Cuando comienzan a descontarse las jornadas y la cercanía de la Semana Santa empieza a rozarse con la punta de los dedos proliferan por la red de redes multitud de imágenes que evidencian que todo está apunto de acontecer. Imágenes de pasos de misterio completamente terminados, figuras secundarias ataviadas, candelarias perfectamente dispuestas y con la cera pinchada… se entremezclan con instantáneas de auténticas obras de arte efímeras emanadas de las manos de aquellos hombres que tienen el privilegio, la fortuna y la responsabilidad de ataviar, en virtud del indiscutible genio que atesoran, a la mismísima Madre de Dios.
Así ocurre en el corazón sentimental de la Huerta de la Reina, donde la más ilustre de las vecinas del barrio, Nuestra Señora de la Estrella, ya brilla radiante y poderosa en su paso de palio desde esta misma noche. Y es que su vestidor, Manuel Jiménez, ha vuelto a lograr lo que una vez tras otra parece imposible, superarse a sí mismo, logrando sublimar la belleza indiscutible de una de las dolorosas con una personalidad más acusada y una de las bellezas más insustituibles de cuantas existen en el relicario devocional de la ciudad de San Rafael, que, por obra y gracia del arte que brota inagotable del veneno del don que atesora, multiplica su magnificencia para deleite de los sentidos y para mayor gloria de la Córdoba cofrade y al mismo tiempo para, en su condición de Virgen y Reina, convocar a la oración, iluminando el camino de la Redención que conduce a su Hijo.
Para el próximo Lunes Santo, la Virgen de la Estrella, tal y como ha explicado el propio Manuel Jiménez a Gente de Paz, luce lo que se denomina un velo egipcio, que para los profanos, es como una gasa recabada con hilo de oro, que, en este caso, ha sido dispuesta sobre un rico brocado con aire hebraico. Además, lleva sobre el pecho una seda salvaje color crema dorada y un lyon de oro sobrepuesto. Completan el magnífico conjunto, puñetas de encaje de Bruselas y pañuelo de punto de aguja.
La Madre de Jesús de la Redención, viste la saya de tisú de plata, con cinturilla y mangas a juego, que bordase a realce en oro fino, para Ella, el prestigioso bordador cordobés Francisco Pérez Artés, según un diseño original de los hermanos Delgado. Una pieza, que fue estrenada en el besamanos del año 2008, culminada en oro de primera calidad, con las técnicas más depuradas del bordado artesanal, con profusión de hojillas, cartulinas, medias ondas, zetillos y sedas de colores.
Sobre el manto, la Virgen luce la toca ejecutada en 2010 por la cordobesa Mercedes Castro ejecutada con bordados de una antigua capa pluvial del s. XVII adquirida en un anticuario. Una pieza concebida en virtud de un diseño de Miguel Ortiz Cabello, que combina los bordados originales con otros de nueva factura, entremezclándose las rosas de pasión con las espigas de trigo, entrelazadas con la hojarasca de la pieza, todo ello sobre un soporte de malla y rematada en todo su perímetro por una orla isabelina bordada en punto de cetillo intercalada de casquillas galloneadas.
Sobre sus sienes, la Estrella luce la magnífica corona realizada en plata de ley sobredorada por el orfebre Manuel Valera en virtud del personalísimo diseño de Julio Ferreira y el propio Manuel Jiménez. Una presea exquisita, extremadamente rica en pedrería fina entre las que lucen zafiros, amatistas, circonitas blancas, aguamarinas, rosas de Francia, rubíes, perlas y esmaltes. Finalmente, luce sobre el pecho el puñal del «Dulce Nombre» que realizase en 2009, en plata de ley sobredorada, el taller del orfebre Manuel Valera, sobre un diseño de Jesús Amaro. Un puñal que contiene en su cruceta una capilla que alberga la figura del Dulce Nombre de Jesús, Titular de la hermandad, de ahí el nombre con el que se denomina a la pieza.
Un conjunto concebido de manera impecable para, a través de la magia de la creación efímera, servir de cauce para encontrar el camino de la Verdad y ser capaz de acercar al devoto al regazo de la Virgen de la Estrella, auténtica protagonista de todo, Reina y Soberana de los desvelos de quienes acudirán el próximo Lunes Santo a reflejarse en sus pupilas, para alimentarse, una vez más del maná imperecedero de la luz que emana de la más hermosa de las estrellas del firmamento.





