El día en que Sevilla cerró el armario de los sueños

Se difumina paulatina y despaciosamente la primavera de entre los dedos de Andalucía. Casi de manera imperceptible se van escapando los instantes, los recuerdos y la nostalgia poco a poco comienza a abrirse hueco en cada rincón de nuestras almas, a medida que vemos marcharse aquellas fiestas que tanto hemos soñado presenciar y vivir.

Así ha ocurrido en Sevilla donde con la esperanza y la mirada puestas en la lejanía que florecerá como un jardín celestial en tierras almonteñas en apenas unas semanas, comienza a cerrarse un ciclo, el más hermoso en la ciudad de la Giralda, que este año ha venido ilustrado de manera genial y esencial con una obra única e insustituible emanada de la maravillosa creatividad de Nuria Barrera.

Una declaración de amor de la artista hacia su Sevilla. Una Sevilla que tal y como les comentaba hace meses, permítanme que me repita, cayó rendida a sus pies, conquistada, embelesada y desarmada, ante la maravillosa metáfora planteada por el arte ilimitado que emana de la magia de su pincel, convertida en ofrenda perpetua para la memoria colectiva, cristalina e imperecedera que se alimenta de los sueños de miles de sevillanos que han forjado en la fragua de los tiempos esa “escena mil veces imaginada y jamás creada hasta este preciso instante, envuelta en esa luz única que solo habita en su universo”.

Ahora, envuelta en la nostalgia y la tristeza de quien es consciente de que la obra del artista deja de ser suya en el preciso instante en que es asumida por el pueblo, la propia Nuria Barrera ha esbozado en una humilde servilleta, convertida en lienzo por obra y gracia de su arte, el ocaso del sueño, «recogiendo lo vivido, lo sentido y lo grabado en el Alma de Sevilla», todo ha retornado a su lugar en el armario mágico, «salvo la medalla, el sombrero, los botos y la flor… siempre la flor, que con su belleza hace más bello lo que rodea, que aguardan con ilusión la llegada del Espíritu Santo».

Una tristeza de quien siente a su cartel como quien siente a «un hijo que crece y se hace hombre» para marcharse de casa, «una melancolía de trajes usados, túnicas limpias, capirotes guardados, cajas de avíos que se reordenan y crecen, porque cada año crece con algún complemento». Hoy en algún rincón que solamente ella conoce, «el desorden y el orden se juntan», sublimando el recuerdo. «Un domingo de auténtica resaca, en el que se sonríe por el recuerdo de lo vivido pero con la tristeza de lo que ya pasó. Paso Abril, pasaron las fiestas de primavera, que día a día viví con toda intensidad sin que quisiese que cada uno acabase. Una resaca de lo vivido que guardaré para siempre en mi alma que quise hacer propia de Sevilla». Palabra de Nuria…