Córdoba, ⭐ Portada

La Crónica | Miércoles Santo, el día

Miércoles Santo. Ecuador de una Semana Santa en la que, en vez de ser el espectador quien permanece quieto ante el paso de las Cofradías, son éstas las que esperan la llegada del pueblo itinerante por iglesias fernandinas y contemporáneas, capillas laterales y altares mayores, y santuarios… y cocherones.

Miércoles Santo. El día en que los sumos sacerdotes convencen a Judas del bien que hará al pueblo de Israel traicionando al Hijo de Dios. El día en que se convienen a 30 monedas de plata. El día de la conspiración contra el Inocente.

Los paseos de los pasados días van haciendo estragos en las piernas de Rafalito Cuaresma. Los paseos y los bocadillos que se come a diario, pensando que los ratos de caminata compensan el aporte de calorías que suma cada jornada. El único problema es que ayer hubo mucha moto y menos caminar. Ya veremos el balance final, el Domingo de Resurrección, cuando el botómetro de la chaqueta dicte la otra sentencia de esta semana; sentencia, a todas luces, condenatoria también.

Hoy es día de escenas a pares: dos Misterios, dos Nazarenos y dos Crucificados.

Hay que planificar el itinerario de hoy, porque nuestro paseante no pretende repetir, por ahora, la experiencia cronológica de ayer. No en vano ya ha tenido en cuenta cuál es la línea de Aucorsa que pasa cerca de su casa y le puede llevar hasta la primera de las hermandades de hoy. Hoy cambia el amarillo por el verde.

Al llegar a la Parroquia Claretiana de Las Palmeras, el templo está poco concurrido. Y sobre el muro de sillares que conforman el Altar Mayor, seis faroles alumbran al Crucificado de La Piedad, la devoción del barrio más alejado de la Carrera Oficial.

Un ramo a los pies de la Cruz, y María Santísima de Vida, Dulzura y Esperanza Nuestra, con la mirada elevada al Cielo. Hoy no mira a su Hijo en la Cruz. Hoy parece que mira al Padre, buscando una explicación, un por qué, un consuelo a todo esto que está sucediendo.

De vuelta al centro de Córdoba, Rafalito Cuaresma decide dejar el autobús en la Diputación, desde donde tiene poco recorrido hasta la Plaza de Capuchinos.

Es media mañana y sabe que es momento de poca concurrencia. Además, ésta es buena hora; hora en que los Hermanos Mayores no se encuentran en las iglesias recibiendo a nadie, ya que son requeridos lejos de sus Cofradías para salir en la tele municipal. Y cuanta menos gente haya, más tranquilidad y tiempo para disfrutar de estos momentos.

Junto al Cristo de los Faroles, a su espalda, portón abierto. Las palomas que buscan su desayuno de media mañana entre las piedras que conforman el suelo de la plaza le traen a la memoria un artículo que hace unos meses pudo leer en Gente de Paz. 80 años de la primera salida procesional de la Paloma de Capuchinos. Aniversario de la primera ocasión en que pudo verse a La Paz y Esperanza bajo un palio por la plaza. Aunque eso no ocurrió un Miércoles Santo como el de hoy, sino el Domingo de Ramos de aquel año.

Rafalito, cofrade que gusta de los grandes pasos de Misterio (es la tendencia actual) lleva soñando con encontrarse el paso de Ntro. Padre Jesús de la Humildad y Paciencia para admirar la grandeza de la obra y la estética de la composición escénica del instante en que Jesús es despojado de su túnica para colocarlo sobre la Cruz.

Pero tendrá que ser en otra ocasión, pues los pasos, totalmente montados y dispuestos para salir, como cualquier otro Miércoles Santo, no permiten contemplar toda la majestuosidad del canasto. Esto no quita ni un ápice de hermosura a la mirada del Señor de la Humildad y Paciencia, mirada que dirige a todo el que se coloca a sus pies.

Y al lado, Ella, la del palio de malla, la Paloma de Capuchinos, y la Blanca Paloma a sus pies. Todo es pureza y blancura en el palio. Todo parece dispuesto para la primera levantá. Nuestro amigo parece escucharla en su cabeza. La llamada del capataz. Y el golpe seco del llamador, golpe que hace que las palomas de la plaza se queden prendidas en el frontal del palio de ochava para siempre. Suena la marcha. Los pétalos caen… Paz y Esperanza para todos.

Rafalito, sale de su ensueño al mismo tiempo que abandona la “nave conventual” para encaminarse hacia su próxima parada, camino de la Parroquia de San Juan y Todos los Santos, otra vez a la Trinidad. Ya por última vez esta Semana Santa… o no.

