La Hermandad de la Misericordia, primera en ser recibida por el nuevo obispo de Córdoba para presentar los actos del 450 aniversario del hallazgo de los Santos Mártires

En un gesto cargado de simbolismo eclesial y fraternidad cofrade, la Hermandad de la Misericordia se ha convertido en la primera corporación penitencial cordobesa en ser recibida oficialmente por monseñor Jesús Fernández González, nuevo obispo de la diócesis, apenas días después de su toma de posesión. La audiencia, celebrada en el Palacio Episcopal, ha tenido como eje principal la preparación del 450 aniversario del hallazgo de las reliquias de los Santos Mártires de Córdoba, una efeméride de especial trascendencia espiritual e histórica para la ciudad.

Al frente de la delegación se encontraban el consiliario, Domingo Moreno Ramírez, y el hermano mayor, Francisco Linares Moreno, acompañados por otros miembros de la comisión organizadora del aniversario. Durante el encuentro, la Hermandad expuso al prelado una ambiciosa propuesta conmemorativa, que contempla entre sus ejes fundamentales la solicitud de un Año Jubilar dedicado a los Santos Mártires, la celebración de su apertura solemne en la Catedral y la puesta en marcha de un programa integral de actos de carácter formativo, cultural, evangelizador y caritativo.

El Obispo de Córdoba, en un clima marcado por la cercanía y el aprecio mutuo, ha alentado a la Hermandad a asumir con renovado ardor su vocación misionera, invitándola a promover el testimonio de los Santos Mártires como fuente viva de evangelización para nuestro tiempo. La corporación ha respondido a este llamamiento con el firme propósito de organizar una programación de amplio alcance, que trascienda los límites de la ciudad y se proyecte sobre el conjunto de la diócesis, revitalizando el fervor martirial en todo su territorio.

Para ello, la Hermandad busca implicar a diversas realidades eclesiales y devocionales, entre las que se encuentran delegaciones pastorales como la de Juventud y Catequesis, así como la Fundación Diocesana que lleva el nombre de los Mártires, sin olvidar el apoyo de otras cofradías cordobesas como la de San Rafael o la de la Buena Muerte. La convocatoria aspira también a congregar a fieles procedentes de municipios donde la memoria de los mártires sigue viva, como Cabra y Hornachuelos, extendiéndose incluso a poblaciones de otras diócesis —caso de Íllora, Carrión de los Condes o Niebla—, cuyos patronos igualmente dieron su vida por Cristo.

La Hermandad ha sugerido que el inicio del Año Jubilar tenga lugar el 22 de noviembre de 2025 con una solemne Eucaristía en el templo basilical de San Pedro, seguida, al día siguiente, por una procesión de carácter extraordinario con las reliquias de los mártires hasta la Catedral, en una manifestación pública de fe y gratitud. La propuesta contempla además una rica programación formativa y cultural, que incluiría encuentros, muestras artísticas, certámenes escolares y actividades musicales, con el deseo de que el testimonio de los mártires siga sembrando esperanza en el corazón del pueblo cristiano.

Un legado milenario conservado en San Pedro

Las reliquias de los Santos Mártires de Córdoba, halladas en 1575 durante unas excavaciones en el subsuelo de la actual Basílica de San Pedro, se custodian hoy en una urna de plata del siglo XVIII, ricamente labrada, situada en la capilla del Sagrario del templo. Estos restos sagrados constituyen uno de los tesoros más venerables de la religiosidad cordobesa, y han sido objeto de estudio por parte de la comunidad científica.

Entre 1997 y 1998, los doctores Ángel Fernández Dueñas y Felipe Toledo llevaron a cabo un riguroso análisis antropológico de los restos. Sus conclusiones apuntan a la presencia de huesos pertenecientes a dos épocas claramente diferenciadas, separadas por varios siglos, lo que abre la posibilidad de que estos restos correspondan tanto a mártires de la época romana (siglo IV) como a cristianos perseguidos durante el Califato de Córdoba, particularmente en el siglo X.

Mártires de ayer y de hoy

La historia de la Iglesia cordobesa está marcada por el testimonio martirial en diversas épocas. A las conocidas persecuciones romanas y califales, se suma la trágica represión religiosa del siglo XX, especialmente durante la Guerra Civil española (1936–1939), periodo en el que numerosos cristianos cordobeses fueron ejecutados por su fe. Aunque sus restos no se encuentran integrados actualmente en la urna de San Pedro, algunos de ellos han sido beatificados por la Iglesia y figuran ya como titulares de pleno derecho en la nómina de mártires venerados por la Hermandad.

