La Junta de Gobierno de la Hermandad de Montserrat ha recibido oficialmente la invitación para que la venerada Imagen del Santísimo Cristo de la Conversión del Buen Ladrón forme parte de la exposición conmemorativa dedicada a la obra del escultor Juan de Mesa y Velasco, organizada con motivo del IV centenario de su fallecimiento y prevista en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. La posible presencia de una de las grandes obras maestras de la imaginería barroca sevillana en esta muestra ha abierto un proceso interno que deberá ser sometido a la consideración de los hermanos de la corporación.
La propia Junta de Gobierno ha explicado que, dada la trascendencia patrimonial, histórica y devocional del asunto, y en cumplimiento de las Reglas de la hermandad, ha convocado un Cabildo General Extraordinario que se celebrará el próximo 27 de mayo a partir de las 20:00. En dicha sesión se informará detalladamente a los hermanos sobre las condiciones de la propuesta y se solicitará, si así procede, la correspondiente autorización para la participación de la Imagen en la exposición.
Una advocación nacida en las primeras reglas penitenciales de Montserrat
La historia del Santísimo Cristo de la Conversión del Buen Ladrón hunde sus raíces en los primeros años del siglo XVII. Cuando la antigua Hermandad gloriosa de Nuestra Señora de Montserrat aprobó en 1601 sus primeras Reglas penitenciales, incorporó al título mariano la advocación de La Conversión del Buen Ladrón, probablemente influenciada por la ermita de San Dimas situada en la montaña de Montserrat y especialmente venerada por los monjes del lugar.
El pasaje evangélico escogido para el misterio corresponde al relato de San Lucas (23, 33-44), donde se narra el diálogo entre Cristo crucificado y el Buen Ladrón en el Calvario. La escena representa uno de los momentos más profundamente teológicos, dramáticos y simbólicos de la Pasión: el instante en el que San Dimas reconoce la divinidad de Cristo y recibe la promesa del Paraíso.
Según se recoge en diversas referencias históricas de la corporación, la primera salida penitencial de la cofradía tuvo lugar en 1606 y se realizó únicamente con la imagen de la Virgen. No sería hasta febrero de 1620 cuando la Imagen del Santísimo Cristo fue entregada a la hermandad, circunstancia que hace pensar que aquel mismo año procesionaría públicamente por primera vez.
El enigma de la autoría y la atribución a Martínez Montañés
Las primitivas Reglas de 1601 ya establecían que la cofradía debía efectuar estación de penitencia el Viernes Santo portando un paso con un monte calvario, los ladrones y un Cristo crucificado junto a la Imagen de Nuestra Señora. Sin embargo, sigue siendo desconocida la forma concreta en la que la hermandad representó el misterio entre 1606 y 1620, un periodo todavía envuelto en numerosas incógnitas históricas.
La primera referencia escrita conocida al Cristo de la Conversión aparece en el inventario de bienes de la hermandad de 1682, donde se describía la talla como “una hechura de Nuestro Señor Crucificado, hablando con el Buen Ladrón, de las mejores hechuras que hay en España”. Para entonces, sesenta y dos años después de su entrega, ya había desaparecido cualquier referencia documental al imaginero que la realizó, aumentando así el misterio en torno a la autoría de la obra.
A comienzos del siglo XVIII comenzó a abrirse paso la atribución de la Imagen a Juan Martínez Montañés. El inventario fechado el 12 de abril de 1701 afirmaba expresamente que el Crucificado era “de mano del Montañés, escultor sin segundo”. El documento también describía el retablo, las imágenes secundarias del misterio y la presencia de una Magdalena atribuida a Pedro Roldán.
Años después, el pintor e historiador Antonio Palomino, al contemplar la talla, dejó una de las frases más célebres relacionadas con la Imagen al afirmar que poseía tal perfección que “parece que se le puede escuchar su voz”. Esa valoración fue recogida posteriormente por González de León en su Historia de las cofradías, donde insistía en la extraordinaria calidad artística del Crucificado y de la Virgen de Montserrat.
El hallazgo documental que devolvió la autoría a Juan de Mesa
La identificación definitiva de Juan de Mesa y Velasco como autor del Santísimo Cristo de la Conversión no llegaría hasta 1919. Aquel año, Adolfo Rodríguez Jurado publicó en la revista La Pasión su célebre artículo SUUM CUIQUE TRIBUERE, un texto fundamental para la recuperación historiográfica del escultor cordobés y para el reconocimiento de una de las grandes obras de la imaginería andaluza.
En dicho estudio salió a la luz el contrato firmado en 1619 entre la Hermandad de Montserrat y Juan de Mesa para la ejecución del Crucificado. El documento, localizado en el Archivo General de Protocolos de Sevilla, revelaba cómo el escultor se comprometía a tallar “una hechura de Cristo Nuestro Señor crucificado… quedando en postura de vivo hablando con el buen ladrón”.
