La revirá | Medio millar de razones para dejar de sacar pecho

Convertir 527 matrículas en una demostración de éxito constituye un ejercicio de triunfalismo que los números, examinados con un mínimo de rigor, difícilmente sostienen. La Diócesis de Córdoba ha anunciado con satisfacción el comienzo de su Plan Diocesano de Formación para miembros de hermandades y cofradías, con 527 alumnos repartidos entre Córdoba, Lucena y Pozoblanco, presentando la respuesta como una muestra del interés del mundo cofrade por recibir una formación sólida. Nadie discute el valor de la iniciativa ni la utilidad de materias como los Evangelios, los dogmas mariológicos, la piedad popular o la evangelización a través del arte. Lo cuestionable es confundir la puesta en marcha de un proyecto con su capacidad real de convocatoria y convertir una cifra modesta en motivo de autocomplacencia. Quinientos veintisiete inscritos pueden ser un comienzo, pero no constituyen una respuesta multitudinaria ni permiten proclamar que la propuesta ha conectado con el conjunto del universo cofrade cordobés. La nota de prensa habla de «importante acogida», pero el adjetivo no transforma la dimensión del dato. Una cosa es celebrar que haya personas dispuestas a formarse y otra utilizar su número como prueba de un interés generalizado. La formación es necesaria; el triunfalismo, prescindible.

El contraste con la dimensión social del movimiento cofrade cordobés hace todavía más difícil justificar semejante alborozo. El estudio El valor social de la Semana Santa, promovido por la Diputación de Córdoba y elaborado por Analistas Económicos de Andalucía con coordinación técnica de la Agrupación de Hermandades y Cofradías, cifró en un 29,8 % el porcentaje de encuestados que pertenecía a una hermandad o cofradía, mientras que un 49,3 % había participado en algún desfile procesional. Aplicados de forma orientativa a una población provincial aproximada de 772.000 habitantes, esos porcentajes representarían unos 230.000 cofrades potenciales y cerca de 380.000 personas vinculadas a las procesiones. No se trata de un censo actualizado, sino de una proyección estadística que permite dimensionar el fenómeno. Frente a esos 230.000 cofrades estimados, los 527 matriculados representan aproximadamente un 0,23 %: poco más de dos por cada mil. Y si tomamos como referencia el conjunto de la población provincial, la proporción se reduce al 0,07 % de los habitantes de Córdoba. Es evidente que no todos los cofrades pueden ni tienen por qué matricularse en este curso, pero también lo es que medio millar difícilmente puede venderse como una convocatoria extraordinaria en una provincia donde las hermandades constituyen una de las mayores redes de participación social. La pregunta no debería ser cómo celebrar el resultado, sino qué explica la distancia entre la enorme implantación popular de las cofradías y la limitada respuesta a una iniciativa de la propia diócesis.

Es cierto que el Plan continuará durante los próximos meses y que habrá nuevas sesiones y recursos digitales. También cabe admitir que algunas personas interesadas no hayan podido inscribirse por motivos laborales, familiares o personales y que participen en futuras ediciones. Sin embargo, no parece razonable dar por hecho que las cifras crecerán sustancialmente, pues quienes tenían una motivación firme para aprovechar esta primera oportunidad quizá ya lo hayan hecho. Si la Iglesia considera prioritaria la formación de los hermanos, debería preguntarse por qué la propuesta no ha despertado una participación mayor: si fallan los horarios, el formato, la comunicación, la percepción de utilidad o la conexión con las necesidades reales de las corporaciones. La baja participación no demuestra por sí sola una causa concreta, pero sí exige autocrítica, no una retórica institucional destinada a presentar como éxito indiscutible cualquier respuesta. El problema de fondo es la desconexión entre la extraordinaria implantación popular de las hermandades y la capacidad de convocatoria de la jerarquía eclesiástica. Las cofradías conectan con el pueblo porque forman parte de sus barrios, sus afectos, sus tradiciones y su memoria familiar; la curia, en cambio, no siempre consigue trasladar esa cercanía a sus propias propuestas. La devoción hacia las imágenes y las corporaciones no implica una adhesión automática a cuanto emana de la institución diocesana. Por eso, convendría escuchar más a las hermandades, conocer sus necesidades y construir una relación de confianza que convierta la formación en una iniciativa sentida como propia. Si las cofradías conectan con el pueblo, ¿por qué la jerarquía no consigue conectar con ellas en la misma medida?

Y todavía queda por conocer cuántos de esos 527 matriculados terminarán completando y superando el curso, porque, según me consta, algunos ni siquiera asistieron a la primera sesión. Si las matrículas ya se celebran como una hazaña, habrá que reservar las campanas de la Catedral para cuando aparezcan los alumnos y aprueben. Lo demás es confundir la lista de inscritos con una victoria que todavía está por demostrar.