Hay nombres que, con el paso de los años, se convierten en sinónimos de elegancia, firmeza y pasión cofrade. Uno de ellos es, sin duda, el de Juan Berrocal, cuya figura se ha ganado un lugar de respeto y admiración en la Semana Santa de Córdoba. Capataz de raza, de los que mandan con el corazón y guían con la voz, ha sabido dejar una huella indeleble en la historia reciente de nuestras cofradías.
Hoy, Domingo de Resurrección, su estampa se dejaba ver nuevamente, aunque esta vez en un segundo plano, acompañando a su hijo, Juan Luis Berrocal, en el paso de misterio de la Hermandad del Resucitado. Una escena que conmovía a quienes lo reconocen no solo por sus años al frente del martillo, sino también por su humildad, su sabiduría y ese amor profundo por la Semana Santa, que ahora transmite con orgullo a la siguiente generación.
La de Juan Berrocal es una trayectoria construida a pulso, con temple y con una sensibilidad especial para entender lo que ocurre bajo un paso. Ha formado cuadrillas con alma, ha educado costaleros y ha sabido hacer de su labor un verdadero servicio a las hermandades. Su presencia es sinónimo de respeto, su palabra pesa, y su silencio también dice mucho.
Acompañar hoy a su hijo no es solo un gesto familiar, es el símbolo de un legado que sigue vivo, que no se detiene, que respira entre varales y chicotás. Es el testimonio de una Córdoba cofrade que no olvida a los que han sabido ser parte esencial de su historia.
Gracias, Juan, por tanto.





