La crónica | Lunes de esperanza

A excepción de San Pablo y Santa Genoveva, todas las demás cofradías realizaron su estación de penitencia

La jornada comenzó con una alta probabilidad de lluvia. Tras una noche donde los chubascos fueron constantes, la mañana despertó plomiza. En el polígono de San Pablo había que tomar una decisión. Los partes manejados auguraban agua, como así sucedió. La UME cantó el himno ante la dolorosa tras la suspensión de la estación de penitencia.

Fueron las de los hermanos las primeras lágrimas, pero no las únicas. Porque en Santa Genoveva se repetía el mismo patrón. Una noticia difícil de comunicar, pero necesaria. La lluvia hacía acto de presencia en ocasiones. Los titulares de Santa Genoveva recibieron el cariño de vecinos y devotos durante toda la tarde.

Las siguientes corporaciones penitenciales pedían una hora de prórroga. Se trataba de la Redención y San Gonzalo. Cuando la de Triana anunciaba a través de sus canales oficiales que salía -tan solo veinte minutos antes de que la cruz de guía se asomase a la plaza de San Gonzalo-, todavía los chubascos seguían llenando las calles. Eran las cuatro y diez de la tarde, y ya se veían las primeras filas de sevillanos dirigirse hacia el antiguo arrabal. Pronto los nazarenos tomaban Sevilla. A uno y otro lado. Porque en Santiago la Redención también decidía acudir a la catedral.

Después vinieron todas las demás, y el público, ávido de cofradías, llenó el centro. Aglomeraciones en cada esquina. Santa Marta acudía al traslado de Cristo desde San Andrés. Una proximidad a la carrera oficial tan estrecha que provoca que el público se agolpe para ver un misterio que, con paso rápido, es un instante en el universo de los recuerdos. Porque la hermandad es fugaz, como el Lunes Santo que comenzaba a escaparse de entre los dedos cuando la marcha Jesús de las Penas sonaba por San Vicente.

Junto con Santa Marta, las cofradías restantes cumplieron sus respectivos horarios de salida. Desde la capilla del Dulce Nombre de Jesús salía el pequeño crucificado de la Vera Cruz, acompañado por el grupo vocal De Profundis y la Capilla Calvarium. Pentagramas de otros tiempos para el crucificado más antiguo que recorre una ciudad que se renueva cada primavera. Detrás, la dolorosa de las Tristezas sobre un paso de palio donde la novedad eran los respiraderos en metal plateado, obra de Orfebrería Villarreal.

La hermandad de las Penas llegaba a la carrera oficial con un ritmo medido. Es el compás exacto de un círculo perfecto. El Señor caído abrazaba la cruz de carey plata sobre su característico monte rojo. Detrás, la Virgen de los Dolores bajo un palio que es un conjunto más que sobresaliente. Tanto la Vera Cruz como Las Penas se encontraron a la salida de la catedral con una importante aglomeración. El público, consciente del mapa de nubes que se avecina, se echó a las calles para vivir intensamente la jornada.

En el Salvador, Santa Marta se vio arropada, como siempre, por cientos de personas. Después, algunas se quedaron. Otras prefirieron ir hasta Francos para ver pasar Vera Cruz y Las Penas. La policía reforzaba una zona abarrotada por la que era imposible moverse. San Gonzalo pasaba entonces por el Arco del Postigo y la policía decidía cerrar el arco que comunica Federico Sánchez Bedoya con Arfe, lo que implicaba dar un rodeo hasta la puerta del Arenal. El cielo, despejado, se cubría otra vez de nubes. A la Virgen de la Salud, se le apagaba la candelería a la altura de Arfe con Francisco López Bordas, donde antes había recibido una lluvia de pétalos.

Tras pasar la hermandad trianera, muchos llegaron hasta las antiguas atarazanas. Esperaban el paso de Las Aguas. Los sones de Rosario de Cádiz propiciaban una afluencia de jóvenes que, móviles en mano, grababan el transitar de los miembros de la banda de tambores y cornetas. Emotivo fue el homenaje ante el azulejo que recuerda el lugar donde Juan Carlos Montes, subió junto al padre hace 25 años. Costalero del Cristo de las Aguas, su presencia en la corporación continúa presente. En ese instante, en Postiguillo, dos hombres se enzarzaban en una discusión, terminando cuando la policía se presentó ante el restaurante. No quedó ahí un enfrentamiento que debía haber frenado con la presencia de las fuerzas de seguridad. Porque, una vez disuelto el problema, la policía regresaba, en esta ocasión para llevarse a uno de los implicados, que previamente había recibido varios puñetazos por parte de una de las mujeres allí presentes.

Primorosa esperaba en la capilla de la Pura y Limpia la Virgen de Guadalupe hasta que el Cristo de las Aguas entró en la capilla. Después le tocó el turno a ella, poblándose el cielo por completo. Tras entrar en su sede canónica, tan solo quedaban en la calle San Gonzalo, Las Penas y El Museo.

En el centro el público se dividió entre Las Penas y El Museo, aunque perfectamente podían verse las dos, eso sí, con más público que en años anteriores. La entrada de la primera de ellas, sublime como de costumbre, aunque no por ello igual de recomendable. Porque ver a la Virgen de los Dolores a los sones de Jesús de las Penas antes de entrar en San Vicente es un fotograma en blanco y negro. Reminiscencia de una Semana Santa que va perdiéndose en pos de las coreografías impostadas y los clichés. Ver el regreso de esta hermandad es un deleite para los sentidos.

Cuando la Virgen entró en San Vicente, pasadas la una y cincuenta y un minutos, la silueta manierista del Cristo de la Expiración se hacía presente en el antiguo convento de la Merced. Portentoso crucificado en silencio, una saeta al corazón de Sevilla. Y detrás, la Virgen de las Aguas, a quien Joana Jiménez dedicaba una de las últimas saetas del Lunes Santo. Terminaba así un día que bien podría ser metáfora de la esperanza. Durante semanas, la jornada que más castigada se preveía era el Lunes Santo, con un alto porcentaje de lluvia. Llegado el momento, la ciudad pudo disfrutar casi al completo de sus cofradías. ¿Y si sucediera así?