El contrato especificaba además que la obra debía realizarse en madera de cedro de las Indias, de tamaño natural y siguiendo la traza proporcionada por la hermandad. También recogía una significativa declaración del escultor, quien afirmaba acometer la obra “por particular devoción y afición” hacia la cofradía, una expresión cargada de profundo sentido espiritual y personal.
Aquella documentación permitió reivindicar la figura de Juan de Mesa, cuya memoria había permanecido durante siglos eclipsada bajo la enorme influencia artística de Martínez Montañés. Rodríguez Jurado defendió entonces que el Cristo de la Conversión constituía una creación plenamente independiente y una de las obras culminantes del barroco sevillano.
La recuperación de la escritura original y la vinculación de Mesa con la hermandad
Con posterioridad a 1919, la llamada Carta de obligación suscrita entre Juan de Mesa y la hermandad terminó extraviándose. Durante décadas solo pudo consultarse la transcripción parcial realizada por Rodríguez Jurado y la Carta de finiquito firmada por el escultor el 24 de febrero de 1620, conservada en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla.
Sin embargo, entre 2021 y 2022, los archiveros del Archivo Histórico Provincial de Sevilla localizaron nuevamente la escritura original durante los trabajos de catalogación y digitalización de la colección documental CELOMAR. El hallazgo permitió recuperar íntegramente el documento que había resultado decisivo para atribuir la obra al escultor cordobés y para reconstruir una parte esencial de la historia artística sevillana.
La documentación histórica también confirmó que Juan de Mesa mantenía una estrecha vinculación con la corporación. El Libro Registro de Hermanos de Montserrat acredita que el imaginero ingresó como hermano de la cofradía el 8 de abril de 1608, reforzando así la idea de una relación devocional directa entre el artista y la hermandad.
Un misterio completado a lo largo de los siglos
Las imágenes del Buen y el Mal Ladrón fueron concertadas en 1628 con el escultor Pedro Nieto y realizadas en pasta de madera. Debido a su delicado estado de conservación, ambas fueron sustituidas en 1981 por nuevas figuras realizadas por Gabriel Cuadrado Díaz. Años después, José Rivero Carrera restauró las originales de Pedro Nieto, que volverían a procesionar en 1997.
En cuanto a la Magdalena del misterio, el inventario de 1701 señalaba que se encontraba situada a los pies del Cristo y que era obra de Roldán. La primitiva imagen desapareció antes de la reorganización de la hermandad y fue sustituida en el siglo XIX por otra talla realizada por José Sánchez, aunque aquella intervención no convenció a los hermanos de la corporación.
Desde 1858 ocupa su lugar la actual Magdalena, una talla del siglo XVIII que representaba originalmente a Santa Inés de Monte Policiano y que se hallaba almacenada en la parroquia de Santa María Magdalena. La Imagen fue restaurada posteriormente por el Taller Isbilia en 1987 y por Rocío Sáez Millán en 2016.
Las restauraciones del Crucificado y su trascendencia artística
El Santísimo Cristo de la Conversión del Buen Ladrón está realizado en madera de cedro y ha sido objeto de diversas intervenciones a lo largo de su historia. En 1851, Gabriel de Astorga volvió a encarnarlo y le incorporó ojos de cristal. Más de un siglo después, en 1982, José Rivero Carrera acometió una importante restauración durante la que restituyó la policromía de los ojos, sustituyó la cruz e incorporó el actual rótulo tallado del INRI.
La relevancia artística de la Imagen reside no solo en su importancia historiográfica para la recuperación de la figura de Juan de Mesa, sino también en la profunda originalidad de la talla. El Crucificado aparece representado vivo y en actitud de diálogo con el Buen Ladrón, una concepción iconográfica extraordinariamente innovadora para su tiempo y completamente diferenciada de los modelos de su maestro.
Los estudios especializados también han señalado la influencia de corrientes ajenas a Martínez Montañés en aspectos como la corona de espinas tallada sobre la cabeza, el dinamismo anatómico o el atrevido diseño del sudario, elementos que dotan a la obra de una personalidad artística única dentro de la escultura barroca sevillana.
Una Imagen concebida desde la devoción y el dramatismo del Viernes Santo
El contrato firmado en 1619 recogía con precisión las indicaciones dadas por los hermanos de Montserrat a Juan de Mesa: el Cristo debía quedar “en postura de vivo hablando al buen ladrón”. Esa concepción dramática, profundamente espiritual y cargada de simbolismo parece guardar relación con el Salmo 40, propio de la liturgia del Viernes Santo y rezado aún hoy en la capilla de la hermandad durante el acto devocional de la Conversión de San Dimas en la hora de sexta.
“En el Señor puse toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor”. Esa expresión litúrgica resume el sentido teológico, emocional y devocional de una Imagen que, cuatro siglos después de su ejecución, continúa siendo considerada una de las grandes cumbres de la escultura sacra sevillana y una de las obras capitales de Juan de Mesa y Velasco.





