La venerada imagen de María Santísima de la Amargura, uno de los mayores exponentes devocionales de la Semana Santa de Sevilla, ha sido depositada esta noche en la casa de las Hermanas de la Cruz, donde permanecerá en recogimiento hasta que sea trasladada a la iglesia de San Pedro, desde donde partirá en la procesión extraordinaria prevista para este sábado. Con este gesto, cargado de emotividad y profundidad espiritual, la Hermandad de San Juan de la Palma subraya el hondo vínculo entre la caridad silenciosa y la fe popular, abriendo un paréntesis de contemplación y ternura en el corazón de la ciudad.
Una imagen anónima con tres siglos de historia
María Santísima de la Amargura es una obra anónima documentada a principios del siglo XVIII. En el inventario de la Hermandad de 1708 ya se menciona una imagen “con cabeza, manos y pie de candelero”, lo que constata su existencia consolidada en el orbe devocional de la Sevilla barroca. La primera intervención de la que se tiene constancia fue ejecutada en 1763 por Benito de Hita y Castillo, quien reformó el cuerpo y el candelero para adecuar la postura de la Virgen al diálogo visual con San Juan Evangelista, configurando así la expresiva iconografía que hoy emociona cada Domingo de Ramos.
Desde entonces, la imagen ha sido objeto de numerosas intervenciones motivadas tanto por el deterioro del tiempo como por accidentes puntuales. En 1832, Juan Bautista Petroni recompuso sus brazos, y en 1886 fue restaurada por Manuel Rossi. Sin embargo, uno de los episodios más dramáticos tuvo lugar en 1893, cuando un incendio en el paso, ocurrido en la Plaza de San Francisco durante la estación de penitencia, obligó a una profunda intervención por parte del escultor Antonio Susillo, quien le realizó además unas nuevas manos.
Un testimonio vivo de la escuela sevillana
Durante el siglo XX, la Dolorosa fue restaurada en distintas ocasiones, siempre por manos expertas: Manuel Gutiérrez-Cano Reyes en 1902, Emilio Pizarro de la Cruz en 1912, y Sebastián Santos Rojas en 1933 y 1941. Especialmente relevante fue el trabajo de Juan Miguel Sánchez, que en 1949 y 1961 intervino en el cuello y el rostro de la Virgen, afinando sus rasgos sin alterar su impronta barroca. En 1975, Francisco Buiza le confeccionó un nuevo candelero —de forma ovalada y compuesto por ocho listones que parten de las caderas— y en 1996, los hermanos Cruz Solís junto a Isabel Poza, realizaron una limpieza integral y conservación preventiva.
La última actuación, ya en el siglo XXI, tuvo lugar en 2008 de la mano de Enrique Gutiérrez Carrasquilla, quien implantó un nuevo sistema de sujeción en los brazos y fijó sutilmente la estructura del cuello, consolidando su estabilidad estructural con criterios contemporáneos de conservación patrimonial.
Iconografía y expresión de la Amargura
La imagen, realizada en madera de cedro y con policromía en el rostro y las manos, mide 170 cm y responde al modelo de imagen de candelero para vestir, común en el arte sacro andaluz. Su cabeza se presenta frontal, con una leve inclinación hacia la derecha, expresión que refuerza el diálogo visual con San Juan Evangelista. Las cejas rectas y arqueadas hacia las sienes, el fruncido contenido del entrecejo y la serenidad de la boca, configuran una de las dolorosas más contenidas y expresivas del barroco sevillano. Su iconografía representa el momento en que la Virgen camina por la calle de la Amargura, acompañada del discípulo amado, camino del Calvario.
Un encuentro íntimo antes del fervor popular
La estancia de la Amargura en la casa de las Hermanas de la Cruz, en la víspera de su procesión extraordinaria, añade una dimensión espiritual de inusitada profundidad al acontecer cofrade. En ese silencio sagrado de la clausura, las religiosas acogen a la Madre Dolorosa como parte de su comunidad, orando por los pobres, los enfermos, los que sufren. Y mientras Sevilla se prepara para vivir una jornada histórica, la Virgen permanece allí, vestida con la toca blanca, compartiendo el pan del alma con quienes viven entregadas por amor.
Porque la Virgen no solo sale a las calles; también entra en los corazones. Y esta noche, en la penumbra orante de la calle Santa Ángela, la Amargura se hace ternura, y la historia se funde con la eternidad…
«—Dicen que la Virgen quiere vestirse la toca blanca, —susurran con reverencia las monjas, con la voz temblorosa, llena de un amor profundo—. Que quiere quedarse con nosotras, aquí, en esta casa donde late el alma de tantos.
—¿Te imaginas? —pregunta una en voz baja—. Que venga a vivir con nosotras, a llenar cada rincón de amor, de paz, de esa luz que sólo Ella sabe dar.
—Y no vendrá sola —responde otra con una sonrisa suave—. La Madre Angelita irá a su lado, acompañándola en silencio, siendo su sombra y su consuelo.
—La noche se ha detenido —dice una tercera, como si el tiempo se hubiera hecho pequeño para dejarla pasar—. ¡Ay, amor! La Virgen pasa, y la Amargura llora, mirando a la ventana…
—Y nosotras despiertas, soñadoras, la vemos pasar y sentimos que su presencia nos toca el alma, —confiesa la más joven con lágrimas contenidas—.
—¡Se queda, madre, se queda! —exclaman al unísono, como un juramento—. Preparen la toca blanca, que esta noche no se va».
Foto: Jaime Rodríguez





