La Hermandad de la Paz y Esperanza solicita una calle para Rafael Muñoz Serrano al Ayuntamiento de Córdoba

Hacia un homenaje largamente esperado

La Hermandad de la Paz ha dado el paso definitivo para solicitar al Ayuntamiento de Córdoba que una calle o plaza lleve el nombre de Rafael Muñoz Serrano, figura esencial de la tradición cofrade local. La noticia fue confirmada por Rafael Muñoz Cruz, capataz e hijo del homenajeado, quien comunicó que la corporación ha elevado oficialmente la petición al Consistorio. Familiares, costaleros y numerosos cofrades cercanos celebran esta iniciativa y animan a quienes lo consideren justo a sumarse a una reclamación que, durante décadas, ha sido recurrente en numerosos ámbitos de la ciudad.

El gesto, además de simbólico, aspira a materializar un reconocimiento de profundo calado emocional, pues se trata de honrar a quien durante más de medio siglo fue un referente indiscutible en la evolución de la Semana Santa de Córdoba. La Hermandad de la Paz, que lo distinguió como Hermano de Honor y lo consideró siempre uno de sus pilares, ha impulsado ahora una reivindicación que no solo responde a una cuestión de memoria, sino también a una necesidad histórica de justicia.

Un asunto en manos del Ayuntamiento

La decisión final corresponde al Ayuntamiento de Córdoba, presidido por José María Bellido Roche, que tiene ante sí la oportunidad de consagrar uno de los nombres más reconocidos y respetados de la historia cofrade cordobesa. Sobre la mesa, la corporación municipal estudia la viabilidad de que una vía urbana lleve el nombre de Rafael Muñoz Serrano, cuya aportación ha sido calificada reiteradamente como imprescindible para entender la Semana Santa tal y como hoy se conoce.

A lo largo de los años, distintos articulistas y estudiosos de la tradición cofrade —Fernando Blancas, Guillermo Rodríguez y Antonio Alcántara, entre otros— han subrayado en diversas ocasiones la relevancia de este homenaje, recordando que la ciudad continúa en deuda con quien fuera decano de los capataces y maestro de generaciones enteras. Estos alegatos, publicados incluso en este mismo medio en diferentes épocas, han mantenido encendida la llama de una reivindicación que ahora parece más cercana que nunca.

Un capataz en el corazón de la Semana Santa de Córdoba

Rafael Muñoz Serrano fue capataz de 27 cofradías de la ciudad, cifra que él mismo dejó escrita en varias cuartillas manuscritas. Su trayectoria contribuyó decisivamente a transformar la Semana Santa de Córdoba, especialmente cuando impulsó la implantación de las primeras cuadrillas de hermanos costaleros, sustituyendo a los costaleros profesionales y aliviando así a las hermandades de una considerable carga económica. Fue el primer capataz que introdujo este modelo en la ciudad, marcando un punto de inflexión en la organización penitencial cordobesa.

De sus cuadrillas surgieron muchos costaleros que, con el paso del tiempo, llegaron a convertirse en capataces de reconocido prestigio, aunque hoy permanecen pocos en activo. Sin embargo, su enseñanzas han dejado un sello profundo y visible: gran parte de la identidad que caracteriza la Semana Santa de Córdoba en la actualidad emana de la experiencia y sabiduría que él transmitió a todos aquellos a quienes formó. Sus discípulos lo han definido a menudo como un capataz de capataces, expresión que sintetiza el alcance de su magisterio.

Un recorrido vital profundamente arraigado a Córdoba

Nacido en 1931, Rafael Muñoz Serrano inició su formación en el Colegio Cervantes, donde cursó bachillerato antes de incorporarse al mundo laboral en la empresa de Antonio Caballo, donde llegó a ocupar puestos de dirección. Más tarde continuó su trayectoria profesional junto a Manuel Quirós, integrándose en su departamento de administración. Casado con Rafaela Cruz de Luque, el matrimonio tuvo tres hijos: Purificación, Rafael y Luis Gabriel.

Su vinculación con la Hermandad de la Paz se remonta a 1940, cuando la imagen de Nuestra Señora de la Paz llegó a Capuchinos. En aquellos primeros años, Muñoz Serrano se integró en la incipiente corporación junto a un grupo de amigos. Fray Silvestre les colocaba a todos el atuendo de sanjuanistas, y el joven Rafael procesionaba con una pequeña vela, un recuerdo que él siempre evocó con especial cariño. Desde entonces recorrió un amplio itinerario dentro de la cofradía, primero como nazareno de cirio, luego como celador y finalmente como miembro de la Junta de Gobierno.

