El Conservatorio Superior de Música de Córdoba acoge el estreno de la composición dedicada a la titular mariana de la corporación del Campo de la Verdad
El Conservatorio Superior de Música de Córdoba “Rafael Orozco” ha sido escenario este domingo de un concierto protagonizado por la Banda de Música de El Saucejo, una cita que ha adquirido un significado especialmente relevante para la Hermandad del Descendimiento de Córdoba. Durante el acto se ha producido el estreno absoluto de una nueva marcha procesional, una composición que desde ahora pasa a formar parte del patrimonio inmaterial de la corporación del Campo de la Verdad.
La obra, titulada “María del Buen Fin”, está dedicada a la Virgen del Buen Fin, dolorosa de la hermandad, a la que esta formación musical acompaña cada año por las calles de la ciudad en su camino hacia la Santa Iglesia Catedral durante la estación de penitencia. El estreno de la pieza ha conferido al concierto un carácter singular, convirtiéndolo en un momento de especial relevancia para la historia musical de la corporación.
Una nueva obra firmada por Jesús Joaquín Espinosa de los Monteros
La composición ha sido creada por Jesús Joaquín Espinosa de los Monteros, autor de esta marcha que se incorpora desde hoy al repertorio vinculado a la devoción de la hermandad. Con su estreno, la corporación cordobesa amplía el conjunto de creaciones musicales que acompañan y evocan la presencia de su titular mariana en el ámbito procesional.
La interpretación por parte de la Banda de Música de El Saucejo, formación que mantiene una estrecha vinculación con la hermandad, permitió presentar públicamente una obra concebida expresamente para honrar la advocación del Buen Fin, reforzando así el vínculo entre música procesional y tradición cofrade.
Una marcha de contrastes entre solemnidad y recogimiento
Desde el punto de vista musical, “María del Buen Fin” se articula a partir de un planteamiento expresivo basado en el contraste. En su primera sección, la marcha desarrolla un carácter más triunfal y alegre, acompañado de una melodía dulce que aporta equilibrio y profundidad al discurso musical.
La obra experimenta posteriormente un giro en su desarrollo a partir del trío, momento en el que la composición adquiere un tono más íntimo y recogido, generando una atmósfera de mayor introspección. Este tránsito entre registros expresivos configura una pieza marcada por la alternancia de matices y contrastes, elementos que definen su identidad musical.
Con este estreno, la Hermandad del Descendimiento suma una nueva creación a su legado cultural y devocional, incorporando al ámbito de su tradición una marcha procesional destinada a acompañar y evocar la presencia de la Virgen del Buen Fin en la memoria musical de la corporación.
La imagen de la Virgen del Buen Fin, una devoción marcada por su singular historia artística
La imagen de Nuestra Señora del Buen Fin posee igualmente una trayectoria artística marcada por diversas intervenciones y circunstancias que han configurado su actual fisonomía. La talla fue realizada en 1979 por el imaginero sevillano Hernández León, quien ejecutó originalmente el busto de la imagen y las manos.
Posteriormente, tras ser rechazada por la Hermandad de los Dolores de Salteras, la escultura fue intervenida por los hermanos Morillo, quienes asumieron la adaptación de la obra antes de su definitiva incorporación al ámbito devocional cordobés. Estos mismos anticuarios llevaron a cabo la talla de unas nuevas manos y la realización de un nuevo candelero, al tiempo que modificaron la policromía original de la imagen.
En aquella intervención, las manos fueron ejecutadas en escayola policromada, mientras que el candelero se elaboró en madera de pino, configurando así la estructura que durante años sustentó la imagen.
La llegada de la imagen a Córdoba y su bendición en 1985
Más allá de estas vicisitudes iniciales, el acontecimiento que marcó un antes y un después para la corporación fue la adquisición de la imagen y su traslado a Córdoba, donde comenzó su definitiva vinculación con la Hermandad del Descendimiento.
La bendición solemne de la Virgen del Buen Fin tuvo lugar el 12 de octubre de 1985, en una celebración eucarística concelebrada por el entonces párroco José Luque Requerey, el consiliario Antonio Carreras y Fray Ricardo de Córdoba, acto que consolidó oficialmente la presencia de la imagen en la vida espiritual de la hermandad.
Rasgos formales y características iconográficas de la escultura
La talla presenta una altura de 1,73 metros y se caracteriza por un rostro moreno de profunda expresividad, en el que la mirada aparece perdida en la lejanía, arrastrada por el dolor, mientras seis lágrimas surcan su semblante.
La imagen inclina ligeramente la cabeza hacia la derecha, gesto que refuerza la sensación de recogimiento y aflicción, mientras las manos quedan extendidas, concebidas para portar el manípulo y el Santo Rosario.
Entre los rasgos formales que definen su fisonomía destacan las cejas y las pestañas inferiores pinceladas directamente sobre la madera, ojos de cristal, pestañas postizas en el párpado superior y un perfil de corte clásico. El rostro aparece además marcado por mejillas encendidas por el llanto, así como por un hoyuelo bajo muy pronunciado, rasgo que posteriormente sería suprimido en la restauración realizada en 2009.
La expresión se completa con labios entreabiertos y un largo cuello que aparece intensamente tensado, recurso que subraya la sensación de angustia que transmite la imagen.
La Virgen porta además una corona de plata sobredorada realizada por Alfonso Luque Morales, pieza estrenada en 1987 y que forma parte del ajuar habitual de la titular mariana.
La restauración integral realizada por Romero Zafra en 2009
Con el paso de los años, el estado de conservación de la imagen hizo necesaria una intervención de gran alcance. En 2009, la Bendita Imagen de Nuestra Señora del Buen Fin fue sometida a un profundo proceso de restauración a cargo del imaginero cordobés Francisco Romero Zafra.
La escultura presentaba entonces un notable deterioro derivado tanto del paso del tiempo como de las primeras intervenciones realizadas por los hermanos Morillo. Entre los problemas detectados se encontraban numerosos repintes en la policromía del rostro, así como diversos añadidos o “postizos” en zonas como la nariz, la boca o las cejas.
Durante la restauración se descubrió además la talla original de los dientes, que se encontraba oculta bajo otros realizados en pasta, los cuales fueron retirados. También se incorporaron nuevas lágrimas de cristal y se aplicó una nueva policromía de mayor calidad, sustituyendo la anterior, que presentaba un avanzado estado de deterioro con importantes pérdidas, especialmente en la zona del cuello.
La intervención incluyó igualmente la sustitución de las manos, que hasta entonces eran de yeso policromado y se encontraban en muy mal estado. Fueron reemplazadas por otras nuevas, talladas en madera de cedro y realizadas siguiendo el modelo de las anteriores.
En el plano estructural, también se acometió la sustitución del candelero original de madera de pino, que fue reemplazado por uno nuevo realizado en madera de cedro, además de incorporarse nuevas articulaciones, reforzando así la estabilidad y conservación de la imagen.
Gracias a esta intervención, la talla recuperó una mayor calidad estética y estructural, consolidando su presencia como una de las imágenes más significativas del patrimonio devocional de la Hermandad del Descendimiento de Córdoba.





