Córdoba, El Rincón de la Memoria, Internacional

La Semana Santa de Córdoba en los convulsos siglos XVIII y XIX

Corría el mes de mayo de 1821 y el entonces obispo de Córdoba, el polémico Pedro Antonio de Trevilla, dictaba un Reglamento de observancia que se aplicaba a todo el territorio de la Diócesis. Dicho documento limitaba, como bien sabemos, las procesiones de la Semana Santa cordobesa, con lo que estas quedaban reducidas a una sola: la celebrada en la jornada del Viernes Santo y conocida como Procesión Oficial del Santo Entierro, la cual partía de la Iglesia Parroquial del Salvador, cuyo clero y párroco debían asistir sin falta al mencionado acontecimiento.

Con una medida de esta índole, el ahora único recorrido procesional se desarrollaba con un itinerario fijo que transcurría por la Calle Letrados (posteriormente Conde de Cárdenas); Arco Real (María Cristina); Zapatería (hoy Alfonso XIII); Casas Capitulares; Librería (Diario de Córdoba); Calle Feria; Cruz del Rastro; Carrera del Puente (Cardenal González); Triunfo y Patio de los Naranjos, desde donde el cortejo accedía al interior de la Catedral en el ejercicio de la Estación, de acuerdo con la denominación dada ya en aquellos años, pues era precepto en la Liturgia de este acto cultual. Tras ese pertinente paso, la comitiva volvía a atravesar el Patio de los Naranjos para salir por la misma puerta que había hecho de entrada para seguir la procesión por la Calle del Baño (Céspedes); Pedregosa (Blanco Belmonte); Santa Ana y, finalmente, Santa Victoria, punto que se aprovechaba para regresar a la Iglesia del Salvador.

El controvertido ordenamiento de Trevilla dejaba patente que el obispo de Córdoba había pensado en todo, hasta el punto de que mediante el reglamento quedaban asimismo estipulados los pasos que compondrían la procesión del Santo Entierro y el orden de estos. Así las cosas, la secuencia quedaba conformada por los pasos de la Oración en el Huerto, Jesús Atado a la Columna, Jesús Nazareno, Jesús Crucificado, el Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad. De esta forma se pretendía respetar el orden de los Misterios de la Pasión y las hermandades, por su parte, – que dejaban de jugar con preferencias o privilegios de clase alguna – tan solo debían disponer a sus miembros de manera que estos precediesen alumbrando al paso de sus respectivas cofradías.

A todo lo anterior, había que sumar también la prohibición, por supuesto especificada en el reglamento, que impedía a las corporaciones hacer uso del clásico palio a la par que exigía que las imágenes fuesen ataviadas de forma coherente con el contexto que se recreaba en la Semana Santa, dotándolas de una seriedad y gravedad acordes con los sucesos. Esto significaba que las joyas y materiales preciosos en general quedaban también del todo descartadas, haciendo gala de una sobriedad y seriedad que trataba de concienciar al pueblo de la celebración que vivía la ciudad califal.

Una vez concluida la estación de penitencia, cada cofradía estaba obligada a conducir con rapidez y absoluta discreción y decencia a su respectiva imagen al templo del que procediese, tratando por lo tanto de evitar llamar la atención y de que se produjese cualquier revuelo en torno a las tallas que habían asistido a la Procesión Oficial del Santo Entierro.

La iniciativa quedaba del todo cerrada con el trascendental papel del Ayuntamiento de Córdoba que, desde el año 1821, asumía la responsabilidad de la preparación y organización de la única procesión de Semana Santa, debiendo igualmente preocuparse de los gastos así como de cualquier otro asunto que fuese surgiendo, con el exclusivo trámite previo que lo forzaba a pasar el Bando de la Alcaldía al plácet del obispo de la ciudad.

Transcurrido un tiempo, nuestra querida Córdoba se sumergía en un siglo XIX lleno de dificultades y obstáculos que pasaban por las circunstancias políticas que hicieron que, antes del año 1859 y posteriormente, concretamente entre 1868 y 1874 la procesión se viese enormemente comprometida, ya que esta o no era llevaba a cabo o bien dejaba de ser organizada por el Ayuntamiento de la ciudad. No se sabe con certeza cuál de las dos posibilidades fue la que marcó tales períodos, pues no existen documentos fiables que respalden ninguna de las teorías expuestas.

