El presidente de la Agrupación de Cofradías realiza un sentido homenaje a Rafael Muñoz Serrano y reclama a la ciudad de Córdoba el sitio que merece en forma de calle en su honor
La Iglesia del Colegio de Santa Victoria ha acogido el XIX Pregón del Costalero, organizado por la Hermandad de la Sagrada Cena. En esta edición ha sido pronunciado por Manuel Murillo Estévez, presidente de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Córdoba y hermano de la Hermandad del Resucitado, donde durante años ejerció de capataz del paso de palio de la Virgen de la eterna sonrisa y del Señor Resucitado, antes de pasar el testigo a Juan Berrocal.
Tras el preámbulo protagonizado por la Agrupación Musical de la Sagrada Cena, que ha interpretado una selección de marchas a las puertas del templo y la voz de Paco Román, que ha dado el pistoletazo de salida al pregón, Murillo, que ha sido presentado por Ángel María Varo, ha desgranado su sentimiento en el mundo del costal, incidiendo en que «ser costalero es una forma de vida. Es una manera de ser cofrade. Es una manera de creer en Dios. Es una manera de ser hijo de nuestra Santísima Madre. Es procesionar junto con tantos otros costaleros, que juntos trabajáis para darle esa gloria a la manera de andar de nuestros pasos procesionales. Ser costalero consiste en formar parte de un proyecto de vida desde una cofradía».
Murillo ha subrayado que el costalero debe ser agradecido por ser «un privilegiado, un elegido», recordando que «ser costalero es una forma de ser cofrade; no es la mejor, ni la peor. Es eso y nada más… y nada menos». Y es que en palabras del pregonero, ser costalero «es luchar, es mejorar día a día, es un reto que como tal siempre busca mejorar, es un devenir de intenciones que tratan de dar solución a la mágica ocasión de salir de costalero». Un auténtico rosario de ilusión, de fe y de emoción pura, que conforman la idiosincrasia de este bendito oficio, concluyendo que «ser costalero es sentir, es sufrir, es soñar», y, en definitiva, «es vivir».
En uno de los puntos más emotivos de su pregón, Murillo, ha brindado un sentido homenaje a Rafael Muñoz Serrano, quien le abrió las puertas del mundo del costal, por lo que le estará infinitamente agradecido, para quien ha reclamado a la ciudad de Córdoba el reconocimiento que merece en forma de calle con su nombre. Porque el mundo del costal en esta ciudad sería imposible de comprender sin la presencia de Rafael Muñoz de quien Murillo ha subrayado que, en una época radicalmente distinta, sin cuadrillas dobladas y de estaciones de penitencia de mármol a mármol, es una figura imprescindible de las Cofradías cordobesas. Un hombre, capataz de capataces, que creó y comandó una inolvidable cuadrilla cuyos nombres han sido desgranados por el pregonero (Fandangos, Borrachanga, Marmolillo, los Pescaíllas, los Diéguez, Luis Mouriño, Poveda, Antonio Ruf, Ramón, Cachinero, Quino, Manolo Alés, Fernando Navarro, Manolo Muñoz, Curro, Antonio Ortega…), así como el nombre de los importantísimos capataces (Rafael Muñoz Cruz, Antonio Ruf, Javier Romero, Lorenzo de Juan, Juan Berrocal, Fernando Morillo, Juan Carlos Vidal… y hasta un servidor) que salieron de debajo de aquellas insustituibles trabajaderas. Todos ellos, discípulos de Muñoz.
Adicionalmente el pregonero ha recordado que el costalero es aquél «que sabe que sobre sus hombros está llevando a la única verdad de todo este maravilloso mundo. Que sabe y que ve cómo es capaz de llegar hasta el rincón más hondo de muchos corazones, a simple vista impermeables, y que sabe que está siendo el portador de Alguien tan grande y majestuoso que es capaz de crear silencio y admiración en una Córdoba que comienza a despertar de ese letargo invernal, ofreciéndole a Nuestro Señor y María Santísima el perfecto regalo del azahar que se fundirá con el olor a incienso que acompaña a nuestra Semana Santa».
Paso a paso, con el caminar elegante y reposado de un paso de palio que se acerca paulatinamente al ocaso de la salida procesional, donde la Madre de Dios habita 364 días de paciente espera, Manuel Murillo ha recorrido la metafórica distancia que separa nuestros anhelos del día señalado en el que el costalero se ciñe la faja y su costal, para convertirse en los pies del mismísimo Dios que sale a las calles, enfatizando cada detalle que compone la verdadera esencia de sentirse costalero, de ser costalero quienes componen la mejor cuadrilla, la que te enseña que «cuando dejas el costal coges la túnica para seguir cerca de tus titulares». Visiblemente emocionado, Murillo ha concluido su pregón hablándole directamente a Rafael Muñoz Serrano, recordando su primera vez bajo las trabajaderas a su mando, y ha culminado su discurso recordando sus consejos y lanzando un beso al cielo. Un broche de oro para un sentido pregón pronunciado desde el cariño, el respeto y el corazón.

























