La procesión de la Fuensanta de 1808 en desagravio por las matanzas y sacrilegios perpetrados por los franceses

La devoción de la ciudad de Córdoba a la Virgen de la Fuensanta se pierde en la memoria de los siglos. La leyenda, recogida por Manuel González y Francés en su obra “La Virgen de la Fuensanta” sitúa el origen de la vinculación entre Córdoba y su Patrona en los hechos vividos por Gonzalo García, cardador de lana, quien “tomó el 8 de septiembre de 1442 agua de la fuente que manaba de las raíces de un cabrahigo, dio a beber de esta a su esposa e hija enfermas, produciéndose la sanación de ambas. Realizado el milagro la noticia se extendió por la ciudad iniciándose un peregrinar de enfermos para tomar el Agua Santa. Casi veinte años después, a un ermitaño al que la fuente había curado de su hidropesía, le fue revelado que aquella antigua higuera encerraba en su tronco una imagen de la Virgen María. Abierto el tronco se encontró una imagen de la Virgen, portando en el brazo izquierdo el Niño Jesús”. Una devoción que ha tenido múltiples capítulos a lo largo de la historia, que han evidenciado fehacientemente el lugar de privilegio que ocupa en la memoria colectiva de un pueblo que ha encontrado siempre en la pequeña imagen mariana uno de los elementos sustanciales de su religiosidad. Uno de estos episodios, no suficientemente conocido por el gran público, tuvo lugar el 4 de septiembre de 1808. Aquel día, la Virgen de la Fuensanta salió en procesión bajo el cielo de Córdoba como muestra de desagravio por los desmanes de todo tipo y los importantes actos sacrílegos cometidos por las huestes francesas en el mes de junio de ese mismo año, cuando tomaron la ciudad. Dentro del importante destrozo causado por los invasores, con la consiguiente pérdida patrimonial derivada, la ermita de Nuestra Señora de la Fuensanta fue uno de los templos más afectados.

Para ser conscientes del patrimonio perdido en aquél episodio sufrido por la ermita habría que remontarse al estudio que realizó el antiguo canónigo de la Santa Iglesia Catedral, Manuel González y Francés en su obra “La Virgen de la Fuensanta”, que recogía un inventario de propiedades realizado el 24 de noviembre de 1590. Ya por aquél entonces figuran entre las propiedades de la iglesia de la Fuensanta dos coronas de oro y piedras preciosas, un cáliz de oro cedidas todas las joyas por la realeza, un cáliz con las armas de la familia Cabrera, y otro con el escudo de los Sosa, una lámpara grande con inscripción latina en oro obsequiada por don Antonio del Corral, 15 coronas para la Virgen y 7 para el Niño, acompañadas por 21 alhajas de oro, casi todas con piedra de valor, 48 trajes para vestir a la imagen y 14 para el Niño, muchas realizadas en telas ricas como seda, entre otros muchos bienes, legados, ofrendas y donativos que se sucedían a lo largo de los años en favor de la Imagen de la Fuensanta. No es descabellado por tanto afirmar que era abundante y rico el patrimonio existente en el Santuario, gracias a la fama y devoción que había despertado la imagen mariana.

En 1808 la invasión francesa fue vivida en Córdoba como un auténtico apocalipsis. El General Dupont entro en la ciudad a sangre y fuego, abriendo a cañonazos las murallas de Córdoba. Miles de soldados accedieron por la Cuesta de la Pólvora y Puerta Nueva, tardando menos de dos horas en vencer ella exigua resistencia de los apenas 20000 cordobeses en condiciones de luchar en el Puente de Alcolea. Ante el aplastante desequilibrio de fuerzas, los defensores huyeron por el Puente Romano y la Puerta Osario rumbo al refugio de la Sierra dejando la ciudad a merced de la ira y la sed de venganza de los franceses. Las hordas entraron por primera vez en el mes de junio provocando por doquier robos, asesinatos, hurtos, violaciones y multitud de saqueos que se reprodujeron por cada calle y cada plaza, incluyendo, por descontado los lugares dedicados al culto. No existió organismo, institución o ciudadanos que vivieran ajenos a las tropelías francesas, la ciudad se hallaba colapsada y en un completo caos. El Santuario de la Virgen de la Fuensanta, situado entonces a extramuros, fue uno de los primeros templos en padecer el atropello francés que destrozaron las imágenes del templo, incluida la talla de Nuestra Señora de la Fuensanta, una de las más antiguas que existían en Córdoba. “(…) la sagrada Imagen de Nuestra Señora de la Fuensanta ha sido profanada y despedazada sacrílegamente por la impiedad de los franceses (…)” escribió Manuel González Francés.

