Córdoba, La vara del pertiguero, Opinión

Justificar o no justificar, he ahí la cuestión

Ayer conocíamos la noticia: ni la hermandad de la Quinta Angustia ni los Dolores de Alcolea formarán parte de la Agrupación de Cofradías de Córdoba. Los sentimientos de sorpresa se han combinado con la respuesta ofrecida institucionalmente por la hermandad mercedaria. Ahora queda analizar lo sucedido y plantear las preguntas convenientes de cara a comprender qué es lo que realmente ha pasado. Por mi parte, esbozaré solo dos lanzadas ya sobre el tapete: la cuestión de los criterios de pertenencia y la tocante a la justificación del voto.

En cuanto a la primera, parece ser que no hay discusión ni debate. La hermandad de la Quinta Angustia ha manifestado que su corporación cumple sobradamente con los requisitos establecidos por la Agrupación, de modo que no hay causa contraria para la entrada en la nómina de hermandades agrupadas. Cosa distinta es reflexionar acerca de esos criterios, así como de aquellos otros que, vuela pluma, se han ido sabiendo a través de distintas informaciones y que se tiene la pretensión de fijar por escrito. Entre ellos, destaca el de la calidad artística y el del número de hermanos inscritos en las cofradías, dos exigencias que, a mi entender, rozan más lo superfluo que lo fundamental en toda hermandad.

Ya que los requisitos no parecen constituir la causa del problema, cabe preguntarse qué más hay detrás de esto. Y, en este punto, nos encontramos con el mal principal de todo este entuerto: la injustificación del voto. La Quinta Angustia ponía el dedo en la llaga, y con toda la razón del mundo. Hay voces que ya han dicho que en los propios estatutos de la Agrupación aparece establecido este derecho, lo cual desconozco y no me importa. Sea así o no lo sea, es totalmente incomprensible que una institución, ya sea de manera unívoca o colegiada, tome una decisión sin justificar su postura.

Es más, debería ser una exigencia inherente a toda federación o confederación social, aparte de una consecuencia lógica; es decir, si has decidido negar la agrupación de una hermandad, es porque tienes unos motivos razonables y objetivos para hacerlo. Por tanto, si supuestamente los hay, ¿por qué no hacerlos públicos? Ampararse en un derecho que roza más lo oligárquico que lo democrático solo demuestra que hay un problema relacional y mucho que cambiar en el pensamiento cofradiero, empezando por los límites de lo que se ha de reservar como secreto y de lo que concierne, por derecho legítimo, a todos los miembros de las distintas corporaciones.

Habrá que esperar a ver qué ocurre en los días sucesivo, si es que ocurre, claro está. En cualquier caso, la polémica está servida y el debate, si Dios quiere, no se hará de rogar. Al menos, así debería ser para el bien de nuestra tan querida Semana Santa.