Mucho ha transcurrido desde que en 1950 la Santidad de Pío XII pronunciara, declara y definiera como verdadero dogma revelado la Asunción en cuerpo y alma de la Santísima Virgen María a los cielos. En Córdoba, dicha revelación se había adelantado, al menos en más de cien años, a las palabras del Santo Padre; pues en San Basilio, centro espiritual del Alcázar Viejo, la Virgen del Tránsito hacía gala del futuro dogma con gran regocijo de sus fieles vecinos.
La Dormición de Nuestra Señora es un tema cristiano de enorme raigambre, localizable allá por el decurso del siglo VI. Incluso existen relatos apócrifos anteriores a esta fecha que hicieron la delicia del Oriente cristiano. Sin duda, Occidente vio en estas prácticas devotas y en esa firmeza de fe lo que desde siempre latió dentro de su sentido trascendental: María, la Siempre Virgen, en el momento oportuno, fue llevada ante Dios por ser, entre otras muchísimas cosas, la llena de Gracia.
De este modo, no nos extraña que la parroquia de Nuestra Señora de la Paz, junto con la iglesia de San Agustín en tiempos remotos, tenga la insondable dicha de celebrar esta solemnidad cada 15 de agosto por las calles de Córdoba. El Tránsito de Nuestra Señora manifiesta la incomparable fidelidad de Nuestro Señor, quien confió en María y de ella recibió así mismo la confianza, de manera que la palabra revelada a viva voz tomó definitivamente carne y se presentó al mundo como el Verbo divino. Con tal privilegio, no cabe duda de que María, por su extrema confianza en unos tiempos nada fáciles, mereció el premio del cielo de un modo especial: ser asunta allí directamente y en todo su ser.
Este privilegio, pues, celebraremos próximamente. Una vez más y si Dios lo permite, San Basilio hará gala de su centenaria devoción mariana, portando con su corazón a Nuestra Señora hasta las abovedadas hechuras de nuestra Santa Iglesia Catedral, que providencialmente lleva su nombre. Desde allí, el retorno será dulce y estará cargado de emociones, siendo arropada por un barrio que engalana sus melifluos patios para proclamar, nuevamente en este siglo y en el siglo, que en María se cumple la promesa del Padre, en virtud del Hijo y por obra del Espíritu Santo.





