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La cuaresma que nos engulló

Todo es cíclico. El auge que ahora viven las hermandades no se postergará en el tiempo porque históricamente el almanaque nos ha enseñado que hay épocas de abundancia y otras donde la sequía está más que presente. Ahora podemos afirmar que las cofradías viven una etapa dorada, algo que podemos comprobar viendo las nóminas de hermanos, la calidad de sus enseres o los estrenos que, prácticamente cada año, sacan a la calle, ya sea un paño de bocina o una cartela de paso de misterio.

También vemos más extraordinarias que nunca, un carrusel de coronaciones canónicas que sorprende hasta al más afín a este tipo de concesiones y vía crucis que arrancan una precuaresma que antes ni existía. Miramos el calendario buscando cuándo son las funciones principales o los traslados pero nos olvidamos de otras tradiciones que, aunque también centenarias, no gozan de la misma popularidad y quedan rezagadas en el silencio de los claustros.

Una de ellas es la de los siete domingos de San José, cuyo origen se remonta hasta el siglo XVI y que consiste en dedicar los siete domingos previos a la festividad del San José a este santo, donde se rememoran los dolores y gozos del patriarca, ejemplo de entrega y de fe en Dios, además de ser quien más trato tuvo con Jesús, después de la Virgen. Pero, ¿alguien ve por la ciudad carteles anunciando una celebración tan íntima y a la vez rica en sencillez? ¿Cuántas hermandades dedican los siete domingos previos al hombre cuyas acciones fueron un acto continuado de fe y obediencia? Y lo que es peor, ¿cuántas hermandades tienen a San José como titular y no le dedican un espacio, tan dignamente merecido, a quien además es patrono de la Iglesia universal? Ni siquiera una novena o un triduo.

El hecho de que los actos cofradieros hayan crecido exponencialmente en los últimos años no es óbice para que se dé de lado una de las figuras más importantes dentro de la vida de Jesús. Preferimos perdernos en Vía Crucis, yendo de un lado hacia otro, para ver los traslados, pero no caemos en la cuenta de que una de las festividades más notables de la Iglesia es la de San José, conclusión a la que se llega solo con saber qué representa para todos los creyentes.

Por suerte, algunas hermandades, menos de las que debieran, así como algunos conventos del centro, conservan esta tradición, que sigue latiendo sobre todo en el interior de las paredes encaladas de los cenobios. También pasan desapercibidas otras festividades, sobre todo en pueblos donde son patrones o patronas algunos santos y santas cuya onomástica cae en este tiempo. Y mientras, San José espera. Benditos templos y callados conventos aquellos que continúan con una herencia que nunca tendría que perderse.

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