Los soldados franceses recorrieron la ciudad bayoneta en mano, ni siquiera una alta dignidad como el obispo pudo salvarse del saqueo inmisericorde, quien “tras saltar la tapia del Palacio Episcopal para refugiarse en la finca aledaña, fue alcanzado y pisoteado», según explicó Miguel Ángel Ortí Belmonte, en su monográfico “Córdoba durante la guerra de la Independencia”, publicado en 1924, en el que puso de manifiesto que “no se respetó nada ni a nadie, los soldados violaron a las monjas en el interior de sus propias celdas, las hijas eran ultrajadas en presencia de padres y hermanos y las esposas delante de sus maridos e hijos”. La ira se desató incluso contra ancianos y niños. Además del Santuario de la Fuesanta, el resto de templos de la ciudad fue presa fácil para los enloquecidos invasores, con la Catedral donde desaparecieron joyas de todo tipo, como dos coronas de la Virgen de Villaviciosa. Las pérdidas personales y patrimoniales fueron incalculables. El día del Corpus de 1808, Dupont mandó evacuar Córdoba y los soldados, temerosos de la reacción del pueblo, huyeron inmediatamente, llevando consigo el ingente botín que robaron durante aquellos trágicos días.

Azahara Martín en un interesantísimo monográfico dedicado a aquellos hechos asegura que “entre las alhajas y enseres que conformaban la imagen de Nuestra Señora de la Fuensanta en su retablo, fueron expoliados por las tropas napoleónicas, la repisa de plata cincelada sobre las que se situaban ambas imágenes y similar suerte corrieron las coronas de oro, esmeraldas y amatistas que tanto el Niño como la Virgen ostentaban, junto a dos gargantillas con diez granos gruesos de perlas que lucía la Virgen, y una pequeña adornada con una cruz de oro que pendía del cuello del Niño. Rodeaba a la cabeza de María Santísima de la Fuensanta, junto a la corona citada, una diadema grande de plata, con los rayos y estrellas de los remates dorados, a los pies, una media luna de plata con dos estrellas en las puntas que, unido al Agnus Dei del pecho en plata, constituían la joyería destinada a la exhibición de la talla. Hicieron cuatro agujeros en el suelo buscando dinero y más joyas. En el cuarto del coro, rompieron con virulencia la puerta de la alacena que allí había y sustrajeron cuatro candeleros de plata de pies triangulares con la Virgen figurada y otros dos de plata dorada algo más pequeños, un Atril de plata, tres cálices y vinajeras, una campanilla de plata, dos platos del mismo material, una Imagen de San Francisco de plata de martillo, una cruz de oro y un Lignum crucis cubierto con piedras de cristal y un rosario de perlas pequeñitas engarzado en oro. (…) Consta la destrucción de dos mesas de talla magnífica de Flandes, sobre la que descansaban dos grandes urnas con imagen de Ecce Homo y La Virgen afligida, que se salvaron del expolio francés. A lo que añadimos, que en las Capillas de la Virgen Niña y de Santa Ana, las estatuas fueron desojadas de la potencia  y corona respectivamente”.

En desagravio a aquellos terribles acontecimientos, la mañana del domingo 4 de septiembre de 1808 tuvo lugar en la Santa Iglesia Catedral una solemnísima función “en desagravio por la profanación, las ofensas y los muertos, con asistencia de la Suprema Junta, del Ilustre Ayuntamiento, y de un numerosísimo público”. Así consta en una carta personal recogida por la mencionada Azahara Martín en su excelente trabajo, cuya autoría se desconoce, que narraba que “habiendo sido el Orador el célebre, D. José Garrido uno de los prebendados que desempeñó el asunto con la energía, con el espíritu, finura y eficacia que exigían las circunstancias, habiendo gozado hasta el extremo todos sus espectadores. Por la tarde se condujo a la misma Señora en procesión general a su ermita, habiéndola acompañado el hermoso San Rafael de plaza que hay en la catedral, todo su cabildo, la Junta Suprema, el señor conde de Miranda, todas las comunidades, el Estado secular, un grande concurso, un piquete largo de voluntarios de Sevilla, alguno de caballería y otras muchas circunstancias plausibles, alternando con todo los vivas, los cohetes, los fuegos, por todo el camino, el adorno de cortinas de las casas, el repique de campanas de cuantas iglesias por donde pasaba y otras infinitas cosas que hacían solemnísima y respetable la función, y eran propias del caso. De este modo, pues, honran los cristianos españoles a la misma sagrada virgen, de cuyo ultrajo y vilipendio hacen profesión los herejes franceses”.