Creo que todo el que esté leyendo este artículo sabe de lo que le hablo. Por todos es conocido tanto el sentimiento como la responsabilidad de un estreno, los preparativos con padres, abuelos, tíos, amigos, conocidos de la Hermandad, para que el niño salga por primera vez en la Hermandad de sus amores, la de su barrio, la de tradición familiar, la de sus amigos, la de los compañeros del colegio.
La ilusión de un niño, que puede llegar desde bien los cuatro años, los seis, los diez, hasta fechas más alargadas en el tiempo, es única pero no irrepetible, pues, como en mi caso, luego vino el estreno con el costal, con la banda, y para algunos hasta con el traje negro.
Esa ilusión que no cesa es la bendita culpa de tantos malos ratos que nos hemos llevado con los años, tantas experiencias, tantos amigos, conocidos, pamplinas, verdaderos genios dentro del mundo cofrade, y dioses terrenales a los que firmemente, creo que al final se les acaba yendo la cabeza con tanto palmero.
No he podido más que ir a la igualá de mi amada Virgen de Montserrat, tristemente no me he podido reunir con mis amigos de la Paz y Esperanza este año en el día en que todos nos reencontramos, nos vemos las caras después de mucho tiempo, pero la ilusión del primer ensayo en ambas cuadrillas en mí sigue viva, late el amor por el oficio y sobre todo el compañerismo y fidelidad a mis amigos o hermanos.
Para muchos será el estreno, para otros, una cuenta más de un rosario lleno de oraciones y penitencia sea de la forma que sea, porque si, aunque muchos lo piensen, y si no me creen lo que les digo pregúntenlo, no por salir de costalero haces más penitencia, ni tienes más prioridades que un nazareno, quizá si más cercanía a nuestros Titulares, pero cercanía que es efímera si muchas veces solamente recorres kilómetros sin que haya un recorrido con la mirada a lo que verdaderamente importa ese día, aquello tan sagrado que portas, y que a veces no te das cuenta que tienes el honor de portar porque todos los hermanos, incluso los que no salen de nazareno, te erigen como ángeles para sus Titulares.
El que no sienta misterio ni miedo, temblores o llanto, sobresaltos de corazón y recuerdos de seres queridos, está equivocando el camino, o bien no siente ya lo que debe sentir bajo el traje, el cubrerrostros o con el costal, o la fe no soporta ahora mismo ciertos excesos cofrades.
Pero no se preocupen, si simplemente es lo primero… O qué narices, también lo segundo, puede encaminarse a su Hermandad y pedir un traje de matón, ser policía de los malotes por un día, y darle el día precisamente a los que sin buscar más que la fe, reciben el desconcierto como obsequio.
Que no les toque ningún matón, y que nadie toque la fe ni la ilusión, con eso, si que no se juega, aunque ya parezca que se puede jugar con todo.
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