Coincidiendo con la misión pastoral de la Esperanza de Triana en las parroquias del Polígono Sur, el delegado diocesano de Patrimonio Cultural, Antonio R. Babío, ha publicado en la web de la Archidiócesis de Sevilla un extenso artículo en el que reflexiona sobre la presencia de María en este barrio sevillano y, en particular, sobre una talla de profundo valor simbólico y espiritual: la Virgen de la Alboreá, venerada en la Parroquia de San Pío X.
En su análisis, Babío explica que esta imagen fue realizada en el año 1989 por el escultor e imaginero Manuel Escamilla Cabezas (1914-2005), natural de Estepa, quien la talló en su taller del Alcázar. La advocación de Alboreá, recuerda el autor, “hace alusión al cante que los gitanos entonan a las novias en las bodas al amanecer, por lo que su nombre es un canto a la virginidad de María.” De este modo, el nombre de la imagen se convierte en una exaltación poética y popular de la pureza de la Madre de Dios.
Babío describe la composición con precisión: “La Virgen aparece de pie, con la pierna derecha ligeramente avanzada respecto a la izquierda, sosteniendo al Niño Jesús en su brazo izquierdo, mientras con la mano derecha porta una rama de romero que parece ofrecer al fiel que la contempla y venera.” Su atuendo refuerza la simbología: “Viste una túnica roja y sobre sus hombros lleva una pañoleta blanca con flecos, completándose con un manto azul que simboliza su pureza.” La corona de doce estrellas que ciñe su cabeza revela su identidad gloriosa: “Esta mujer gitana es la Majarí Calí, la Virgen Madre de Dios.”

El Niño Jesús, por su parte, “se muestra desnudo para subrayar su pobreza y humildad, bendiciendo con su mano derecha y sosteniendo con la izquierda una naranja, que nos presenta a Jesús como el fruto de la pureza de María, tradicionalmente simbolizada por el azahar.” Tanto la Madre como el Hijo, añade el delegado, “muestran rasgos propios de la raza calé: grandes ojos negros, piel morena y cabello oscuro, dotando a la imagen de una belleza serena y genuina.”
Más allá de su valor artístico, la talla encierra un mensaje profundamente humano y teológico. “Esta representación de Santa María nos recuerda que la Madre de Dios, al igual que muchas mujeres gitanas, vivió en condiciones de pobreza y sencillez; tuvo que emigrar huyendo del odio y del fanatismo que amenazaban la vida del Niño; sufrió la incomprensión y el rechazo cuando Jesús comenzó su predicación, y al pie de la cruz, contempló la muerte del Hijo de Dios que Ella había llevado en sus entrañas.”
Sin embargo, como señala Babío, “María supo vivir desde la confianza en el Dios providente, afrontar los problemas con alegría y esperanza y entregarse al servicio de los demás.” Por ello, la Virgen de la Alboreá “comparte con el pueblo gitano sus dificultades y problemas, sus alegrías y esperanzas, y se presenta cercana a todos, especialmente a los más humildes.”
El autor concluye que esta imagen “nos muestra a una Virgen despojada de riquezas, pero colmada de lo esencial: el camino del desprendimiento, la pobreza y la humildad para llegar a Dios.” En este sentido, la devoción a la Majarí Calí del Polígono Sur y la misión de la Esperanza de Triana se funden en un mismo horizonte espiritual: el de una María que ilumina desde su sencillez y acompaña con ternura a los que más sufren, reafirmando su lugar como Madre universal y refugio de los corazones sencillos.





