Sevilla

La crónica | El jueves que brilló más que el sol

A las nueve y cuarto Justa y Rufina avanzaban por la Avenida de la Constitución cuando, a la altura de Alemanes el sol iluminaba el rostro de las santas alfareras. Era la primera ocasión que el astro rey hacía acto de presencia en una mañana donde las temperaturas rondaban los veinte grados. Antes, los niños carráncanos habían inaugurado un nuevo Corpus y Santa Ángela, el primero de los pasos, inauguraba la alfombra de juncia y romero que horas antes cubrió la piel de la ciudad. A esa hora había grandes claros. Tras las santas trianeras avanzaba San Isidoro. Cuando este llegó a la Plaza de San Francisco, su hermano se encontraba saliendo por la Puerta de San Miguel. En medio, una avenida plagada de representaciones. Un cortejo tedioso que provocó que los asistentes buscasen los alrededores de la Plaza de San Francisco. Así se fueron llenando, por ejemplo, las escaleras del Banco de España mientras que otros optaron por apoyarse en la fachada.

Las primeras representaciones ya habían llegado a la Catedral, lo que volvió a dejar estampas de los hermanos atravesando el cortejo con los simpecados al hombro. Salían del centro y a su vez llegaba más público. Cuando la mirada de San Fernando se encontró con el cielo, el centro comenzó a poblarse. Disipadas las nubes y con un sol radiante, el santo rey llegaba a la plaza presidida por la Hiniesta gloriosa a las diez y media. Tan solo siete minutos más tarde lo hacía la Inmaculada Concepción. Y es que tras San Fernando, los pasos iban más seguidos. La imagen de Alonso Martínez dejó paso al Niño Jesús del Sagrario, cuyas campanillas anunciaban su llegada. La custodia chica, con la Santa Espina en su interior, paso exornado por la hermandad del Valle, discurría ya por unas calles con un mayor número de público. Tras este paso, el Santísimo Sacramento. El aparato del Corpus, obra de Arfe, volvió a congregar todas las miradas.

Durante la procesión volvieron a escucharse los cantos de las corales en zonas como la Plaza de San Francisco o El Salvador. Precisamente cuanto el Santísimo Sacramento pasó ante el altar de la Hiniesta, muchos sevillanos se dirigieron entonces al Salvador, donde el público era mayor. En esos instantes, la sonrisa del Divino Infante se encontraba con la mirada profunda de su escultor. Los últimos pasos fueron llegando a una Plaza Virgen de los Reyes, donde se despidieron de los devotos. A medida que se acercaban las manecillas del reloj a las doce del mediodía, pasaba la Inmaculada por el altar del Señor de la Cena. No llegaba el cuarto de hora cuando lo hacía la Santa Espina. Poco después, la Custodia cerraba un cortejo al que le hace falta una profunda revisión.

La jornada continúa con el traslado del Señor de la Cena hasta Los Terceros. Ya por la tarde, la Virgen de la Hiniesta retornará a su templo llevando los aires de San Julián por las estrechas calles del centro.

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