El Lunes Santo no es razonable. Cuesta comprenderlo. Sevilla se despertó temprano con una resaca dulce y con el bambaleo de las túnicas blancas de los nazarenos del Polígono de San Pablo. Esta vez solo miraron al cielo para agradecer a Dios la celebración de dos grandes efemérides: el 25 aniversario de la hechura de Jesús Cautivo Rescatado y el 10 aniversario de la primera estación de penitencia. Muy pocos años viniendo a Sevilla y parecen que llevan una eternidad, porque la cofradía del Polígono se vive siempre con intensidad desde que llega al centro.
La salida de la Hermandad de la Redención volvió a ser una apoteosis de alborozo con un Señor y una Virgen que cada año van conquistando más devotos. El sol de la Plaza de Santiago brillaba más fuerte que nunca, como le gusta hacerlo cuando visita el Lunes Santo. Y si el sol no era suficiente para provocar la ceguera, la cofradía del Rocío la provocó con un gran elenco de estrenos del bordado: el nuevo mantolín bordado en oro sobre terciopelo morado del Señor de la Redención, las túnicas bordadas del apostolado y el magnífico manto de la Virgen del Rocío que no se vio el año pasado por la lluvia.
El día estaba concebido para que los sevillanos supieran que la belleza de la Semana Santa está en la devoción. Aquella que arrastran dos cautivos, uno del Tiro de Línea y otro del Barrio León. La expresión de los devotos abrió la caja de Pandora de la Semana Santa. El palio de la Virgen de las Mercedes era un trozo de cielo, quizá porque estaba restaurado en su totalidad. Mientras, la Virgen de la Salud de San Gonzalo derrochó por todas las calles una dulzura con su andar, terminando con la nostalgia de verla irse, pero con la certidumbre de volverla a disfrutar el próximo mes de octubre en su coronación.
También el Lunes Santo es un contraste. Del jaleo a la sobriedad del paso largo de Santa Marta, clásico, elegante, decidido. Es la forma perfecta de llevar a Cristo yacente. Como el de la Vera Cruz. Sevilla antigua y medieval, de música de capilla que pone en la calle a la perfección el término de cofradía.
En el barrio del Arenal salió las Aguas. El Cristo que sorprende a los niños llenó el ambiente de admiración y el misterio selló un compromiso de elegancia y sobrenaturalidad con la Banda del Santísimo Cristo de las Tres Caídas. Por su parte, la Virgen de Guadalupe fue una de las grandes protagonistas del Lunes Santo. Celebraba el 50 aniversario de su bendición. Por este acontecimiento la dolorosa se presentó vestida de hebrea, abriendo una brecha de sorpresa que corrió por toda la ciudad, dejando comentarios de aprobación y desaprobación. Sin embargo, el palio fue el símbolo de un paso airoso que desprende hermosura en todas las calles de su recorrido.
Cuando la luz deja su tono más romántico por Alfonso XII llegó la Hermandad de las Penas. Un año más volvió a ser una de las cofradías más esperadas por los cofrades que huyen de la cornetería para fundirse en el murmullo del racheo y el crujir del paso de Jesús de las Penas, y del repertorio medido del palio de la Virgen de los Dolores. Prueba de ello fueron las bullas que sufrió la cofradía por punto de especial interés como la Plaza del Salvador.
Sin duda, el broche de oro lo volvió a poner la Hermandad del Museo. Romanticismo en su máxima expresión. La sobriedad del Cristo frente a la alegría de un palio que tiene pinceladas de barrio, con un repertorio que es uno de los grandes deleites de la Semana Santa. Como el recorrido de vuelta, acierto de la junta que se probó el año pasado y que llena de gusto a los cofrades. Las calles del barrio del Arenal se llenaron de gente que quiso empaparse de la hermosura que desprende el palio de la Virgen de las Aguas. La llega a la Plaza del Museo fue el diamante del broche de oro del Lunes Santo. Saetas y Virgen de las Aguas. El Lunes Santo fue la irracionalidad de la conciencia.





