El debate sobre la posibilidad de establecer un calendario fijo para la Semana Santa, con un Domingo de Resurrección inamovible, se encuentra de nuevo en punto muerto. Lo que hace apenas un año se presentaba como una oportunidad histórica impulsada por el Papa Francisco —quien llegó a plantear que la Pascua se celebrara siempre en la segunda semana de abril— ha quedado ahora difuminado tras las declaraciones del Patriarca Ecuménico Bartolomé de Constantinopla, que condiciona cualquier reforma a la convocatoria de un nuevo concilio ecuménico.
El freno ortodoxo a la fecha fija
En una entrevista concedida a Andrea Tornielli, director editorial del Dicasterio para la Comunicación del Vaticano, Bartolomé dejó claro que la Iglesia Ortodoxa solo aceptaría modificar el cálculo de la Pascua si lo aprueba un concilio ecuménico, es decir, una reunión universal de todas las iglesias cristianas. Recordó que ya en el Concilio de Nicea del año 325 se abordó la necesidad de unificar la fecha de la Resurrección y que, pese al acuerdo inicial, las circunstancias históricas condujeron a la actual división.
El Patriarca reconoció que celebrar la Pascua el mismo día en todo el mundo sería un signo de credibilidad para los cristianos, pero insistió en que no puede imponerse de manera unilateral. Para la Ortodoxia, lo decidido en un concilio solo puede ser revisado por otro concilio. Esa posición, aunque abierta al diálogo, implica un freno inmediato a la idea de una Semana Santa en fecha fija.
El impulso del Papa Francisco
Las palabras de Bartolomé contrastan con el entusiasmo que el Papa Francisco había manifestado en abril de 2024 durante el II Retiro de Sacerdotes en la Basílica de San Juan de Letrán. En aquella ocasión, el Pontífice expuso su deseo de que la Semana Santa pudiera celebrarse de forma estable, y sugirió que el Domingo de Pascua coincidiera siempre con el segundo domingo de abril.
Francisco explicó entonces que la búsqueda de una fecha común viene de lejos, desde el pontificado del beato Pablo VI, y subrayó que mantener el cálculo tradicional —basado en el domingo posterior a la primera luna llena de primavera— conduce a un desplazamiento progresivo en el calendario que, en varias décadas, podría llevar a que la Pascua se celebre en pleno verano.
El Papa defendió que fijar una fecha evitaría estas variaciones y daría un testimonio de unidad, llegando incluso a recordar que en Finlandia Bartolomé permitió que los ortodoxos celebrasen la Pascua con los luteranos para evitar el “escándalo” de conmemorar la Resurrección en semanas distintas.
Una meta que se difumina
El año 2025 había sido señalado como una fecha clave: no solo por la coincidencia excepcional de que católicos y ortodoxos celebraban la Pascua el mismo día, sino también por conmemorarse el aniversario del primer concilio ecuménico. En ese contexto, Francisco expresó su esperanza de que se alcanzara un acuerdo definitivo.
Sin embargo, las últimas palabras de Bartolomé devuelven el asunto a la prudencia y la espera. El Patriarca subrayó que ya se ha abierto un diálogo, incluso con la participación del Papa Francisco en vida y del actual Papa León XIV, pero que las “diferentes sensibilidades entre las Iglesias” hacen necesario avanzar con cautela. Para él, la única vía legítima es un concilio ecuménico que respalde el cambio.
La división continúa… también en el mundo cofrade
De este modo, el horizonte de una Semana Santa con fecha fija queda por ahora difuminado. Mientras Occidente sigue el calendario gregoriano y Oriente mantiene el calendario juliano para calcular la Pascua, las divisiones históricas persisten, pese a los intentos de convergencia.
A ello se suma que la propuesta de fijar la Semana Santa en abril despierta un intenso debate dentro del mundo cofrade. Son muchos los que defienden la comodidad y la estabilidad de contar con un calendario inamovible —lo que facilitaría la organización de cultos, procesiones y hasta la planificación turística—, frente a otros sectores que se muestran firmes en preservar la tradición milenaria que vincula la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo al ciclo lunar y a la primera luna llena de primavera.
La Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium del Vaticano II ya dejó abierta la puerta a un Domingo de Pascua fijo, siempre que existiera consenso ecuménico. Hoy, sin embargo, la realidad muestra que esa unidad anhelada deberá esperar.
El propósito de ver a toda la cristiandad celebrar el Domingo de Resurrección en una misma jornada universal y fija sigue siendo una aspiración compartida, pero los acontecimientos recientes evidencian que el acuerdo no llegará a corto plazo. La Semana Santa, al menos por ahora, continuará ligada al juego de lunas y calendarios que desde hace siglos marca su celebración.





