Córdoba, ⭐ Portada

La Crónica | Día de Misterios

El recuerdo de lo último vivido y el paseo reflexivo hasta su casa hizo que la noche fuese rápida en alcanzar el descanso. Aún hace un poco de estragos el descompás que se sufre entre la luz que se percibe y la hora que el cuerpo cree que es.

Ya llega el martes de la Semana Santa. Hoy es el día en que el Obispo bendice los óleos en la Misa Crismal.

Martes Santo nuboso y triste. La luz que entra por la ventana predice calima y dudas sobre el tiempo para los días venideros.

Mientras se toma el café con pestiños de cada mañana, Rafalito Cuaresma repasa publicaciones en los foros cofrades. Empieza a sospechar que hay un tipo de Gente de Paz que le está siguiendo en sus paseos, porque cada noche publica una crónica del día que se asemeja mucho a lo que él ha ido visitando y sintiendo en esa jornada. Hoy estará atento por si descubre al follower cofrade que le vigila.

Hoy ha cambiado su plan de trayecto. Hoy no va a ir paseando por las calles en busca de templos e iglesias siguiendo una lógica geográfica, o una lógica de sus gustos. Hoy es martes y ha decidido ser original.

Mientras apura el café, Rafalito Cuaresma se ha dado cuenta de que las hermandades de este día, de las que cinco representan escenas de la Pasión a través de Misterios, tienen un orden cronológico en la historia de lo que representan.

Puede que no sea el orden más cómodo, el más lógico, el más normal incluso. Pero en esta Semana Santa cabe cualquier novedad y excentricidad. Así que ha decidido empezar en Salesianos y finalizar en la Iglesia del Juramento. Y ya mirará al final del día en su band watch de runner cuántos pasos le deparará su idea.

La calle está poco transitada aún. Cada vez tiene más claro que el momento de visita a las hermandades es la mañana. La tarde se complica un poco más con las esperas en las colas. Y al entrar al patio que da paso al dintel del Santuario observa a la devoción de los Salesianos y de San Juan Bosco, a María Auxiliadora, en el Altar Mayor, con Jesús Niño en sus brazos.

Y a sus pies, a cada uno de sus lados, como en un viaje en el tiempo, a la misma María, llena de Piedad por lo que van a hacerle a su Hijo en el momento de ser prendido en el huerto que ya visitamos en San Francisco. Nuestro Padre Jesús, el Divino Salvador, como en una fotografía sacada al protagonista de ese momento, parece estar puesto a la veneración sacado de todo el tumulto que debió producirse aquella noche en Getsemaní.

Los cirios en las piezas de candelería rodean a los Titulares de la Hermandad Salesiana, colocados sobre el Sagrario. La nave de la iglesia vacía aún. Y nuestro amigo se marcha por el patio, antes de que los alumnos del colegio comiencen a rezarle a quienes velan por ellos a diario mientras crecen y se forman en las aulas salesianas aledañas.

Mientras pasea por las calles en busca de la siguiente hermandad, y recordando la devoción a María Auxiliadora, nuestro protagonista va pensando en cómo su pasión por las cofradías, por este mundo tan especial y único que es el que no trae a estas jornadas, le ha servido a él, como a muchas otras personas, para revivir y volver a tener presente la Fe que, quizás, se quedó adormilada aquel día en que hizo la Primera Comunión. ¡Quién sabe si se hubiera mantenido alejado de toda vivencia de Dios si no hubiera sido envenenado por esta ponzoña que son las Cofradías!

Y así va subiendo por la iglesia de San Andrés, a la que deja momentáneamente a un lado para no saltarse su intención de seguir su orden de la Pasión de Cristo. El olor a incienso que sale de la tienda de artículos cofrades al entrar en la calle San Pablo le hace ralentizar su caminar. Y al llegar al Bailío no puede sino revivir en su memoria el paso de procesiones por la Cuesta en otros tiempos.

Los escalones de acceso al Santo Ángel le sumergen en un frescor que contrasta con el calor que empieza a hacer en Córdoba. Y en un altar elevado, Ntro. Padre Jesús de la Sangre en el centro, con las manos atadas y la mirada baja. A su derecha su Madre, la Reina de los Ángeles, y a su izquierda el discípulo amado, San Juan.

Como en la anterior ocasión, al sacarse del contexto escénico que está acostumbrado a presenciar del Señor en el Desprecio del pueblo de la Jerusalén cordobesa, vuela su imaginación y crea una nueva situación. Así, Jesús parece mirar a su Madre entregándola a San Juan como la Madre de todos los cristianos. Y San Juan también la mira, receptor del mayor de los regalos. Esto ocurrirá más adelante, cuando todo esté a punto de finalizar en el Calvario. Pero la escena, al ser despojada de protagonistas secundarios del Pretorio, parece adelantar el momento de la entrega del regalo de la bendición de una madre.

