Cada año, desde 1969, la ciudad de Montemayor celebra una procesión marcadamente singular. Una procesión protagonizada por el inmortal imaginero de Bujalance Juan Martínez Cerrillo, cuya obra se halla diseminada por los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía despertando la devoción de propios y extraños. En efecto, Jesús Nazareno de Montemayor es una imagen cristífera obra del autor de cuya gubia nacieron algunas de las devociones más importantes de la Córdoba Cofrade del siglo XX, realizada según algunas voces en 1937 aunque otros textos sitúan su hechura en 1940.
Ocurre cada 6 de agosto, fiesta de la transfiguración del Señor. Ese día, Jesús Nazareno, vestido de blanco recorre las calles de la localidad cordobesa. El origen de esta procesión se encuentra en el año 1969 cuando, con el impulso de José Jaén Hidalgo y el párroco Pablo Moyano Llamas, la Hermandad del Nazareno se lanza a celebrar el día de Jesús con la realización de esta singular procesión de Jesús Transfigurado, con actividades festivas, fuegos artificiales y todos los aditamentos de una fecha feriada, además de los actos de culto correspondientes: triduo en honor de Jesús en los días previos, y misa el día 6 de agosto que precede a la procesión.
Sin embargo, la historia de la Hermandad que rinde pleitesía a la imagen de Martínez Cerrillo se pierde en la memoria de los tiempos ya que se funda a finales del siglo XVI, concretamente en 1596. La Hermandad experimentó un fuerte impulso desde sus mismos inicios, debido a la gran devoción que se tenía en la localidad por su Titular. En el año 1607 existe constancia de que el número de hermanos era de 252 y de 1610 son las primeras noticias sobre el levantamiento de una ermita en honor del Nazareno.
Durante el siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII la Semana Santa de la localidad vive momentos de esplendor. Las estaciones de penitencia adquieren rasgos estéticos del Barroco, superando su sobriedad inicial: se incorporan elementos estéticos como los palios de respeto y se aumenta el número de pasos en las procesiones. Además de incorporar estos elementos materiales, la Semana Santa gana en vistosidad y adorno con la incorporación de los sermones y representaciones.
Así, la Hermandad instituye el sermón del Paso en la Plaza, lugar donde también se escenificaba el encuentro de Jesús con su Madre y donde el Nazareno bendecía al pueblo que se reunía allí para este momento. De igual modo, el Viernes Santo por la tarde, y ya en la iglesia parroquial, se celebraba el sermón del Descendimiento, escenificando el momento del desenclavamiento de Jesús y su traslado al Santo Sepulcro. Así mismo, está documentado en los archivos corporativos el enriquecimiento de las procesiones con la presencia de las figuras de los Evangelistas, abriéndose la comitiva con una trompeta de latón dorado que anunciaba el paso de la procesión.
La segunda mitad del s. XVIII traería momentos críticos para las hermandades de Semana Santa. La adopción de ciertas resoluciones por las autoridades civiles y eclesiásticas vino a agravar esta situación. Así, la Pragmática ordenada por el rey de la Ilustración, Carlos III, en 1977, suprimiendo los disciplinantes, supuso un duro golpe para las hermandades cuya base era ésta desde el principio fundacional. Por esta razón la Hermandad de la Vera Cruz se vio más afectada. La Hermandad del Nazareno resiste mejor la crisis gracias a la gran devoción que le tenían a su Titular numerosísimos vecinos de todas las capas sociales.
Pero hay que destacar también otro elemento importante que colocó a nuestra Hermandad en situación de superar estos tiempos de crisis, y este no es otro que el mecenazgo de algunos de los hermanos mayores de la época, y sobre todos ellos, el del presbítero Juan de Luque Granados, que costeó de su bolsa en 1766 la reconstrucción de la ermita de Jesús -arrasada por el terremoto de Lisboa de 1755-, así como los retablos y altares que a día de hoy podemos contemplar. Así consta en el Libro de cabildos de la Hermandad: «[…] reedificando la ermita de cimientos, bóvedas que ha hecho; altar nuevo al Santo Sepulcro. Retablo muy primoroso, tallado y dorado para la Santa Imagen de la Soledad; y que su ardor se extiende a hacer otro de la misma calidad y mayor primor para el Altar Mayor, donde se veneran las Sagradas Imágenes de Jesús, San Juan y Santa María Magdalena, todo a expensas de sus caudales, por no tener dicha Ermita más rentas que las cortas limosnas con que los fieles contribuyen».
