La carrera oficial de Santa Paula

A finales del pasado milenio, la manera de vivir los días grandes de la Semana Santa se llevaban a cabo de una manera muy especial en el convento de Santa Paula. Las monjas jerónimas convertían el claustro en una carrera oficial improvisada donde desfilaban los pasos con sus respectivos cortejos, formados por las novicias. Se cuidaba hasta el mínimo detalle, y hasta llegaron a bordar un manto para una de las dolorosas, lo que da cuenta de la importancia de esta tradición perdida.

La idea surgió en la década de los cincuenta, por iniciativa de la hermana Sor María de Belén Fernández Palacios, una monja sevillana que comentó esta idea a la madre priora, Sor Cristina de la Cruz Arteaga. Esta acabó aceptando y, aunque la idea era innovadora para la comunidad, pronto se volcaron todas las monjas en la preparación de las procesiones, que discurrirían por el claustro principal y terminaban en el coro, donde se instalaba el Monumento. Por aquel entonces, las monjas que habitaban el espacio eran más que las que, desgraciadamente, pueblan hoy el interior de esta monumental enclave. Además, la media de edad rondaba la veintena, por lo que, a la hora de montar los pequeños pasos, exornarlos o limpiar la plata, era menos dificultoso.

Procesión con el Ecce Homo

La sala de labor, convertida en improvisada basílica, acogía los pequeños pasos que recorrerían el claustro. A través de una de las puertas, justo la que se encuentra debajo de una escalera que Sor María de Belén proyectó, aparecían la noche del Jueves Santo el Señor de la Corona, un Ecce Homo que tenía su capilla en el claustro principal ― se dice que sudó sangre ―, y la Virgen de la Amargura, acompañada por San Juan. El Ecce Homo, de medio cuerpo, es una talla del siglo XVII mientras que la dolorosa y San Juan son imágenes del siglo XVII de unos 75 centímetros de altura. Aunque la Virgen se titula del Mayor Dolor y Lágrimas, desde la época de Sor María de Belén ya se le conocía como de la Amargura. En las escaleras se situaba un tocadiscos que radiaba “Amarguras”, mientras que la artífice de esta idea, Sor María Belén, marcaba el ritmo. Las chicotás se hacían cuando la monja daba con las manos varios golpes en las vetustas columnas.

Virgen de la Soledad 

También ella era quien cuidaba al detalle el cortejo. No solamente colocaba a las monjas en su posición, sino que se encargaba de que la cruz de guía, el senatus, las varas y los faroles estuvieran debidamente distribuidos entre las hermanas, quienes en ocasiones llegaron a llevar incensarios durante el trascurso de la procesión. Las imágenes se colocaban sobre unos pequeños pasos que también servían para otras procesiones que realizaban fuera de Semana Santa, como la Virgen de la Candelaria o la del Rosario. En la salida, Sor María Belén improvisaba un pequeño palco donde se situaban las hermanas que no podían acompañar la procesión, como las más ancianas o Sor Cristina de la Cruz, la madre superiora. Ellas veían cómo era el desfile, cuyos tramos estaban formados por seis monjas.

Si la procesión del Jueves Santo, que se realizaba a partir de las doce de la noche, era acompañada por monjas que cantaban saetas, la del Viernes Santo era más austera. Por la tarde salía en procesión el Santo Entierro y la Virgen de la Soledad, y eran los cantos gregorianos lo que se escuchaba desde el otro lado de los muros. Iban vestidas las capas marrones y, esa noche, no regresaban después a la sala desde la que salían los pasos sino que se quedaban acompañando a la Virgen de la Soledad, rezando la Corona Dolorosa.

Tanto los pasos del Jueves como los del Viernes Santo terminaban en el coro. Después regresaban a la improvisada basílica. La avanzada edad de las hermanas, así como la puesta en marcha del museo conventual, el obrador de mermeladas y confituras ― cuyos productos pueden adquirirse a través de internet ― y el taller litúrgico, impiden que hoy en día pueda rescatarse una de las tradiciones que ya forma parte del pasado más desconocido.