La Virgen de la Luz en las hermandades de Jesús Caído y el Resucitado

Hace unos días recordábamos las circunstancias que habían rodeado a la, en un comienzo, cofradía rosariana de la Virgen de la Luz y la gran devoción que, especial y naturalmente, la feligresía de Santa Marina le profesaba a la dulce imagen que realizase el talentoso fray Juan de la Concepción durante el siglo XVIII.

El nuevo ciclo que se iniciaba con la llegada del siglo XIX vino condicionado por factores tan relevantes como la mayoría de edad de Isabel II o la trascendencia del general Narváez junto al partido moderado en 1843, hechos que vinieron a contextualizar y revitalizar la crítica situación en que había quedado la Iglesia tras las conocidas desamortizaciones. En aquel entonces, la Santa Sede legitimaba las ventas de las posesiones que anteriormente les habían sido incautadas recibiendo, en cambio, una compensación económica, acontecimiento que representaría una cooperación finalmente sellada con la firma del concordato de 1851.

Con estos antecedentes, las hermandades resurgirían nuevamente fortalecidas en este período isabelino, con lo que también se recuperarían las tradicionales procesiones que tenían lugar en la Semana Santa cordobesa.

Por su parte, la corporación de Nuestra Señora de la Luz volvería a gozar de un notable protagonismo hacia mediados del siglo XIX, reflejado en un considerable aumento de la nómina de hermanos de la cofradía, mayormente residentes en el barrio de los piconeros y en las distintas ceremonias religiosas celebradas, una de las cuales tendría lugar en el día 2 de febrero, seguida de una salida procesionales con motivo de la festividad Purificación de Nuestra Señora. La Santísima Virgen se vería entonces enormemente arropada por el calor y el cariño de sus fieles, como prueba el anuncio publicado en el Diario de Córdoba en la fecha del 22 de marzo de 1864:

Los asociados a la Corte de María visitarán hoy la imagen de Nuestra Señora de la Luz en Santa Marina.

Asimismo y como nota curiosa, cabe destacar la participación de los hermanos de la cofradía de Nuestra Señora de la Luz en la célebre procesión oficial del Santo Entierro. La preparación de la salida penitencial corría a cargo de la corporación municipal, quienes a su vez nombraban una comisión llamada a responsabilizarse de los trámites necesarios para llevar a cabo una celebración de estas magnitudes. Los concejales de aquellos años se ponían en contacto con los diferentes gremios así como a las corporaciones de la ciudad califal de modo que se aseguraban la contribución económica – a través de limosnas o la cesión de cirios – y la presencia de un cortejo.

En respuesta a la petición del municipio, el Hermano Mayor de la antigua cofradía de Nuestra Señora de la Luz acompañaría a la entrañable imagen de Jesús Caído – que, como sabemos, mantiene un estrecho vínculo con la Iglesia de Santa Marina al estar el Convento de San José ubicado en la circunscripción parroquial de la mencionada parroquia – en la procesión del Santo Entierro del año 1851. Así, en años sucesivos, los miembros de la hermandad del Conde de Priego precederían los pasos del Señor de los toreros y Nuestra Señora del Mayor Dolor hasta la posterior prohibición del Juan Alfonso de Alburquerque en 1859.

Como cabe deducir y ya refiriésemos en anteriores publicaciones, la relación mantenida con la Hermandad de Jesús Caído no fue el único lazo que la de Nuestra Señora de la Luz mantuviese antiguamente, pues también se pondría de manifiesto el nexo entre esta y la cofradía del Resucitado, talla a la que también acompañarían en su recorrido por las calles de Santa Marina en la jornada del domingo de pascua de Resurrección. De su inestimable compañía no dudo en hacerse eco el Diario de Córdoba en una de sus ediciones del año 1902:

Se efectuará con las imágenes de Nuestra Señora de la Luz y la de Cristo Resucitado, a las once y media de la mañana del Domingo de Pascua, partiendo de la iglesia de Santa Marina a la plaza del mismo nombre y recorriendo las calles de Santa Isabel, Rejas de don Gome, Beatilla, San Agustín, Dormitorio, Moriscos y Mayor de Santa Marina, haciendo estación en la ermita de los Santos Mártires y regresando por dicha calle a la iglesia parroquial.

