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Sevilla, ⭐ Portada, 💚 El Rincón de la Memoria

La Macarena y Joselito, una unión imperecedera

José Gómez Ortega, conocido en el mundo taurino como “Gallito” o Joselito el Gallo, heredó la devoción hacia la Stma. Virgen de la Esperanza de su madre, la “señá” Gabriela, que, desde que la familia se instalara en su vivienda de la calle Relator, oraba habitualmente en la capilla de la Hermandad en San Gil, especialmente las tardes en que toreaba alguno de sus hijos, y donde toda la familia solía asistir a misa los días de precepto.

En agosto de 1913, durante una corrida en San Sebastián, Joselito recibió un pitonazo de un toro a la altura del corazón, salvándose de la cornada gracias a que el asta tropezó con la medalla de la Virgen de la Esperanza que colgaba de su pecho.

En agradecimiento por haber salido ileso, Joselito adquirió, durante un viaje a París en invierno del mismo año, cinco broches verdes compuestos de pétalos de cristal de roca francés engarzados en oro blanco y rematados con brillantes, las famosas “mariquillas”, que donó a la Stma. Virgen a su regreso a Sevilla, y que luce desde entonces. Muy probablemente, y también en acción de gracias, su ingreso en la Hermandad se produjo en la misma fecha. Su ferviente devoción le llevó a entronizar una Imagen de la Virgen de la Esperanza en su casa de la Alameda de Hércules.

La misma medalla lo volvió a librar de un nuevo percance en abril de 1914, en la Plaza de Sevilla. El diestro sevillano, que, según sus propias palabras, “creía en Dios con toda su alma y tenía una fe ciega en la Virgen de la Esperanza”, la consideraba una reliquia y la portó hasta el mismo momento de su muerte.

Desde 1915 hasta el 16 de mayo de 1920, día en el que pierde trágicamente la vida en Talavera de la Reina y del que hoy se cumplen cien años, Joselito desempeñó puestos de responsabilidad en la Hermandad como Oficial de la Junta de Gobierno, ocupando los cargos de Fiscal 1º y de Consiliario en varios mandatos.

Además de su pertenencia a la Junta de Gobierno, Gallito se convirtió desde su época de novillero e incluso antes de su ingreso en la Hermandad en uno de los más grandes benefactores de la misma a lo largo de la Historia. A beneficio de la corporación toreó varios festivales en las Plazas sevillanas de la Maestranza y la Monumental.

Fueron numerosas sus contribuciones para sufragar gastos de la Hermandad y proyectos artísticos de la misma: desde el imperdible con una onza de oro que ofrendó al ocupar su primer cargo en la Junta de Gobierno a los candelabros de cola del palio de la Stma. Virgen, desaparecidos en 1936, pasando por su importante contribución para la realización de la corona de oro de la Virgen o las ropas con las que se aumentó la Centuria Romana en 1915, además de la organización y participación en los mencionados festivales taurinos.

Pero su generosidad no sólo se limitó al ámbito del patronazgo artístico, sino que Joselito fue, además, un decidido y extraordinario apoyo para las obras de caridad y en auxilio de los más humildes. En palabras del canónigo Juan Francisco Muñoz y Pabón en uno de sus artículos en El Correo de Andalucía, “estampó su limosna en mil y una suscripciones para la caridad o para el culto” y “socorrió con mano pródiga” a viudas, huérfanos y cientos de necesitados.

El 16 de mayo de 1920, hace hoy cien años, José es herido mortalmente en la Plaza de toros de Talavera de la Reina. En la enfermería, retiran de su cuello un retrato de su madre y la deformada medalla de la Virgen de la Esperanza. Su hermano Rafael y su cuadrilla quieren amortajarlo con la túnica de nazareno de la Macarena, pero no hay tiempo para enviarla desde Sevilla.

Una representación de la Hermandad, encabezada por el Hermano Mayor, Manuel Aguilar Luque, acude a la Estación de Córdoba a recibir el cadáver. El 31 de mayo, la Hermandad celebra solemnes honras fúnebres, presidiendo el altar mayor de San Gil la Virgen de la Esperanza ataviada por primera y última de vez de riguroso luto y levantándose un catafalco sobre el paso de palio, sobre el que se colocó la vara de Consiliario.

Luego vendrían las ceremonias fúnebres en la Catedral, la defensa que de ellas haría Muñoz y Pabón y que le valdrían el regalo, por suscripción popular, de la pluma de oro con la efigie del gallo que el canónigo hinojero pediría que se donara a la Virgen de la Esperanza, que la luce todas las madrugadas de Viernes Santo, el deseo familiar, no materializado, de que sus restos mortales descansaran en la capilla de la Hermandad en San Gil, las limosnas de pan que, en su memoria, diera la corporación años después, la Imagen de la Virgen presidiendo su mausoleo en el cementerio de San Fernando, la donación póstuma de sus trajes de torear para confeccionar sayas a la Virgen, la reciente de su hábito nazareno para el Museo de la Hermandad y tantas otras muestras de la ardorosa devoción de Joselito hacia la Virgen y de respeto y admiración de la Hermandad hacia un hombre, un hermano, un macareno que, en palabras, una vez más, de Muñoz y Pabón, “mereció ser querido en vida y llorado en muerte”.

La Hermandad de la Macarena, hoy y siempre, lo recuerda agradecida.

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