Contemplar al impresionante crucificado en la cruz plana, con la Virgen a sus pies, y cuatro grandes hachones, recortarse en el azul del cielo es una de las estampas más clásicas e inmutables de la Semana Santa de Córdoba. Y el barrio de la Axerquía es la esencia donde reside la hermandad cordobesa de antaño, la que mantiene un poso de tradición alimentada por el paso de los años.
Jesús, el Señor de la Caridad, ha muerto. Todo el Calvario se tiñe de flores rojas por la sangre derramada. Todo se ha acabado ya. El sufrimiento ahora es serenidad, el castigo ya no puede seguir doliendo, las burlas ya no resuenan en sus oídos, el velo del Templo se ha rasgado. Todos han huido menos Ella. Allí estaba la Madre Dolorosa, a los pies de la Cruz, lacrimosa, de la que cuelga su Hijo. Con el corazón recogido en sus manos orantes, en una última mirada perdida antes de recibirlo en sus brazos por San Agustín.
Los nazarenos de negro y rojo forman las filas con uno de los guiones procesionales que cuenta con las más antiguas de las piezas. Aunque también renovadas, como este año han sido las varas del Hermano Mayor y Presidencias, así como el juego de incensarios, todo ello realizado por Emilio León.
Cortejo clásico, que sabe caminar, al igual que hacen los costaleros de la Caridad. Ver avanzar el paso con el inmenso Crucificado es algo que se queda en la retina.
Sólo como nota mejorable, indicar a los nazarenos que, a la finalización de la Estación de Penitencia, no deambulen por las calles de Córdoba vestidos con el hábito nazareno y capirote en mano. La Estación de Penitencia termina al llegar a casa.
Y tras el extraordinario paso de caoba con medallones de plata, la Banda de Cornetas y Tambores de Coronación de Espinas, para decepción de todo ese cateto/a/e que sólo busca la Caridad para contemplar a los legionarios. Quedarse con lo accesorio y perderse la esencia. Es Jueves Santo del Señor en Córdoba. El Jueves Santo del Tercio es en Melilla. De todos modos, para quien sólo busque el espectáculo marcial, el Viernes Santo es su día. Pero no dejen de rezarle al Señor de la Caridad ni de elevar sus miradas a Él. Los legionarios pasan, pero Él se queda para siempre.



