Un ejemplo perenne de fidelidad cristiana

Los Santos Mártires de Córdoba siguen constituyendo un faro de fe y firmeza evangélica, cuya memoria impulsa a las nuevas generaciones de creyentes a vivir con radicalidad y entrega el testimonio cristiano. En vísperas del 450 aniversario de su hallazgo, la Hermandad de la Misericordia se propone no sólo custodiar su recuerdo, sino hacer de él una verdadera escuela de evangelización en el corazón de Córdoba.

Un enfoque histórico sobre las Hermandades del Santísimo Sacramento, los Santos Mártires y la Misericordia de Córdoba

Los orígenes sacramentales en San Pedro: entre la leyenda y la certeza documental

En la parroquia de San Pedro de Córdoba se perpetúa desde antiguo una devoción eucarística que hunde sus raíces en la Edad Media. Si bien el año de 1534 ha sido tradicionalmente aceptado como fecha de constitución de la Hermandad del Santísimo Sacramento, algunos indicios apuntan a una génesis mucho más remota. Una inscripción conservada en la actual capilla sugiere la posible existencia de la cofradía ya en 1363, lo cual abriría un horizonte cronológico mucho más amplio para interpretar sus orígenes, quizá vinculados a las primeras iniciativas postmedievales en favor de la adoración eucarística. Este tipo de corporaciones surgió precisamente para exaltar el culto al Santísimo y sostener, mediante recursos propios, la dignificación litúrgica de las parroquias. Aportaban cera, organizaban procesiones del Corpus y asistían con ejemplar celo a los moribundos con el Viático.

La fusión martirial: un nuevo impulso cultual en el siglo XVIII

A mediados del siglo XVII resurge con vigor en Córdoba el culto a los mártires locales tras el hallazgo de sus restos. En este contexto fue reactivada —o posiblemente fundada ex novo— la Hermandad de los Santos Mártires, que en 1673 quedó inscrita como entidad propia. Décadas más tarde, en 1742, la fusión con la hermandad sacramental generó una notable renovación en la vida parroquial de San Pedro. De esa unión nació el proyecto de la actual capilla del Sagrario, donde se veneran los venerables restos de los santos cordobeses. Su terminación en 1757 y la realización del magnífico relicario de plata en 1790, obra de Cristóbal Sánchez y Soto, marcaron una etapa de esplendor religioso y artístico. La traslación solemne de los huesos en 1791 cerró un proceso de gran relevancia devocional.

Declive y memoria: la lenta extinción de una devoción secular

Pese a su riqueza espiritual y patrimonial, la corporación resultante de esta fusión experimentó un paulatino declive durante los siglos XIX y XX. Solo momentos puntuales devolvieron cierto protagonismo a la hermandad, como sucedió en 1975, cuando se celebró el cuarto centenario del hallazgo de las reliquias con una programación excepcional que incluyó actos culturales, litúrgicos y académicos de primer nivel. La coincidencia de algunos de estos eventos con la muerte del dictador Francisco Franco obligó, sin embargo, a reajustar el programa previsto. Finalmente, en 2000, lo que quedaba de la antigua hermandad sacramental-martirial fue integrado dentro de la cofradía penitencial de la Misericordia, poniendo fin a más de dos siglos y medio de historia autónoma.

El renacer cofrade en tiempos de oscuridad: la Hermandad de la Misericordia y su impronta fundacional

La creación de la Hermandad de la Misericordia en pleno fragor de la Guerra Civil, concretamente en el año 1937, representó un hito crucial en el resurgimiento de la Semana Santa cordobesa. La fundación de esta corporación penitencial no sólo significó la incorporación de una nueva cofradía tras casi dos décadas sin estrenos —la última había sido la de la Expiración, en 1918—, sino que también marcó el inicio de un prolongado proceso de revitalización de la religiosidad popular tras los años de declive experimentados durante la Segunda República, cuando incluso en 1936 tan solo la Hermandad de las Angustias había procesionado en la ciudad.

El germen del proyecto surgió de un grupo de jóvenes comprometidos con la Iglesia y con las tradiciones de la ciudad, liderados por Francisco Melguizo Fernández (1915–1998). A él se sumaron figuras como Ricardo Osuna Cruz, Pedro Doña Muñoz y Bartolomé López Luque. La iniciativa encontró apoyo institucional gracias al impulso del entonces alcalde, José María Castanys Jiménez, y a la autorización eclesiástica del obispo Adolfo Pérez Muñoz. La elección del Crucificado de la Misericordia como titular fue resultado de una determinación personal de Melguizo, quien descubrió la talla en estado de abandono en la antigua iglesia de la Magdalena, por entonces clausurada al culto.

