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El Capirote, Sevilla, 💙 Opinión

Justa y Rufina

No existe ningún documento donde se acredite el patronazgo de las santas hermanas sobre la ciudad. Pero Sevilla las elevó como tales desde hace siglos, sobre todo por la protección ofrecida durante diversos terremotos que han marcado la historia de la capital. Y ahí queda constancia a través del arte, las innumerables representaciones que aparecen en los templos y en los pasos, en obras de Roldán o Goya, en las capillas íntimas y las iglesias más visitadas.

Ellas están presentes, aunque pasen los siglos, y a pesar de que no gocen actualmente de la devoción que requieren quienes dieron su vida por defender, en un mundo de locos, el amor hacia Dios, siguen siendo ejemplo para todos nosotros. ¿Quiénes estarían hoy en día dispuestos a hacer lo mismo? Se ha impuesto entre la sociedad una especie de recelo a afirmar libremente que uno cree en Dios. Y no se trata de ser astutos —hay quien lo piensa y no cae en la cuenta de que es un mero pretexto para esconder la realidad—. Es, sin adjetivos, cobardía, en un mundo donde los patrones impuestos menoscaban las creencias del ciudadano, sobre todo si esa creencia está íntimamente relacionada con nuestra Iglesia, con aquella que transmite la Palabra de Dios en un país, España, que va camino de convertirse en un desierto donde cada vez menos se ofrece cobijo al prójimo y se pretende ascender pisando a quien está por debajo en un mundo individualista, entre otras malas artes. Porque las hay, y muchas.

Con menor frecuencia aparece alguien dando un golpe en la mesa y diciendo “Yo creo”, sin pensar en las impresiones que esto pueda despertar en los demás. Y en el lado opuesto de la balanza crecen aquellos que no son capaces de reafirmarse en sus creencias, de defender nuestras raíces más profundas. Estos llegan a ser peores que los que no conocen la bondad del Altísimo, porque quienes saben de la Palabra y no la transmiten están condenados a ocultar toda verdad, cayendo en el ostracismo solo por el temor o las represalias que esto puede provocar en su círculo más cercano.

Y quienes deciden callarse participan de toda esa vorágine que ya forma parte de la médula espinal de un mundo cada vez más deshumanizado y materialista, ávido de propagandas falaces, de enfrentamientos y rencores que devastan el amor al prójimo y la entrega hacia los demás. Que las santas patronas no gozan hoy de la devoción de antaño no es ninguna novedad. Ahí están los cultos que las hermandades han realizado en su honor. Las vemos en el Corpus, como ejemplo de santidad, sosteniendo la Giralda cuyas campanillas emiten ese sonido limpio que se abre paso entre la multitud y nos reconcilia con nuestra infancia más inocente. Quizá, el homenaje más grande que pueda hacérsele a las santas hermanas, al igual que al resto de santos que inundan el calendario sea defender nuestra fe.

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