Posiblemente se encuentre usted, querido lector, deshaciendo el envoltorio de los regalos. Quizás lo pillé cantando y bailando mientras disfruta de la alegría de los niños de la casa mientras leen las instrucciones de sus nuevos presentes. Tal vez me lee desde un hospital, reponiéndose de alguna dolencia. O trabajando para levantar el país en esta jornada de la ilusión.
Para todos escribo mi particular regalo, que espero y deseo les dibuje una sonrisa.
Hace un año mirábamos con cariño y un pellizco de nostalgia el paso de la última carroza en la Cabalgata del 5 de enero. Baltasar pasaba ante nuestros ojos derrochando fantasía, luz y esperanza. Era el fin del comienzo. La trasera de esa estructura brillante, del espectacular trono del rey más esperado, nos evocaba sin lugar a dudas a esa abarrotada campana en la noche bulliciosa del Domingo de Ramos.
Es, sin lugar a dudas, la verdadera antesala de lo que va a suceder cada año, la magnífica telonera de los traslados a altares de cultos, la limpieza de plata, las exposiciones, los Vía Crucis, el evocador aroma incienso en la Avenida de la Constitución, la ansiada recepción del anuario de la hermandad, la reunión de acólitos o los primeros ensayos de costaleros.
Este año, no obstante, todo se ha reducido a una nubelosa algo peculiar, un extraño letargo en el que los sueños cobran vida por encima de la realidad. Hemos decidido soñar que hemos acudido a ver la Cabalgata en el mismo lugar de todos los años, sonriendo al despedir a Baltasar en la distancia tumultuosa y eufórica.
Soñamos también que en dos meses tendremos en un cajón, guardado como el tesoro del Carambolo, la papeleta de sitio, a la espera del día señalado y de la hora preciosa para cumplir su función penitencial.
Soñaremos con zapatos nuevos, cera de colores en los adoquines del Casco Antiguo, chicotás interminables, ecos del capataz por las galerías más estrechas de la retina, filas de blancas y alineadas capas de nazareno bañadas por el sol a mediodía, trompetería imponente azuzada por redobles de tambor, saetas de intramuros con sabor a barrio, permufes cítricos y suaves preñando de pétalos blancos los naranjos de la ciudad.
Dice una canción del Canto del Loco aquello de «volverá, seguro que volverá …». Sueñe sevillano. Ahora, más que nunca. Sueñe. Porque volverá, no lo dude. Volverá a ver la espalda a Baltasar, a visitar iglesias abarrotadas, a besar las manos de sus titulares, a respirar el olor a garrapiñada pisando la rampa del Salvador. Ya queda menos, muchos menos, querido lector, para soñar con la próxima Semana Santa.
¡Felices Reyes!
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