Portada, Sevilla

La crónica | El vía crucis del Cristo Yacente, la pervivencia del Barroco

Numeroso público acompañó el piadoso ejercicio

Quedaba más de un cuarto de hora para que las puertas de la iglesia de San Gregorio se abrieran. Y el público aguardaba esperando formar parte de un vía crucis que antes de la pandemia venía siendo uno de los grandes desconocidos. Así lo demostraba el público que formaba parte del piadoso acto. Por eso, antes de que a las ocho en punto asomase la cruz alzada, el comentario general hacía hincapié en el gentío que apostado esperaba en la céntrica calle Alfonso XII cuando ya la tarde se había tornado noche.

La policía hacía acto de presencia para cortar el tráfico. En el templo más cercano, el de San Antonio Abad, los presentes asistían a misa. Y las temperaturas acompañaban después de una noche pasada por agua. Por eso cuando terminó la celebración de la eucaristía muchos tomaron dirección al Museo, donde el Cristo Yacente se aproximaba a la capilla de los titulares del Lunes Santo.

De la oscuridad se dio paso a la luz en cuestión de segundos. Tras abandonar la capilla del Museo el cortejo discurría por el lateral del Museo de Bellas Artes. Desde allí oteaba Murillo y la Virgen de la Merced, pétrea escultura que recuerda el cenobio que antaño fue. Tras bordear la plaza el cortejo se adentró en Monsalves. Y justo cuando lo hacía la imagen del Cristo Yacente volvían a existir las risas, bullía el jolgorio en los bares cercanos y algunos pedían respeto sin apenas éxito.

Ciudad de contrastes que no muy lejos de allí encontraba calma y sosiego. De las luces y el estruendo al silencio y la calma. San Antonio Abad, tan solo iluminado por las velas, adentró al devoto en las iglesias de antaño, con la única iluminación de unos cirios que parecían arañar las alturas. Poco a poco el atrio fue poblándose hasta que el tañer de la campana recordó que el portentoso yacente atribuido a Juan de Mesa estaba a punto de entrar en el templo.

En la puerta se rezó la décima estación. Y se recordó el horror de Ucrania. Después la cera dejó sus gotas de sangre. Las dos siguientes estaciones llegaron ante el Nazareno y la Virgen de la Concepción. Los móviles se afanaban en capturar sendos momentos. Y afuera los asistentes miraban hacia un cielo nublado donde sobresalía la espadaña de la iglesia, que parecía agigantarse.

Los acólitos anunciaban la salida de las andas, y los dispositivos otra vez en alza. Barroco en estado puro que se rompía a base de flashes. Los pocos, pero los suficientes para testar el ánimo de quien llevaba decenas de minutos esperando vivir el recogimiento detenido de una estampa que la pandemia nos robó hace dos años. Con la décimo tercera estación se regresaba al siglo XXI.

Los hermanos se disponían a buscar su sede canónica. Las farolas taciturnas, los rótulos de los comercios y el transitar de los sevillanos serpenteaban en el tiempo y el espacio sobre los adoquines. La última estación se rezaba en el interior del templo. Las puertas de la iglesia de San Gregorio se cerraban de un aldabonazo. Y se volvía al Barroco. Las últimas palabras fueron para recordar a los que no están. Este vía crucis fue de los últimos actos antes de que el confinamiento fuera la primera página de una historia que nos removió las entrañas. Y la hermandad se acordó de aquellos que la Covid se llevó. Y que ahora están junto al Padre.  Después, una luz tenue dibujó el rostro de la Virgen de Villaviciosa, que había permanecido en las sombras. En el reloj, dos minutos para las diez y cuarto. Por la puerta se llegó a Alfonso XII. Otra vez las luces, el sonido y el siglo XXI.