A menudo, nuestra curiosidad nos lleva a encontrarnos de una forma u otra con unas estampas del pasado de un magnetismo incomparable que, a su vez, nos fuerza a poner toda nuestra atención en los pormenores más llamativos. En este sentido, las imágenes de nuestras dolorosas quizá sean las que más miradas consigan atraer, pues el mero análisis de los más que notables cambios, con frecuencia ligados a las modas a las que ni siquiera el mundo cofrade es capaz de escapar, se convierte en una tarea casi irresistible que nos lleva a contemplar con gran sorpresa esa serie de detalles entre los que se encuentran la ingente joyería de otras épocas y los asombrosos tocados.
Quizá por motivos como los enunciados, exista una tendencia general a obviar la estética que, aunque parezca considerablemente más difícil, también ha influido en las imágenes cristíferas a lo largo del tiempo. Siguiendo esta línea en la que collares, anillos, pendientes y otros aderezos de esa clase no tienen cabida, es obligado mencionar la particularidad que por defecto más impacto nos causa al establecer comparaciones entre el presente y el pasado.
No cabe duda alguna de que, en ese adictivo ejercicio, juega un papel destacado el uso del pelo natural que actualmente solo lucen las tallas del Rescatado, Jesús Caído y dos crucificados tan emblemáticos como el Santísimo Cristo del Remedio de Ánimas y el Cristo de Gracia. Sin embargo, en el pasado nuestra ciudad contó otras cuantas imágenes que, lejos de la tendencia actual, también lucieron el pelo natural que hoy en día se ha convertido en la gran seña de identidad de solo unos pocos.
Encontramos un perfecto ejemplo de esa tradición perdida en la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Oración en el Huerto, al que podemos reconocer a pesar de la melena natural sin excesivos esfuerzos en la fotografía que encabeza este artículo. Se trata de una instantánea poco conocida y realizada durante en 1925, en el que el paso del Señor de San Francisco se halla detenido junto en la Calle Torrijos entre el palacio Episcopal y la Catedral, participando asimismo en la clásica y olvidada procesión oficial del Santo Entierro. De hecho, la descrita estampa permite distinguir también otros dos pasos al fondo, dibujándose en el más cercano la inconfundible silueta del Señor de Córdoba.

Igualmente impactante resulta la fotografía que acompaña estas líneas en la que, aunque es prácticamente imposible ver su rostro, se adivina al entrañable nazareno de San Lorenzo sobre cuyo hombro descansa un largo mechón que vuelve a poner de manifiesto la cada vez más perdida costumbre del pelo natural. La imagen sería tomada presumiblemente en torno al año 1924, pues fue este el año en que la Hermandad del Calvario incorporó al paso del titular la efigie de un cirineo adquirido en Olot y descrito por algunos como una obra “de escaso valor artístico” que pronto sería retirada y que actualmente ayuda a cargar la cruz a Nuestro Padre Jesús Nazareno de Espejo. Ambas imágenes eran entonces portadas sobre un antiguo y sencillo paso que apenas consigue ocultar el perfil de la que parece ser la Virgen de los Dolores, que en ese momento se encontrada junto a la popular farmacia El Globo. Por ello, podríamos quizá atrevernos a suponer que estamos ante una nueva inmortalización de la cordobesa procesión del Santo Entierro a su paso por la céntrica calle Diego de León.

Para sumar un ejemplo más a los expuestos anteriormente, habría que trasladarse al emblemático barrio del Alcázar Viejo, donde la talla barroca de un nazareno del siglo XVII vinculado a la escuela sevillana habría sido objeto de devoción de los vecinos de San Basilio tras el encargo realizado por el que fuera abad del monasterio, Fray Juan de Alvear con el fin de adoctrinar a los feligreses. No obstante y a pesar del protagonismo del que el dulce nazareno había gozado ya especialmente como integrante de la procesión organizada por la extinguida Cofradía de Nuestra Señora de la Paz, no sería hasta 1939 cuando se fundara la Hermandad de Pasión, convirtiéndose en titular de la corporación y debiendo para ello enfrentarse a una restauración en el año 1941 durante la que Juan Martínez Cerrillo no solo le tallaría la corona de espinas sino que también le haría una melena, ya que hasta ese mismo momento había venido luciendo una melena de pelo natural con la que de momento solo lo podremos imaginar teniendo en cuenta la enorme dificultad que supone encontrar una fotografía de esa estética, pues probablemente una de las más antigua – sino la que más – de cuantas se conocen sea la ya realizada en 1941, en la que el Señor de Pasión era expuesto en besapiés con motivo del año fundacional de la hermandad.





