Seguramente haya a quienes les resulte del todo imposible pasar junto a la Iglesia de la Magdalena sin detenerse unos instantes a perder la vista en su conjunto, porque al mirarla, la visión parece distorsionarse tratando de imaginar en ella un pasado que a muchos se nos escapa y tan solo nos permite recrear en nuestra mente los relatos que tuvieron a esta antigua parroquia como escenario.
Lo mismo parecía ocurrir ya en 1970, año en que la popular revista denominada Patio Cordobés hacía referencia “a uno de los barrios más típicos de Córdoba”, que en aquel momento, al igual que seguía ocurriendo no hace tanto, transmitía esa lamentable sensación de abandono, a pesar de su extensa historia y su valor artístico.
Se ve rodeada por casonas y edificios interesantes, como el convento de Santa Inés, y parte de la muralla, con la torre de los Dolores y la Puerta de Andújar, sin que falten las casas populares que proclaman su carácter de otra época. Además está ubicada en las proximidades de otros monumentos y lugares típicos y turísticos, como el convento de los Carmelitas Calzados, donde se guarda un valioso retablo, del que es autor el insigne Valdés Leal, así como la iglesia de San Lorenzo, uno de los más bellos templos de la Reconquista.
Recordaba, además, aquella edición de hace 47 años, los tiempos pasados en los que la Plaza de la Magdalena se presentaba con un aspecto desaliñado a juego con el ruinoso estado de la iglesia que, en tiempos ahora remotos fuese la primera en anunciar la resurrección de Cristo, sumida en un melancólico silencio, cuyo eco parecía extenderse por el entramado de antiguas callejas. Así, años ha, Patio Cordobés traía a sus lectores anécdotas de años pretéritos en los que los jardines, ubicados junto a la Iglesia de Santa María Magdalena, se convertían en el marco de múltiples corridas de toros que dejaron su firma en el nombre de algunas de las calles vecinas.
Sin embargo y como bien es sabido, el histórico templo, en el que años atrás ya habían comenzado las primeras reformas que más tarde debieron ser suspendidas por razones económicas – quedando entonces desprovisto de los característicos revestimientos barrocos con el fin de devolverlo a su estado original – mantuvo durante largo tiempo una estrecha relación con la Córdoba cofrade y el sentimiento religioso popular. Tanto es así, que, incluso después de la suspensión del proceso de restauración, volvió a estar abierta al culto, aunque eso sí, no durante mucho tiempo.
Como ya comentábamos en anteriores artículos de Gente de Paz, al finalizar la Guerra Civil española, la mítica Iglesia de la Magdalena se convertía en la cuna de una nueva cofradía que, en palabras de la anteriormente mencionada revista “llegó a tener pronto acusada personalidad”. Como cabe suponer, no podía tratarse de otra hermandad que no fuese la del Santísimo Cristo de la Misericordia, imagen que “en otro tiempo inspiró gran devoción entre las clases populares de nuestra capital” para más tarde trasladarse a la cercana Parroquia de San Pedro, incorporando a sus desfiles “otra imagen magnífica”, la de Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo.
Una vez se hubo integrado la recién nacida hermandad en la Semana Santa de Córdoba, la presencia de la Misericordia en las calles de nuestra hermosa ciudad se convirtió en un inmenso aliciente dadas las singulares características de la corporación en su personal guión procesional. “A ello contribuían el carácter típico de la plaza y el recogimiento ejemplar de los hermanos, recogimiento que mantenían a lo largo de todo el itinerario”.
Así las cosas, “el regreso de la Hermandad a la iglesia de la Magdalena, allá en la alta madrugada, entre un cortejo de saetas y de aplausos, constituía un espectáculo inolvidable. Todo el barrio esperaba a las imágenes por las que ya sentía devoción, en la bella plaza y calles afluentes”.
Aún en la década de los 70, la cofradía de la Misericordia era considerada como una de las de mayor interés para la comunidad cofrade cordobesa, en gran medida gracias a la notable sencillez de los pasos que portaban a ambas imágenes titulares y la incuestionable solemnidad con la que aun a día de hoy, la corporación de San Pedro realiza su estación de penitencia en la jornada del Miércoles Santo. Así y todo, la hermandad popularmente conocida como el Silencio Blanco, no sin motivo, dejó escrita con tinta una historia que se remontaba a “aquellos días lejanos en que se organizaba en la iglesia de la Magdalena una impresión difícil de olvidar. Luz y sombras jugando entre los árboles y en cuyas hojas parecían enredarse las saetas, que eran como oraciones de fervor popular”.