Siguiendo la dinámica tradicional, la celebración de la misa en la mañana del Domingo de Resurrección marcaría la jornada que habría de presidir el Señor Resucitado durante la estación de penitencia, ya de la mano de Nuestra Señora de la Luz. Era costumbre que los batidores a caballo de la guardia local abriesen el cortejo procesional, el cual se nutría asimismo de una ingente cantidad de fieles con cirios amén de una representación de la corporación municipal y del clero perteneciente a la parroquia asentada en la característica Plaza del Conde de Priego. A todos esos integrantes había que sumar, además, el acompañamiento musical de la banda municipal que quedaba completo con el sonido de las campanas y los cohetes que daban por concluida el emotivo día, tal y como relataba una vez más el Diario de Córdoba en la crónica pertinente correspondiente a 1905:

Ayer, terminada la fiesta que anualmente se celebra en la iglesia parroquial de Santa Marina, fueron sacadas procesionalmente las imágenes de Nuestra Señora de la Luz y de Jesús en el acto de la Resurrección. Formaban la comitiva los batidores a caballo de la guardia municipal, numerosos fieles con cirios, el clero de dicha parroquia, una comisión del Ayuntamiento y la banda de música del Municipio. La procesión recorrió las calles que anteriormente indicamos, en todas las cuales había numeroso público. Muchos balcones ostentaban vistosas colgaduras. La comitiva regresó al templo cerca de la una de la tarde, entre los acordes de la música, el repique de las campanas y el estallido de los cohetes.

Este tipo de relatos se seguirían sucediendo durante largo tiempo en la prensa de la ciudad, plasmando con detalle los elementos que singularizaban la procesión de la Hermandad del Resucitado, debiendo destacar entre ellas la del Diario de Córdoba que en su publicación de 1923 hacía referencia al llamativo e interesante estreno del manto que había sido previamente donado por la Condesa de Talhara:

Terminada la fiesta que se celebra anualmente en la Iglesia Parroquial de Santa Marina fueron sacadas en procesión las imágenes que representan la Resurrección del Señor y Nuestra Señora de la Luz. Ésta lucía un nuevo y hermoso manto que le había regalado la condesa de Talhara. Formaban la comitiva los batidores a caballo de la Guardia municipal, numerosos fieles de uno y otro sexo con velas y la banda de música del municipio. La procesión recorrió las principales calles del típico barrio de Santa Marina que estaban llenas de público. Muchos balcones ostentabas hermosas colgaduras.

A pesar de lo descrito, las tensiones creadas entre los miembros de la cofradía sumadas al cambio de horario y recorrido de la procesión terminan por dar lugar a un profundo período de decadencia que concluye con la cancelación de la salida correspondiente a 1931, tan solo unos días antes de la proclamación de la II República. Las novedades propiciadas por los citados sucesos recibirían las críticas del Diario de Córdoba:

Esta procesión modesta, sin lujo, con el encanto de la sencillez debería seguir efectuándose por la mañana a la terminación de la fiesta que se celebra en la parroquial de Santa Marina y recorrer solamente las calles de aquel típico barrio, lo mismo que la del día de la Candelaria, pues allí en aquel bello trozo de la ciudad antigua, tiene su marco apropiado y no en amplias y modernas vías como las Avenidas de Canalejas y del Gran Capitán en las que no se puede apreciar ni aún la magnificencia de procesiones suntuosas como la del Jueves Santo.

La hermandad encargada de poner el broche de oro a la Semana Santa arrastraría consigo una gran celebración y, por ende, se traducía en la alegría de un pueblo que no se hacía de rogar a la hora de echarse a la calle a manifestar tal sentimiento pero que volvería a ser criticado en el Diario de Córdoba en 1912:
Ayer, al terminar los Divinos Oficios, lanzáronse las campanas al vuelo y, a pesar de las medidas adoptadas por las autoridades para evitar el abuso, no faltaron personas que hicieron disparos de armas de fuego ni chiquillos que recorrieron algunas calles con la cara tiznada, arrastrando piedras a las puertas y promoviendo gran escándalo, formas primitivas de manifestar el júbilo que aún hay quien pone en práctica, aunque parezca mentira, en los comienzos del siglo XX.

La llegada de la II República no tardaría en dejar su huella en la Córdoba Cofrade, haciendo que la procesión del Señor Resucitado y Nuestra Señora de la Luz sea suprimida. La talla mariana saldría pues de forma esporádica en el Domingo de Resurrección – tal vez alternándose con la primitiva Virgen de la Alegría de la que ya hemos hablado con anterioridad – hasta el recordado Martínez Cerrillo realizase a la sonriente y actual titular de la Hermandad del Resucitado, asistiendo sin embargo puntualmente a su cita anual con el pueblo en la fiesta de la Candelaria.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, la Virgen de la Luz iría perdiendo su importancia entre los devotos, pasando a un segundo y discreto plano que mantendría desde el altar que ocupa en la Parroquia de Santa Marina aunque la cofradía del Resucitado siempre se ha esforzado por mantener vivo su recuerdo en ocasiones señaladas y trayéndola de nuevo al presente con su nombramiento como cotitular de la corporación en un gesto de justicia con el importante papel que la Santísima Virgen desempeñó tiempo atrás.