Al salir de la Iglesia Conventual, mirada obligada y oración ante el Cristo de los Desagravios y Misericordia.

Retorna sobre sus pasos para seguir con la cronología de la Pasión. Ya ha sido prendido, y juzgado y despreciado. Toca verlo caminar con la Cruz a cuestas por la Calle de la Amargura cordobesa, primero en su encuentro con su Madre, y después dejando su rostro ensangrentado en el lienzo de aquella mujer de Cesárea de Filipo.

Al callejear por la Fuenseca, Rafalito se encuentra con la puerta entreabierta del Convento de las monjas jerónimas de Santa Marta. Estas mujeres, entregadas a la vida en oración por todos nosotros, están preparando el precioso altar que cada año conforman para la celebración de los Santos Oficios. Solo se puede respirar tranquilidad y bondad entre esos muros. Y piensa lo olvidadas que están por todos nosotros, no sólo porque viven intramuros de manera voluntaria. Muchas veces somos nosotros quienes ensanchamos esos muros y no pensamos en sus necesidades.

San Andrés no está como hace dos días. La Hermandad del Buen Suceso ha rediseñado la escenografía del paso de Misterio. Y el encuentro de Jesús con su Madre, la Virgen de los Dolores, se ha convertido en el momento en el que el romano impreca a Simón de Cirene a que coja la Cruz, mientras Jesús parece hablarle a las mujeres y consolarlas en ese instante de desesperación por lo que presencian. María de Cleofás y María Salomé a sus pies. A un lado, San Juan y María Magdalena sostienen a la Virgen.

Y a los pies de toda la escena, María Santísima de la Caridad, la que gubiara Miguel Ángel González Jurado, la que disputa en belleza con la Esperanza. La que es observada por su Hijo desde atrás. A la que deja sola con su Muerte.

Los pies de nuestro paseante están empezando a pasar factura. Y aún quedan días de paseos. Así es que Rafalito Cuaresma Santacruz se encuentra a esta hora del aperitivo con una dicotomía. O cambia de plan de itinerario, o lo mantiene dándole una solución a las vueltas que tiene que dar. Y en ese momento, cuando se está encaminando a la calle Conde de Cárdenas para dar buena cuenta de un par de bocadillos con su bebida correspondiente, sentado en un escalón de la Iglesia de Santo Domingo (que no haya procesiones no quiere decir que haya que dejar las costumbres), ve un vehículo amarillo del que su amigo de andanzas y tertulias tabernarias le había hablado en alguna ocasión. Y no se lo piensa dos veces: “Hoy cojo una moto. Que me queda ir al Naranjo… y volver”.

Pero eso va a ser después del bocadillo de calamares, del serranito y del bocadillo de tortilla y flamenquín que se va a meter en el botón apretado de la chaqueta y la espalda. Al sol, bajo el San Rafael de La Compañía, y cerveza de lata en mano. Que todo no va a ser sufrir… ni ver sufrir.

De ahí a San Juan y Todos los Santos… ná. Un paseo. Pero ya se ha ido asegurando tener una moto amarilla cerca, por si acaso.

Es temprano, no son las dos de la tarde aún. Y corre hasta la Iglesia de la Trinidad para presenciar el misterio de la Santa Faz.

En la hornacina lateral ha encontrado la composición que los miembros de la corporación han dispuesto para esta Semana Santa. Y entre dos faroles arbóreos, juntos, Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Trinidad. Y a los pies del Nazareno, Berenice, la mujer que secó el sudor y palió el sufrimiento de Jesús, obrando el milagro de dejar impreso su rostro en el paño. Y las Santas Mujeres consolando a la Madre de la Trinidad.

Es la segunda ocasión en la que la composición estética es distinta a la que acostumbra nuestro protagonista a presenciar en el paso de procesión. Pero eso le da una nueva perspectiva a las escenas que se representan. Le da vida al momento.

Y después de rezar una pequeña oración, al momento de presignarse para salir por la puerta lateral de la Parroquia, la voz de una mujer le hace girarse, sorprendido por lo inesperado.

No había reparado aún que ya es Martes Santo y no había escuchado una saeta aún. Se ha acostumbrado a tantas nuevas normalidades que no echa de menos una corneta, un tambor o la voz rota de una oración cantada. Pero esta mujer que le reza cantando al Nazareno, que le canta rezando a María Santísima de la Trinidad, le ha devuelto a lo que tienen que ser las cosas. A la única normalidad que la Semana Santa entiende. A la de siempre.