Mientras deja el empedrado de la plaza acude a su mente la explicación a algo que le martilleaba desde ayer, cuando rindió visita y culto a los Titulares de la Hermandad del Císter. Aunque iba con la intención de venerar al Señor de la Sangre y a la Reina de los Ángeles, le resultó extraño no encontrar a las Sagradas Imágenes de la Hermandad de la Paz en su camarín. Ahora entiende el motivo. Es la primera ocasión en la que ha ido a venerar unas Imágenes fuera de un templo. Pero son tantas las cosas que esta Semana Santa tiene para sorprender al cofrade, que una más o una menos…

La chaquetita azul, cada vez más “petá” con el paso de los días, hace que Rafalito llegue hasta la Plaza de la Trinidad sin hacer parada en bar, cafetería, bocatería o cualquier tipo de negocio similar. Los días grandes de la Pasión y de la Muerte de Jesús le hace tener un especial compromiso con el ayuno y el sufrimiento.

Nueva entrada en la Iglesia de la Trinidad. Última entrada en el templo que fuese durante tres décadas el lugar donde encontrar a D. Antonio Gómez Aguilar, y donde reposa para siempre.

En la sencilla hornacina de la pared lateral de la nave, Ntro. Padre Jesús del Perdón junto a su Madre, María Santísima del Rocío y Lágrimas. Altar sencillo, con la luz necesaria para acompañar las Imágenes. Pero con un precioso friso de flores a sus pies.

Rafalito aún recuerda cuando, siendo muy joven, pudo presenciar la presentación del Señor abofeteado, quedándose prendado de la serenidad de la mirada clara incluso en ese momento de violencia innecesaria. Y pese a no contar con el resto de las figuras del Misterio, la fuerza de la Imagen rellena todos los vacíos que dejan la ausencia de Anás, José de Arimatea y los sayones.

El rostro de María Santísima del Rocío y Lágrimas es el rostro de una mujer real, no idealizada. Su mirada, baja y perdida, y los labios, que parecen arrancar a temblar por el llanto, nos hacen ver el dolor real de una Madre ante el padecimiento de su Hijo.

No se necesita más para entender el mensaje de Perdón del Señor y de Dolor de la Madre. No hace falta más catequesis.

Y con las dos miradas grabadas en su mente, es hora de retomar el camino, esta vez con dirección al Barrio del Alcázar Viejo, al barrio de calles distintas, traídas de otros tiempos. Al barrio que huele a patio, a geranio y a azahar, a naranjas y limones, a tomillo y romero, a hierbabuena y mejorana. Al barrio en que nos espera el Señor que bendecía los campos cuando procesionaba.

A la blanca parroquia de Nuestra Señora de la Paz llega nuestro, ya un poco fatigado, paseante. Los balcones de la plaza engalanados con colgaduras moradas. Y allí, las primeras filas de personas que esperan el momento de poder venerar a los Titulares de la Hermandad. La hora es la propia de no estar callejeando en un día como el de hoy. El calor está triunfando. Hoy hubiera sido un día duro para pasarlo bajo una túnica y un cubrerrostro, o bajo el peso de las trabajaderas. O vestida de mantilla tras Ntro. Padre Jesús de la Pasión.

Él está delante de María Santísima del Amor y de San Juan, quienes presencian cómo parece marchar Jesús por la calle de la Amargura camino de su destino. Con la Cruz sobre el hombro, parece alejarse de su Madre y de su discípulo para siempre.

La Túnica de la Corona, recién estrenada, luce sobre el pequeño risco que sostiene al Señor. Es la última incorporación al patrimonio de la Cofradía, que ha tenido el buen gusto de mostrar su Guión Procesional a todo aquél que haya querido acercarse hasta San Basilio.

Ochenta años también desde la primera salida procesional, aunque aquélla se realizase el Jueves Santo de 1941. Ocho décadas de devoción de un barrio a la sombra de las murallas y protegido por el Alcázar.

La intención de cortarse el pienso un poquito en lo que queda de Semana Santa y el compromiso de Rafalito Cuaresma con el ayuno voluntario se ve interrumpido, benditamente interrumpido, con la palabra Mamá en su móvil. “Deja de dar paseos y vente a comer a casa, que llevas días malcomiendo en la calle”. Y nuestro protagonista, que tiene un estómago obediente, vuelve al punto donde comenzó todo esta mañana de Miércoles Santo con dos objetivos: dar buena cuenta del plato de espinacas con garbanzos que se encuentra en la mesa, y cambiarse el modelo cofrade/primaveral, algo perjudicado por las caminatas y esperas bajo el sol.

Tras el pequeño receso, con cabezazo incluido en sillón orejero, Rafalito se dispone a enfrentarse a la segunda parte de este día.

Lleva todo el día con un sentimiento de tristeza y con una lucha interna que le va comiendo por dentro. Hoy es el día de una de sus Cofradías, de su Cofradía de cuna. Y su madre, conocedora mejor que nadie de los sentimientos de su hijo, como ocurre con todas las madres; y lo mismo ocurrió con la Madre, que conocía mejor que todas aquellas gentes lo que sentía su Hijo… Decía, que su madre, Doña Dolores Santacruz, le da un giro a los planes de nuestro cofrade proponiéndole acompañarle en lo que queda de tarde.

Por si hubiera nacido una mínima posibilidad de no acudir al templo donde aguardan todo el año sus Titulares, ésta se ha visto anulada de golpe al verse comprometido a ir hasta la iglesia con el acompañamiento de su madre. No queda más que obedecer y dar gracias a Dios por el empujón ¿involuntario? que le acaban de dar.

