es ejemplo la espléndida imagen de Nuestro Padre Jesús de las Penas.

El primer trabajo documentado que llevó a cabo fueron los Doce Apóstoles y el Crucificado que realizó para el retablo mayor de la Cartuja de Santa María de la Defensión de Jerez de la Frontera, entre los años 1637 y 1639, época en la que, residiendo en Sevilla, en la parroquia de la Magdalena, también debió realizar la imagen de San Bruno, fundador de la orden, cuya ubicación primitiva fue la sala de «de profundis», de dicho monasterio. En 1641 la Parroquia de San Miguel de Jerez le encargó cuatro relieves y cuatro esculturas que faltaban para concluir su retablo mayor, a pesar de estar concertado el trabajo desde 1601 con Juan Martínez Montañés, Juan de Oviedo y Gaspar del Águila. Los problemas surgidos para que Montañés, residente en Sevilla y sobrecargado de trabajo, cumpliese los plazos de entrega propiciaron que los responsables acudiesen a Arce para que concluyese esta obra, pero con la condición de que el escultor debía trasladarse a Jerez con su taller para que el trabajo no sufriese más demoras en su finalización, por lo que su vida profesional le llevó a residir en la ciudad jerezana entre 1644 y 1649.

En estos años realizó para dicha ciudad otras esculturas, entre ellas el Cristo de la Salud, titular de la Cofradía del mismo nombre cuya sede radica en la misma Parroquia de San Miguel. La posibilidad de establecer una relación documental entre el escultor flamenco y dicha imagen se deriva de un documento otorgado en Jerez, el 20 de febrero de 1647, en virtud del cual, el pintor de imaginería Manuel Días de Tejada se comprometía a policromar una imagen del «Santo Crucifijo» propiedad de la hermandad homónima. Siguiendo la costumbre, como testigo figuraba el propio José de Arce, quien se aseguraba así el control sobre el pintor para que su labor fuese adecuada a la calidad de la talla.

El regreso de Arce a Sevilla está documentado en 1649, pero no existía conocimiento de su actividad en ella hasta el momento en que la restauración de Nuestro Padre Jesús de las Penas, finalizada en enero de 1997 por los hermanos Joaquín y Raimundo Cruz Solís e Isabel Pozas, dio a conocer un documento alojado en el interior de la peana donde se mencionaba la autoría de José de Arce, datándola en 1655. El documento precisa que “en la çiudad de Seuilla Año de mill y feisçientos y cincuenta y çinco; gouernando la silla Apoftolica nueftro muy Santo Padre Alexandro feptimo defte nombre, y afimismo, Reynando en efpaña nueftro catholico Monarcha Philipo quarto de efte nombre; hizo efte Sancritsimo Chrifto d las penas, Jose ph de Arze, de nación Flamenco para una cofradía del titulo delas penas de Chrifto nueftro Señor, y triunpho dela Cruz, que Iafundo en Triana Diego Granado y Mosquera el año de 1644”. Terminado de descifrar el documento, fue colocado en el interior de la Imagen de Nuestro Padre Jesús de las Penas”

En 1652 el artista buscó vivienda en las proximidades de la Iglesia Mayor de Sevilla, ocupando la primera casa de la calle que baja de la Plazuela de Santo Tomás a la Lonja de Mercaderes. A la puerta de esta casa debió llamar Diego Granado Mosquera para confiarle la hechura del Cristo de las Penas, que con casi toda seguridad policromó Cornelio Schut, ya que permaneció con Arce hasta el 8 de mayo de 1656. Durante este periodo ocupa su tiempo labrando Inmaculadas, Niños Jesús y apóstoles, un catálogo de obras en la actualidad perdido, no localizado o genéricamente atribuido al taller de Pedro Roldán, que asumirá como propia la técnica suelta y los peinados tratados en grandes masas introducidos por Arce. De ahí el gran valor testimonial que irradia la imagen de Jesús de las Penas para el conocimiento de la escultura sevillana del tercer cuarto del siglo XVII y, lo que aún es más importante, para sentar ciertas bases de lo que entendemos por “roldanesco”. No en balde, el rostro de esta imagen seguía siendo dos décadas después un prototipo piadoso para los colaboradores de Pedro Roldán.