El nacimiento de un capataz decisivo

Su carrera como capataz comenzó cuando José Gálvez Galocha, quien mandaba el palio de la Paloma de Capuchinos, decidió incorporarlo como contraguía. A partir de ahí, su trayectoria se consolidó de manera imparable. Dirigió pasos tan significativos como los del como los del Esparraguero, del Santísimo Corazón de María y de Coronación de Espinas. Más adelante asumiría también la dirección de la cuadrilla de la Paz, responsabilidad que heredó directamente de Gálvez al retirarse.

En los años sesenta estuvo al frente de pasos como Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia, el Señor de las Penas o el Cristo de la Expiración. Ya en la década de los setenta amplió su labor a numerosas hermandades, asumiendo la dirección de pasos de la Esperanza, Ánimas, Paz, Reina de los Mártires, Santo Entierro y Resucitado. También dirigió cuadrillas en la localidad de Puente Genil, como las del Amor y la Santa Cena, y colaboró en poblaciones como El Carpio, Montilla y La Rambla, donde ayudó a constituir y preparar cuadrillas costaleras.

En 1974, acompañado por el entonces hermano mayor de la Expiración, Rafael Zafra, promovió la creación de la primera cuadrilla de hermanos costaleros de Córdoba, que debutó en la Semana Santa de 1975 gracias también al apoyo de Ignacio Torronteras. Aquella iniciativa marcaría uno de los momentos decisivos de la Semana Santa moderna en la ciudad.

Maestro de maestros y referente técnico

Sus inquietudes lo llevaron a estudiar con detalle la manera de mandar pasos en Sevilla, ciudad cuya tradición influyó decisivamente en su estilo. Aquella inspiración lo convirtió, como se ha dicho muchas veces, en el «culpable» de sembrar la semilla sevillana del martillo en Córdoba, un aporte que dio lugar a una escuela propia. Entre los muchos capataces que se formaron bajo su guía figuran Lorenzo de Juan, Javier Romero, Juan Berrocal, Antonio Ruf, Fernando Morillo, José Peña, Manuel Murillo y su hijo Rafael Muñoz Cruz, además de otros que reconocen en él su principal mentor.

Fue también un cofrade comprometido en la toma de decisiones de su hermandad y un asesor activo de corporaciones como Calvario o Resucitado, participando en el diseño y las medidas de pasos tan relevantes como el del Señor del Calvario o el palio de la Virgen de la Alegría. Su aportación excedió el ámbito estrictamente técnico, pues influyó en la conceptualización estética y estructural de varios pasos de la ciudad.

Una transformación histórica de la Semana Santa cordobesa

Las décadas en las que ejerció su labor fueron testigo de una profunda metamorfosis en la Semana Santa de Córdoba. Su personalidad, su autoridad serena y su carisma frente al paso resultaron esenciales para consolidar un proceso de renovación que permitió la incorporación de nuevas generaciones y contribuyó al esplendor actual de la celebración. Su trayectoria estuvo jalonada de reconocimientos, desde el título de Cofrade Ejemplar (1996) hasta el de Hermano de Honor de la Paz y Esperanza (1998), además de una extensa lista de escudos, medallas, placas, insignias y llamadores otorgados por hermandades de toda la provincia.

Su conocida expresión “niño mío”, con la que se dirigía a costaleros y colaboradores, se ha convertido en un símbolo de su estilo afable y firme, un sello de identidad que muchos recuerdan con afecto como una suerte de herencia espiritual compartida.

Un reconocimiento que Córdoba ya considera inaplazable

La concesión de una calle con su nombre representaría para la ciudad algo más que un simple homenaje: significaría saldar una deuda con un cofrade cuya dedicación contribuyó a modelar la Semana Santa contemporánea. Rafael Muñoz Serrano moldeó un estilo, creó cuadrillas desde cero y dejó una impronta indeleble en generaciones enteras. Por eso, quienes lo conocieron aseguran que todos, en algún momento, han sido “niños” de Rafael Muñoz Serrano o han sentido su voz marcando el paso de la tradición.

La propuesta se halla ahora a la espera de la decisión del Ayuntamiento, que debe determinar si Córdoba está dispuesta a reconocer de forma permanente a uno de los artífices de su memoria cofrade. Para muchos, este acto supondría un ejemplo de justicia poética hacia un hombre cuyo nombre continúa resonando en cada Semana Santa, en cada cuadrilla y en cada detalle del universo cofrade de la ciudad. Una figura que, como señalan quienes lo acompañaron, Córdoba no puede permitirse olvidar.