El Capirote, Sevilla, 💙 Opinión

La Milagrosa, la batalla de Lepanto y el doble rasero

Desde que se anunció por parte de la corporación de Ciudad Jardín los actos con motivo de la mediación de la Virgen del Rosario en la batalla de Lepanto no han cesado las críticas hacia la hermandad. Es un debate complicado por el número de factores que se dan alrededor del mismo.

La fiesta en honor de la Virgen del Rosario fue instituida por Pío V por su ayuda en la victoria sobre los turcos en Lepanto. Visto desde la perspectiva del momento nadie dudaría de que la Virgen medió para frenar el avance del Imperio otomano favoreciendo a la Liga Santa, conformada por los Estados Pontificios, la monarquía española y diversas repúblicas, como la de Venecia o Génova, entre otros integrantes del mismo bando. Tal fue así que la devoción hacia el rosario creció de tal modo que a partir de entonces surgen un sinfín de corporaciones que rinden culto a la Madre de Dios bajo esta advocación.

Hoy en día el revisionismo, la tendencia a someter a revisión interpretaciones y prácticas con la intención de actualizarlas, hace dudar de si efectivamente la misma Virgen actuó en beneficio de uno de los dos bandos. Y la controversia, que siempre es bienvenida, se ve deslucida por la escasa observación que se hace de otros aspectos similares acompañados de nula crítica.

Pocos historiadores dudan de lo cruenta que fue la batalla, así como de que la victoria por parte de la Liga Santa frenó el avance del islam en Europa, desde donde habría dado el salto a América. Del mismo modo sería de necios negar que la devoción hacia el rosario se extendió sobremanera, y que la advocación mariana dio pie a que se acrecentase el fervor hacia esta devoción, proliferando los rosarios públicos que tanto arraigo llegaron a tener en siglos pasados.

El propósito en este artículo de opinión no es más que el de recordar que hay que ser ecuánimes y no pretender dañar la imagen de una corporación por joven que sea. Es una percepción que he venido observando desde que la hermandad informase de los actos que pretendía llevar a cabo. Porque el tratamiento, la observación me han hecho preguntarme: ¿si esta efeméride es celebrada por otra hermandad de mayor antigüedad se habría puesto el grito en el cielo de igual modo?

Echamos un vistazo alrededor y leemos que cómo es posible que la hermandad celebre la efeméride que recuerda una batalla que dejó tantos muertos. Y me viene a la cabeza que en nuestra catedral yace el cuerpo de San Fernando, y ¿saben cuántas personas perdieron la vida durante la reconquista? ¿Conocen que el 23 de noviembre, día de San Clemente, tiene lugar la procesión de la espada del santo por las naves catedralicias? ¿Y nadie pone el grito en el cielo? ¿No se recuerda el paso de la Quinta Angustia y su relación con la batalla de Lepanto?

Afirman algunos periodistas que no conocen a nadie que argumente la aparición de la Virgen del Rosario en la batalla. ¿Y creen en cambio que la Virgen de los Reyes se apareció a San Fernando? ¿O que a fray Isidoro se le presentó vestida de pastora? Porque si utilizamos la misma vara de medir resulta que las facciones de la patrona recuerdan a influencias del país galo y que referencias al buen pastor tenemos desde hace un par de milenios. No sería extraño imaginar que, si Jesús aparece representado como buen pastor, el fraile ideara vestir a su madre de igual modo.

La conmemoración de la batalla de Lepanto y las opiniones vertidas en su contra sacan a relucir nuestro complejo a la hora de reconocer y poner en valor las gestas de una nación histórica. Miramos con las lentes del siglo XXI acontecimientos que en el XVI eran juzgados desde la perspectiva de aquel entonces que sería lo lógico. Y tenemos que hacer frente a que el 12 de octubre aparezcan españoles criticando que se conmemore el Día de la Hispanidad, crecen los que creen que Colón debería salir de la catedral y si continuamos por esta senda terminaremos desguazando pasos y regresando la plata americana que en tantas piezas y objetos litúrgicos está presente. Y así como nos avergonzamos de nuestro pasado hacemos con nuestras creencias, donde gracias a la matraca del laicismo y el permanente machaque a los sentimientos religiosos uno llega hasta callar cuando hay que poner a Dios por encima de todo. Y de todos.  

Más allá de entrar a debatir ciertas cuestiones, se pone de manifiesto el linchamiento que, desde las redes, vaya usted a saber con qué motivo, han llevado a cabo ciertos periodistas intentando sembrar en el mundo cofradiero el pensamiento de que ha sido un error conmemorar el aniversario de la batalla de Lepanto —cuando llegue el siete de octubre espero que enarbolen la misma bandera, como saben la festividad de la Virgen del Rosario recuerda su mediación en aquel séptimo día del décimo mes de 1571 cuando tuvo lugar la confrontación—. Y peor aún, demostrar el doble juego a la hora de referirse a una u otra hermandad, porque cebarse con hermandades que no tienen tanto peso parece convertirse en un pasatiempo para cierto sector dentro del periodismo que no es capaz de denunciar tantas y tan peores ocasiones.

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