Para desgracia de la chaquetita del terno cofrade, la tarde se ve privada del sano ejercicio de la peregrinación cofrade entre sedes canónicas, ya que Doña Dolores no está para las caminatas que un cofrade jartible como Rafalito Cuaresma pretende pegarse este año. Así que vuelta al transporte municipal y a quedarse lo más cerca del centro.

Un amigo, jartible como él, le informa de que la Hermandad del Perdón ha cambiado la disposición de sus Titulares. Motivo que justifica el nuevo paso por la Iglesia de la Trinidad. Ahora sí, esperando que sea por última vez en este año.

Ahora lucen los Titulares de la Hermandad con un renovado y mayor, si cabe, esplendor. En la misma disposición que en la mañana, pero ocupando su lugar en el Altar Mayor de la Parroquia, ante fondo rojo de dosel y con una mayo profusión de cera color tiniebla.

La luz se centra ahora sobre el Señor del Perdón y María Santísima del Rocío y Lágrimas, convirtiéndose en los protagonistas del templo en esta tarde de Miércoles Santo.

Nuevo revés para el balance final del botómetro, a Doña Dolores se le antoja una torrija en conocida pastelería del Realejo. Total, no hay prisa. Y dado que la fuerza de voluntad del cofrade tampoco es que sea férrea, no le vamos a llevar la contraria.

Pero llega el momento de bajar hasta San Lorenzo. De nuevo el rosetón gótico; de nuevo los soportales de la fachada. Pero hoy el barrio está de fiesta. Engalanado hasta la plenitud en balcones y azoteas. Colgaduras del Señor del Calvario y de Ntra. Señora del Mayor Dolor.

La cola es la acostumbrada en San Lorenzo. Y nuevamente una escena distinta en el Altar Mayor.

Nuestro Padre Jesús del Calvario y su Madre, Ntra. Señora del Mayor Dolor, uno junto al otro. Sobre los respiraderos del paso de palio, con un sencillo centro de flor roja haciendo el camino que anda el Señor; y de flor blanca a los pies de la Virgen; y escoltados por cuatro grandes puntos de luz. Y al fondo, sobre la peana de la Virgen y el respiradero frontal, la Cruz en el centro del Altar. La Cruz arbórea que parece acariciar el Señor se ha convertido en Cruz plateada de Salvación.

Ntra. Señora del Mayor Dolor, la de la mirada suplicante, la de la cabeza inclinada. La Madre que no puede mirar más sufrimiento. La Madre que sólo mira al cielo, un cielo distinto este Miércoles Santo al que normalmente dirige su mirada. Un cielo de piedra en San Lorenzo, y no del azul de su palio.

Así sonó la Banda de la Estrella en el Patio de los Naranjos

Dirigirse a San Pedro andando es algo que un cofrade repite desde hace muchísimos años, vistiendo la túnica y la capa blanca, con el fajín morado.

Los niños se sorprenden y avisan a sus madres al ver pasar al nazareno que camina con paso diligente. Sus Titulares esperan. No se les hace esperar.

Todos los años viene a su memoria la sevillana rociera que afirma que “mi Camino comienza desde mi puerta”. Así, la Estación de Penitencia ha comenzado desde el momento en que se ha colocado el cubrerrostro en el portal de su casa.

Son ya dos años no de no procesionar. Son ya dos años de no sacar la túnica de su funda. Espera el cofrade que éste sea el último.

La Basílica de San Pedro, el segundo templo más importante de la Diócesis de Córdoba no tiene mucha gente esperando. Los últimos pasos hasta llegar a la Plaza se hacen pesados y tensos. Nervios y extrañeza por no estar un Miércoles Santo vestido de blanco, con la túnica que será su último traje, su mortaja al final del Camino.

No existe nadie más en toda la Basílica. Escucha algún saludo lejano al que no responde. La Estación de Penitencia comenzó hace rato y el Silencio Blanco corre por las venas, con todo lo que eso conlleva.

Y en su Capilla, la devoción de su familia. El Stmo. Cristo de la Misericordia, el crucificado. El rostro de Jesús cada noche.

A sus pies, Ntra. Señora de las Lágrimas en su Desamparo. Sobre la peana dorada y bajo su manto malva y oro. La Dolorosa de los ojos grandes y llorosos. El rostro de la Virgen en cada oración.

Flor morada para el Cristo. Flor blanca para la Virgen. Dosel rojo de fondo. Piezas de candelería alumbran al Crucificado.

Y a los laterales, la plegaria del Salmo 84: Muéstranos, Señor, tu Misericordia.

No salen más palabras. Un momento a los que faltan. En la cabeza, la imagen creada de un balcón en la Gloria llena de nazarenos de blanco que se asoman para ver los preparativos de la procesión.

Sólo sentimientos encontrados que no saben salir al exterior.

El camino de vuelta, en silencio, bajo un cubrerrostro imaginario, y por el trayecto más corto. La Estación de Penitencia no acaba nunca.

Mañana será Jueves Santo. Día del Amor Fraterno. Tomen nota los cofrades.

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