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El Capirote, Opinión, Sevilla

La suerte

Cuando saltó la noticia de la reapertura del templo de Santa Catalina a muchos nos pareció mentira después de tantos años. Había sucedido como el cuento en el que tantas veces se anuncia la presencia del lobo que al final sorprende a pesar de los continuos avisos. Tantas reaperturas, fechas fallidas, balones de un tejado a otro mientras que las piezas que no salieron del templo permanecían en su interior sin saber cuándo volverían a colgar de sus muros y las imágenes en un exilio que llevaba a la hermandad del Jueves Santo a cambiar de sede para la salida, regresando posteriormente a San Román.

Si algo ha caracterizado a las hermandades que radican en su interior –convierte a este céntrico templo en uno de los que más corporaciones acoge– ha sido la inestimable paciencia para afrontar unos años que les han parecido siglos. Hay hermanos que forman parte de estas hermandades desde hace lustros y todavía no saben cómo ilumina el sol el rostro de la Virgen de las Lágrimas cuando esta traspasa el dintel de una iglesia declarada monumento nacional en 1912, cuyo centenario vivió cerrada a cal y canto. Tampoco conocen el interior de la capilla sacramental, ni otras estancias que pronto volverán a recibir una normalidad que les parecía imaginación.

Si algo no han tenido las corporaciones radicadas en el céntrico templo ha sido suerte. Y si echamos la vista atrás es más que obvio porque más de catorce años son una evidencia más que preclara. Durante este periodo han sabido mantenerse al margen, mientras que arzobispado y demás entidades se enfrascaban en unos litigios que parecían no tener  fin. Se han sucedido las noticias de la reapertura con tanta asiduidad que incluso la veracidad de estas pasaban desapercibidas ante un tema que, a pesar de sus informaciones de última hora, volvía a enrocarse en el fondo del mar. Y mientras tanto se vivía una procesión carmelitana desde San Román, y allí también un rosario de meses con Santa Lucía.

El traslado supondría una anhelada vuelta en un contexto que se convierte en un tirón de orejas para las administraciones. Más de catorce años han pasado para contemplar una estampa que cambia según el reflejo que incida sobre ella: donde unos ven el final a un exilio que ha durado más de lo deseado otros piden por un compromiso de las administraciones para que no suceda igual con otros templos que cierren dentro de poco. Algunos han contado con la financiación de devotos, con promesas llegadas desde el otro lado del Atlántico, pero en este caso, la suerte ni estaba echada. Noviembre, que en Sevilla nos trae el luto de los atavíos y nos acerca a la mano extendida de la Amargura, será también la luz de un templo, de paredes encaladas, que vuelve a abrir sus puertas: Santa Catalina.

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