Los imagineros son como los profetas. Ocampo, Montañés, Mesa, Astorga, Ortega Bru y algunos más evangelizaron y convirtieron, y merecen los altares
Ninguna imagen es sagrada per se. Lo es por sus devotos, por la luz de la fe con que la miran, le piden, le agradecen, se admiran de su belleza y, como dice Rafael Zafra, muestran en su rostro el sentido de trascendencia inherente al ser humano, desde que el hombre es hombre.
A eso se le llama unción sagrada, una cualidad que -como me dijo el autor del Cristo de la Providencia, Luis Álvarez Duarte, cuando era casi un niño- es indispensable para que el artista deje de serlo y no sea escultor, sino imaginero.
Los imagineros son como los profetas. Ocampo, Montañés, Mesa, Astorga, Ortega Bru y algunos más evangelizaron y convirtieron, y merecen los altares por esa capacidad que, como tanto se predica, la da la Gracia de Dios. La misma que tiene el Cristo de la Providencia que hizo Luis para la Obra Pía de la Trinidad.
La misma que, en su vía crucis a la Catedral, procesiona con costaleros y banda. Y, aunque no suenen los solos de corneta, la máquina barroca que hace las veces de portentoso altar itinerante da la medida de que la Semana Santa ha comenzado.
Y entonces, tras días de mirar insistentemente las previsiones, de deshojar la margarita de la lluvia, el Cristo de la Providencia abre paso a la Semana Santa por las calles de Córdoba. Y, aunque la cruz no pueda elevarse todo el tiempo, las miradas se deslizan desde el canasto a sus pies, desde el sudario a su rostro. Y es cuando todo cobra sentido.
Lo hace en la mirada limpia de su monaguillo; en la mujer que porta uno de los cirios y no se gira, porque no necesita mirarlo para recordar cada plegaria delante de su altar, cualquier día; en el costalero que tuvo que salir del paso para ocupar otras responsabilidades; y en el que se ajusta firme a la trabajadera y no saca a otro que no sea a él.
Y así, un Viernes de Dolores más, se cumple lo que me dijo Luis en aquella primera entrevista que hice en mi vida. La unción lo es todo y se la dan sus devotos, con cada mirada, con cada susurro musitado en la oscuridad de la noche. Mientras los brazos del crucificado se agigantan para abrazar dos cosas: a quienes le rezan y a quienes no lo hacen.

