Los primeros pasos de la cofradía estuvieron marcados por la urgencia y la escasez de medios, hasta el punto de que la primera estación de penitencia se realizó el 24 de marzo de 1937, apenas un mes después de que se formalizara la solicitud de aprobación. La situación jurídica de la hermandad aún no estaba regularizada y se recurrió a soluciones provisionales para cubrir las necesidades materiales: el paso del Sagrado Corazón, cedido por los jesuitas de San Hipólito, portó al Cristo, mientras que los candelabros procedían de María Auxiliadora. La cruz de guía era una pieza antigua de madera perteneciente a la Magdalena, hoy conservada con veneración.

Durante el largo mandato de Melguizo como hermano mayor, que se extendió hasta 1954, la hermandad destacó por el alto nivel litúrgico y musical de sus cultos cuaresmales, así como por la gestación de un notable patrimonio artístico. Los cultos se celebraban en San Pedro debido a la insuficiencia de espacio en la Magdalena, y se caracterizaban por contar con predicadores de renombre, como el franciscano Manuel Rodríguez Pazos o el canónigo Santos Beguiristain. Una de las aportaciones más singulares fue la creación de una Capilla Musical compuesta por orquesta, coro adulto y voces infantiles, que acompañaba los cultos desde 1940 hasta su disolución en 1954 a raíz de normativas diocesanas.

El patrimonio procesional también vivió un notable enriquecimiento: el paso dorado del Cristo, estrenado en 1943, es hoy uno de los más antiguos de la ciudad, compartiendo decanato con el de Jesús Caído. Concebido por Rafael Díaz Peno y ejecutado por artesanos como José Callejón y Francisco Santiago Díaz, esta pieza representa uno de los hitos de la imaginería procesional cordobesa. A ello se sumaron otras piezas fundamentales del cortejo como el estandarte, la cruz de guía y el libro de reglas, incorporados entre 1943 y 1948. Aunque ya en 1939 se planteó incorporar una imagen mariana, no fue hasta 1950 cuando se incorporó a la Virgen Dolorosa bajo la advocación de Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo, lo que marcaría un nuevo rumbo en la corporación.

El cambio en la dirección de la hermandad, asumida por Manuel Hernández García en 1954, trajo consigo una etapa marcada por el rigor impuesto desde el Obispado y por el traslado definitivo de la sede canónica a la parroquia de San Pedro tras el cierre de la iglesia de la Magdalena en 1956. Esta transición implicó importantes sacrificios económicos, especialmente en la ejecución del paso de palio de la Virgen, lo cual coincidió con una reducción del esplendor litúrgico. Durante esta década, las procesiones alternaron su salida entre ambos templos, siendo la Magdalena lugar de residencia habitual de las imágenes hasta su clausura.

A partir de 1964, bajo la dirección de Rafael Osuna Cruz, la hermandad vivió una de sus etapas más complejas, con serios problemas económicos que llevaron a plantear la suspensión de la estación de penitencia de 1966. Un informe conservado en el archivo interno revela que el presupuesto de la procesión ascendía a unas 43.000 pesetas, mientras que el pasivo de la hermandad alcanzaba las 80.000, cifras que ponen de manifiesto la difícil situación financiera que la corporación afrontaba en aquellos años.

Superada esta grave crisis, en 1972 asumió la dirección Benjamín Barrionuevo Guerrero, bajo cuya gestión comenzó una etapa de lenta recuperación: en 1975 se restauró la capilla de los titulares en San Pedro y se obtuvo por primera vez una casa de hermandad, arrendada en la plaza de Aguayos. Años después, con Francisco Varo Lucena al frente (1978–1982), la hermandad dio un paso adelante en su renovación al formar su primera cuadrilla de hermanos costaleros, en línea con la transformación sociológica que vivían muchas hermandades andaluzas tras la desaparición de las cuadrillas profesionales.

El cierre de la parroquia de San Pedro en 1985 volvió a poner a prueba la resiliencia de la corporación. La dirección de Miguel Melguizo Gómez (1982–1986) debió enfrentar no sólo este hecho, sino también el abandono forzoso de la casa de hermandad, clausurada dos años antes por razones de ruina. Las imágenes titulares tuvieron que ser trasladadas y la hermandad volvió a vivir una etapa de incertidumbre y dificultades materiales que no logró entorpecer, sin embargo, su inquebrantable vocación de servicio al culto y a la memoria de Cristo crucificado.