Con esa única excepción, la cronología es considerablemente completa al igual que la forma de proceder con vistas a la preparación de la Procesión Oficial del Santo Entierro. De conformidad con ese mecanismo, se llamaba en primer lugar a las hermandades, las cuales eran representadas por sus priostes o hermanos mayores. Establecido el contacto, estos debían acudir a las oficinas municipales, donde se concretaba el número de hermanos de luz que podían acompañar al titular de la corporación. Tras ello, se dictaba el Bando y se especificaba la hora, el orden, el itinerario e incluso el gasto correspondiente a los cirios y el “adecentamiento, reparación o retocado” de los pasos que lo requiriesen, tal y como recordaba un artículo redactado en las páginas interiores de la edición de 1972 de Patio Cordobés.

Entre esos períodos, la llegada de 1861 trajo consigo una multitud de dudas y disconformidades sobre la secuencia de los pasos que componían el cortejo del Santo Entierro. Por ello, el Ayuntamiento decidió tomar cartas en el asunto y, dando lugar por vez primera al protocolo al que las cofradías debían atenerse. Este, además de todos los pasos citados previamente, incluía el de Nuestra Señora de las Angustias, que ya se había puesto en la calle en años anteriores.

Podemos situar en 1865 el punto a partir del cual, la Córdoba Cofrade se sume en el empeño, casi constante, de imitar y beber de las tradiciones puramente hispalenses, lo que motivó, inicialmente, la adquisición de túnicas “para modelo”, proyecto llevado a término por los comerciantes que colaboraban en el gasto de la procesión, logrando recaudar entre sí la cantidad suficiente como para subvencionarlo.

Con este gesto, el Ayuntamiento comienza a ilusionarse a la vista del ejemplo dado por el sector más joven del comercio y todos empiezan seguidamente a promover un numeroso acompañamiento de hermanos nazarenos ataviados al modo sevillano. Surge así la diversidad de colores en el hábito de los cofrades de la procesión y, según dicho criterio, se asigna a la Hermandad del Huerto – que incluía al Amarrado – el morado y blanco; negro y blanco para el Santísimo Cristo de Gracia y Nuestra Señora de las Angustias y, por último, negro para la Virgen de los Dolores.

Tal fue el éxito de esta innovación que en 1867 se mantiene intacta la moda en favor de las túnicas penitenciales y el Ayuntamiento empieza a repartirlas y, asimismo, a correr entonces con una gran parte de los gastos que el uso de ellas genera.

En 1874 cabe destacar una novedad que, al fin, rompía con la exclusividad del tradicional Viernes Santo cordobés, puesto que la Virgen de los Dolores haría su salida procesional en la jornada del Domingo de Ramos, dejando una estela que seguiría la procesión de Jesús en la Oración del Huerto en 1880, momento en el que tomó como propio el Lunes Santo, partiendo ya de la Iglesia de San Francisco donde actualmente tiene su sede.

Sin embargo, muchos considerarían un paso atrás la supresión de la estación de penitencia por la Santa Iglesia Catedral en 1882 como punto álgido de las procesiones de Semana Santa cordobesa aunque no tardaría mucho en recuperarse, puesto que tan solo tres años más tarde se restablece con un recorrido que obliga a las cofradías a entrar por la Puerta del Perdón y salir por la de Santa Catalina.

En ese mismo año de 1882 se produciría también un hecho de lo más curioso, pues el Consejo Municipal, por su lado, decide subvencionar la clásica procesión de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Caído, la cual se producía en medio de la oscuridad de la noche del Jueves Santo.

En los últimos coletazos del siglo XIX, 1886 se señala como el año en que la procesión del Santo Entierro vuelve a ser objeto de una modificación digna de mención. La reseñable novedad se traduce en las incorporaciones del paso de Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado, Nuestro Padre Jesús de la Oración en el Huerto, el Señor Atado a la Columna y Nuestro Padre Jesús Caído. De manera excepcional, la comitiva procesional dejaría de entrar en la Catedral con motivo de las obras que dificultaban el paso por la Calle de la Feria y, en su lugar, continúa por Lucano, la Plaza del Potro y Sillería.

Los vecinos residentes entre las calles que iban desde el Ayuntamiento al Arco Real, descontentos con ese recorrido, elevarían una queja en la que mostraban su disconformidad con el itinerario, ya que para entonces, ya había sido abierta la Calle Claudio Marcelo, cuyo carácter reciente, hizo que se la conociese popularmente como la “Calle Nueva”.