Aún con el vello erizado por la saeta presenciada, al igual que ha sido espectador el cura párroco y todos los allí presentes, se encamina hacia la Escuela de Artes y Oficios. Que el móvil le ha dicho que allí hay una moto esperándole.

Después de trastear un poco entre la app, el casco, la moto… se encamina al Naranjo. Al barrio que ya no está separado de Córdoba. Al barrio que cada Martes Santo se vuelva con su Crucificado y con su Dolorosa. Al barrio más allá de los puentes; puentes que unos locos/osados/valientes se atrevieron a transitar hace ya años camino de su sueño: hacer Estación de Penitencia en la Carrera Oficial.

La cola en la calle de la Parroquia de Santa Victoria, una de las muchas que fundó Fray Albino más allá de su barrio querido, es más concurrida de lo que Rafalito esperaba pues, ¿quién va a ir hasta el Naranjo?

Pero es que la Hermandad de la Agonía ha sabido ir abriéndose paso entre los cofrades cordobeses de todos los rincones de la ciudad, desde la humildad de una hermandad aún joven, desde las ganas de crecer, y desde la dedicación a las obras sociales, tanto cerca como lejos de su feligresía.

El altar mayor de la Parroquia de la patrona de Córdoba, la hermana de Acisclo, lo llena por completo el Crucificado, el Cristo de la Agonía. Al igual que en ocasiones ya vividas hoy, despojado de todas las figuras que normalmente le acompañarían un Martes Santo cualquiera. Bajo dosel y rodeado de un mar de piezas de candelería, el Cristo de la Agonía eleva su mirada al cielo, buscando un poco de aire con el que poder seguir entre nosotros, y rogándole a Dios por todo su barrio.

Y en su capilla, María Santísima, la Madre del Redentor que muere en la Cruz. Ntra. Señora de la Salud. El motivo de los desvelos de los hermanos de la corporación.

En su capilla, rodeada de flores coloridas, sobre los nuevos respiraderos plateados, escoltada por su candelabros de cola, y con el fondo de su bambalina frontal sobre dos varales, expuesta a la veneración de los cordobeses que le piden salud y el final de esta situación. Si ayer le pedían salud al Cristo de la Trinidad, ¡cómo no pedírsela a la Madre! cuando sabemos que una madre nunca va a negar nada a sus hijos cuando se lo piden de corazón.

Son las seis de la tarde, y Rafalito se encuentra por primera vez en estos días con la oportunidad de participar en una Eucaristía de Hermanos. Y no desaprovecha la ocasión. Se sienta en un banco apartado de todo protagonismo, junto a la mesa petitoria que preside un Niño Jesús vestido con el hábito nazareno de la hermandad. Son momentos así los que le hacen convencerse aún más de que las hermandades no son solo procesiones. Son también caridad, formación y fe.

La moto sigue donde la dejó. Menos mal. Porque a ver cómo si no llega al Patio de los Naranjos para presenciar el concierto que hoy ofrece la Banda de Música de la Esperanza. Al entrar en el recinto, los sones de Saeta Cordobesa, del maestro Gámez Laserna. Un nuevo dulce para este día.

Vídeo | El Rincón Cofrade

Está anocheciendo y es momento de caminar nuevamente. Destino: la Iglesia del Juramento de San Rafael. Al igual que ayer, lo que resta del Martes Santo es mejor vivirlo a la luz oscura de la noche.

Frente al templete en que permanece el arcángel que nos protege, la escena de la muerte de Jesús. Nuevamente muerte.

El Cristo de Miñarro, el Cristo de la Universidad, crucificado en el árbol de la cruz, se muestra en todo su realismo, sin esconder un ápice de lo que sucedió. Silencio, dolor, muerte, fin.

Al pie de la Cruz, Ntra. Sra. de la Presentación, despojada de su Corona, ofrecida a los pies de su Hijo, representando que todos los reinos están bajo Él.

Vistiendo hábito, la Madre sostiene el puñal que le atravesará el corazón, como profetizó Simeón.

Extrema sencillez. Estética de otros tiempos, de otros lugares. Pero mostrándonos un mismo mensaje. La muerte de Jesús por nosotros.

Se marcha no sin antes visitar la réplica de la Sábana Santa que se venera en Turín. Y de nuevo regreso a casa. Con la misma sensación de ayer de tristeza, de muerte. Otra vez Realejo arriba.

“Mañana cambio de itinerario de vuelta a casa”

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