A inicios del s. XIX, otra decisión de gran impacto para la Semana Santa fue la del entonces obispo de Córdoba Pedro Antonio de Trevilla de prohibir los sermones del Paso y del Descendimiento, así como las túnicas de los penitentes; estableciendo de paso que las procesiones debían transcurrir en su totalidad a la luz del día. A todas estas imposiciones se avino la población, pero cuando el reglamento emitido por el obispado en 1820 impuso la celebración de la Semana Santa en un único desfile oficial a realizar el Viernes Santo, el vecindario se opuso, mostrándose decidido, no solo a celebrar las tres procesiones que se hacían (Vera Cruz el Jueves Santo por la tarde, Nazareno Viernes Santo por la mañana y Santo Entierro el Viernes Santo por la tarde) sino a hacerlo a la manera tradicional. Para ello numerosos fieles se dirigieron tanto a la iglesia como al ayuntamiento a reclamar la anulación del reglamento con tanta decisión que el obispo se vio obligado a autorizarlo. Esta rebelión de los fieles posiblemente se vio favorecida por el recelo que pudo causar en la población el inicio del régimen liberal, y explica el interés municipal de que se respetase la tradición católica para evitar que se asociaran estas prohibiciones eclesiásticas a la aplicación de la constitución de 1812.
La celebración de la Semana Santa en Montemayor seguiría esta pauta tradicional en lo sucesivo. Ahora bien, durante la primera mitad del s. XIX las hermandades perderían vigor, recuperándose durante el reinado de Isabel II y la época de la Restauración. El inventario de 1851 recoge entre las posesiones de la Hermandad del Nazareno: «Estola de la Virgen. Dos palios de terciopelo. Dos banderas de tafetán. Manto de terciopelo de Nuestra Señora de los Dolores. Cinco túnicas, cuatro de los Evangelistas y una de un hermano. Dos Escalas y el Palio en que se hace el Calvario para el Descendimiento. Cruz del Descendimiento. Siete tornillos, tres hierros largos de las Andas, dos martillos y dos pares de tenazas y demás hierros para el Descendimiento. Una Trompeta de latón dorado».
En julio de 1854 ven la luz unos nuevos estatutos aprobados por los hermanos reunidos en cabildo general para regir su organización y funcionamiento. La economía de la Hermandad sigue dependiendo y mucho del mecenazgo. Así, en 1851 fue elegido hermano mayor José Uruburu y Luque, quien soportará a su costa los gastos de las procesiones y los cultos de aquellos años. La reorganización que sufre la Hermandad del Nazareno en 1886 le da un impulso sin precedentes.
En diciembre de este año se aprueban nuevos estatutos, pasándose a denominar Hermandad de Jesús Nazareno y Nuestra Señora de los Dolores. Estos nuevos estatutos contemplan expresamente la aceptación de hombres y mujeres en su seno, según su art.6: «Se admitirán en esta Hermandad a las personas de ambos sexos que lo soliciten y profesen la Religión Católica, Apostólica y Romana y gocen de buena salud». En febrero de 1887 se constituye la nueva Junta Directiva que se establece como prioridad el incremento del número de hermanos. Con este fin se crea la sección de hermanas de Jesús Nazareno, que se distinguirán en las procesiones y demás actos de la Hermandad por un escapulario negro, con cinta morada, en el que llevarán las efigies de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Virgen de los Dolores.
Los comienzos del s.XX marcan una nueva etapa de falta de vitalidad, que se ve superada durante los años veinte del siglo, en los cuales, tanto la solemnidad de los cultos como el boato de los dos desfiles procesionales que realiza la Hermandad colocan este periodo entre los más brillantes de la historia de la misma. La II República marca un periodo de pérdida de actividad de las hermandades en general. Existe una hostilidad latente y patente contra toda manifestación religiosa, y se registra un elevado número de bajas de hermanos. Finalmente, en 1932 la Hermandad del Nazareno acuerda suspender las procesiones «vista la situación precaria por la que atraviesa la Cofradía». La suspensión se extenderá a los dos años siguientes, hasta que la junta de gobierno elegida en marzo de 1935 acuerda recuperarlas, suprimiendo el sermón del Descendimiento y manteniendo el del Paso.
La Guerra Civil, ominosa tragedia para las personas, no iba a respetar las manifestaciones religiosas y culturales. Los daños en la iglesia parroquial y las ermitas fueron enormes. El día 24 de julio de 1936 fueron quemadas las imágenes de Jesús Nazareno, Virgen de los Dolores, Verónica, Magdalena, San Juan y Cristo Yacente. En el año 1937 se reorganiza nuestra Semana Santa para realizar los desfiles procesionales recurriendo a las imágenes que se habían salvado de la destrucción en la ermita de la Vera Cruz.
En las décadas siguientes la Hermandad vive un fuerte impulso que se frena en los sesenta, decayendo la actividad en los setenta. En este periodo tuvo lugar la recuperación de la fiesta de Jesús, celebración que históricamente festejaba y que se había abandonado. Una fiesta que ha llegado a nuestro días con una fortaleza inusitada y que cada 6 de agosto protagoniza la imagen que Juan Martínez Cerrillo regaló a la religiosidad popular de Montemayor.
Fuente documental Historia de la Hermandad de Jesús Nazareno