A la altura de 1655, el flamenco José de Arce estaba a punto de convertirse en el escultor más prestigioso de Sevilla. Le avalaban poderosas razones artísticas, basadas en un estilo solemne, rico en ritmos y ungidos de pasión. Un estilo nuevo, que consistía fundamentalmente en trasladar a la escultura los modelos pictóricos de Rubens. A esta interpretación de modelos rubensianos se une el conocimiento de los escultores flamencos de los estilos europeos, especialmente a través de la colaboración de muchos de ellos en los trabajos de Lorenzo Bernini para el Vaticano. Sus arrogantes imágenes, de carácter teatral y declamatorio, tan opuestas a las tranquilas siluetas del clasicismo andaluz, habían sido bien recibidas en Jerez de la Frontera y en Cádiz.

La imagen de Nuestro Padre Jesús de las Penas representa el momento anterior a la Crucifixión. Alcanza una altura de 1,46 m, habida cuenta de su posición sedente, y la materia prima fue la madera de cedro, posteriormente policromada. Cristo, sentado sobre una roca, con las manos unidas en oración, levanta su mirada al cielo, meditando sobre su muerte. Con un gesto tristísimo y angustiado, alza la cabeza y muestra los labios entreabiertos en un diálogo interior con el Padre pero también dirigido a quien se acerque a compartir su dolor. La composición deriva de la estampa grabada por Alberto Durero para el frontispicio de la “Gran Pasión”. Su presencia en el taller de Arce era casi obligada, si tenemos en cuenta el aire nórdico que le traspasaba y el magisterio que ejerció Durero sobre los artistas de los Países Bajos.

Iconográficamente, la imagen de una figura meditando sentada sobre una piedra y apoyando el rostro sobre una mano, tiene un origen que se remonta a época grecorromana, en la cual se representaba a Saturno, el más antiguo de los dioses del panteón griego, sentado en esta actitud; desde entonces se asoció a la deidad con el temperamento melancólico, con la introspección y la meditación. En el mundo cristiano, especialmente hacia el último cuarto del siglo XV, los filósofos neoplatónicos relacionaron la figura de Saturno con Cristo, como guía y maestro de la más profunda contemplación filosófica y religiosa.

Sobre estos planteamientos en 1914 Alberto Durero estampaba su xilografía “Melancolía I”, cuya influencia en el arte religioso fue decisiva en la representación de Jesús pensativo ante el instrumento del suplicio, hasta llegar a ser una de las escenas pasionarias más divulgadas desde el siglo XV hasta el XVIII. Es habitual en estas escenas situar la cruz tendida en el suelo junto a la víctima. Esta asociación con la Cruz está presente en el título fundacional de la Cofradía: “De las Penas de Christo Nuestro Señor y Triunpho de la Cruz”.

La advocación de la imagen procede de los Países Bajos y Alemania, donde se creó esta iconografía donde estas figuras se denominaban “Cristo de la Humildad y Paciencia”, “Cristo de Piedad” y “Cristo de las Penas”. La vinculación de la dinastía reinante, por aquel entonces, con los mencionados países favoreció el arraigo de esta devoción en España. Para mover más a la piedad, durante el barroco se suele alterar la postura inicial de las manos para unirlas en el gesto de oración que muestra la escultura. Esto motivó su proliferación en hospitales y asilos, como consuelo para los enfermos y ancianos, siendo el ejemplo a seguir en las calamidades de la vida.

Nuestro Padre Jesús de las Penas es una talla realizada por uno de los más importantes escultores barrocos que trabajan en nuestra región, introductor en España de una nueva forma de interpretar el estilo barroco quien, al ejecutar esta figura, realiza una perfecta conjunción entre la iconografía tradicional de la melancolía y la meditación sobre la muerte. Una obra digna del mayor interés para los estudiosos de la historia del arte y merecedora de la devoción de quienes buscan consuelo a su dolor en los sufrimientos de Cristo.

El último contrato conocido de este escultor es de 1657 para realizar, en piedra blanca y sin policromar, los cuatro Padres de la Iglesia Latina y los cuatro Evangelistas destinados a la Sagrario de la Catedral, donde se conservan.


Fuente documental hermandad de la Estrella

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