Cuando pensamos en las cofradías de Sevilla, la imaginación puede conducirnos a imaginar una realidad inmutable y perecedera. Nada más lejos de la realidad, nuestras corporaciones han ido evolucionando con el paso de los siglos con etapas de franca decadencia, o gran esplendor como en la actualidad. A mediados del siglo XIX, las hermandades estaban casi desaparecidas, siendo pocas las que realizaban su estación de penitencia.

En 1842, el escritor Juan Colón y Colón, publicaría en la revista Semanario Pintoresco español, una interesante descripción sobre la situación de los desfiles de los pasos y sus hermandes en Sevilla. Conocemos por el erudito Amador de los Ríos, que Colón y Colón había nacido en la capital hispalense, destacándose en la investigación histórica con una prometedora carrera que fue truncada por la muerte en 1843. Esta pérdida fue muy sentida por Amador de los Ríos, que basándose en los apuntes de Colón y Colón publicaría en 1845 Sevilla pintoresca dedicándosela a su desaparecido amigo, y aclarando que se había basado en sus notas para escribirla.
En palabras de Juan Colón, en aquel año de 1842, el número de hermandes que procesionaban se había ido reduciendo tanto, que casi eran anecdóticas las que salían. Las cofradías se componían de hermanos, denominados nazarenos, los cuales iban ataviados con túnicas de una gran cola que dejaban suelta en determinados lugares de la estación de penitencia.
El hábito se ceñía en la cintura con una soga de esparto, luciendo en el pecho el escudo de la cofradía y coronando el atuendo un largo capirote. Algunos de los hermanos portaban cirios, mientras que otros llevaban grandes banderas de tafetán, estandartes y bocinas. Un detalle singular, del que nos habla el autor, era la costumbre de algunos hermanos de repartir dulces al público, algo que, aunque el público agradecía, restaba devoción al cortejo.
Tras el cortejo de hermanos, aparecían los pasos, en los cuales en los últimos años, había destacado uno que portaba hasta dos caballos, sumándose un espectacular misterio que representaba la última cena. Al paso del misterio, le seguiría el de la Virgen, acompañada por la capilla de los músicos y los clérigos de la parroquia y cerrando la comitiva un piquete de tropas. Entre todas las cofradías, en la época de Colón, destacaba la del Silencio, cuyos hermanos lucían túnicas blancas, cuya costumbre de utilizar dicho color, se había ido perdiendo. De igual forma, entre todas las cofradías, era la de más lucimiento la de Santo Entierro, fundada en 1582.
En su pintoresco cortejo, sobresalían unos jóvenes vestidos de ángeles y sibilas, donde también aparecía un joven representado a la Verónica. El paso de la urna, era custodiado por una guardia romana con las viseras caladas. Aunque la mayoría de las hermandades realizaban su estación de penitencia en las tardes, algunas de ellas lo hacían en la madrugada, siendo las de mayor devoción.
Sin embargo, el aspecto más interesante para Colón, era sin duda el Monumento de la Catedral levantado el Jueves Santo. Éste se colocaba en una de las bóvedas del crucero junto al sepulcro de Hernando Colón y la puerta grande.
La célebre pieza, sería obra del maestro Antonio Florentín fechada en 1554, y en palabras del propio autor: el monumento de Sevilla es el mejor que existe en la Península. La obra de Florentín sería modificada hasta quedar concluida en 1688 por Miguel Parrilla, el cual la pintaría de blanco añadiéndole perfiles de oro y negro.
En la propia descripción de Juan Colón, el monumento de la catedral era de la siguiente forma: La planta del monumento, es de una cruz griega, forrado de madera y pasta, el todo es un cuerpo de arquitectura, aislado etéreamente por cuatro frentes. Está dividido en cuatro cuerpos. El primero tiene diez y seis columnas dóricas, y en grupos de á cuatro, presentando su frente, sustentan un gran cornisamento. Dentro de este cuerpo hay otro pequeño, formado de columnitas, también, dóricas, que reciben una cúpula. Debajo de ella se coloca la famosa custodia de Juan de Arfe, con una urna de oro, en donde, se deposita la Sagrada Forma.
Para iluminar el monumento, Colón documentó el número de velas y lámparas que lucía siendo En el primer cuerpo, 52 lámparas, 160 hachones, y 84 velas. En el segundo: 40 lámparas, 24 hachones, y 48 velas. Concluyendo el tercer cuerpo con 92 piezas entre luminarias, cera.
En conclusión, el texto de Juan Colón, nos acerca a comprender la magnificencia de la celebración de la Semana Santa, donde la crisis de las cofradías, había provocado que muchas dejaran de salir. Mientras que, con espíritu crítico, veía como la celebración más notable seguía siendo la de la sede catedralicia. Así como hace más de un siglo, este año volveremos a tener que centrarnos en la celebración del triduo eucarístico. El cual con epidemia o sin ella, otorga el verdadero sentido a nuestra Semana Santa.
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