Cuando Infantes Florido alzó la voz por la Coronación Pontificia de la Esperanza de Triana

El 2 de junio de 1984 Sevilla fue testigo de uno de los acontecimientos más multitudinarios desde el punto de vista cofrade que se recuerdan. Aquel día fue coronada Nuestra Señora de la Esperanza, la Reina de Triana. Una coronación que fue el punto culminante de una secuencia de acontecimientos que se inició oficialmente con la concesión de la bula pontificia otorgada por Juan Pablo II el 7 de abril de 1983, en virtud de la cual la Virgen de la Esperanza sería objeto de la única coronación pontificia que ha tenido lugar en Sevilla. El 2 de junio de 1984 quedó grabado con letras de oro en la historia de las hermandades, en la historia de Sevilla y especialmente en la historia de Triana.

Esta coronación de la que tanto se ha descrito tuvo en cambio un preámbulo que muchos desconocerán o en su caso no recordaran. La víspera del solemne pontifical que tuvo lugar en la santa Metropolitana y Patriarcal Iglesia Catedral de Sevilla, un artículo publicado en el diario ABC de Sevilla exhortaba las razones intrínsecas de aquella coronación. Un artículo firmado por José Antonio Infantes Florido, obispo de Córdoba, titulado «Coronar la Esperanza». Aquel artículo inolvidable que debería estar colgado en la pared de todas las casas de hermandad de Andalucía, comenzaba con rotundidad afirmando que el «corazón mariano sigue latiendo en Sevilla y ese centro es el que manda, el que despierta la vida y el arte, el que hace rezar y cantar a un pueblo y cuando lo enciende la fe sólo se llena de la altura de Dios«. Decía monseñor Infantes Florido que «el andaluz tiene su mundo religioso, triunfal y resonante pero también sabe retirarse al interior al hogar del espíritu, a la casa del corazón, llena y sonora del silencio y de paz donde se alza el grito de Dios. Esa médula creyente, que da calor y color a todo, hay que tenerla en cuenta para no confundir su identidad, porque la fe de Andalucía es su segundo corazón«.

Con este preámbulo elocuente el obispo de Córdoba subrayaba esa religiosidad popular que se halla íntimamente enraizada en la esencia misma de esta tierra que gusta de llamarse de María Santísima y que alberga justamente en esta devoción mariana una forma única, singular e intransferible de relacionarse con Dios a través de la figura de su Madre. Una figura que para el andaluz, cofrade y cristiano, trasciende de su divinidad para convertirse en madre terrenal, en vecina, en compañera y amiga. Infantes Florido tuvo una vinculación durante su pontificado íntimamente relacionada con las cofradías. Bajo su mandato fue coronada la Virgen de la Fuensanta, Nuestra Señora de las Angustias y la Virgen del Rosario así como la de la Salud de Castro del Río, la Estrella de Villa del Río o la Virgen de las Veredas de Torrecampo. Es por estas y muchas otras razones una figura esencial, recordada con gran cariño y añorada por el cofrade cordobés

Infantes Florido, nacido en Almadén de la Plata, provincia de Sevilla, ingresó en el Seminario Metropolitano hispalense donde estudió Filosofía y Teología y se doctoró en Derecho Civil por la Universidad de Sevilla en cuya diócesis desempeñó varios cargos pastorales. Pionero del Movimiento Ecuménico en España y tras ser párroco del Salvador fue nombrado el 25 de mayo de 1978 obispo de la diócesis de Córdoba, donde ostentó hasta su fallecimiento la condición de obispo emérito a raíz de su renuncia como obispo diocesano en 1996.

Regresando al citado artículo, monseñor Infantes Florido ponía de manifiesto que fiel a esta interioridad «se había levantado una fiesta para coronar a la Esperanza de Triana, con el eco de los viejos ritos de Israel y los cantares de los profetas» porque María, decía el obispo José Antonio, es «toda Ella la corona del esposo, como dijo David, de la mujer fuerte o la corona de la Iglesia Apostólica, plasmada en las 12 estrellas del Apocalipsis. A la vez, por ese misterio de los signos y de los sentimientos, Triana a sus pies, es su misma corona. Por eso se celebra este solemne acontecimiento. No como una nueva fiesta popular, aunque de ella se colme y se desborde, luminosa, exuberante de fulgores andaluces y primaverales. Esta fiesta, si se quiere, es una flor en el credo. Pero la doctrina está clara, el pueblo aclama a la Madre del Señor en cumplimiento de lo que anuncia Isaías ‘serás corona en la mano de Yavé y tiara real en la palma de tu Dios’, porque María ha llevado a su plenitud el mensaje evangélico, la consumación del Reino».

Enfatizaba en su carta el obispo de Córdoba, que «esta coronación era la oleada venida desde lo hondo de la religiosidad que rebosa en esplendores sagrados y vitales. Es el gesto espiritual de un pueblo Mariano, un pueblo al que le sale a la cara el reflejo de su fe. Es cierto que ésta es un caudal muchas veces inexplorado, a menudo con carencias en los compromisos urgentes, una fe todavía distante de mover esa energía temporal que están esperando, como única fuerza de transformación, las zonas sociales de intensos sufrimientos» y añadía que «hay que aprovechar estas solemnidades para darnos cuenta de que la fe nos llama a tocar el problema de los problemas, la raíz verdadera de nuestros males, porque todos sabemos lo fácil que es a una sociedad políticamente manipulada poner en marcha voces y medios de comunicación para que un problema artificial ocupe toda la pantalla. Y ahí se quedan las verdaderas cuestiones en la penumbra, en el completo silencio». ¿Alguien podría decir que no es plenamente actual el texto del añorado obispo de Córdoba?

Por todo ello, Infantes Florido invocaba la necesidad de coronar a la esperanza, «una esperanza desafiada por todos los vientos sociales. Los que empujan hacia la fe y los que lanzan a la increencia, los que remueven el Evangelio para sembrar su mensaje y los que animan el viejo rescoldo de nuestras luchas pasadas, los que proclaman la justicia y los que apagan la libertad». En este fuego cruzado decía Infantes Florido, vive, queramos o no, nuestra esperanza con los oídos atentos a las alertas del miedo, aguarda entre las armas y el progreso, entre el paro y la ilusión de un empleo, entre el despliegue científico y la destrucción del medio ambiente, entre el desarrollo de una auténtica cultura y los sucedáneos de ella».

Sin embargo, añadía el obispo, «cuando los cristianos se enfrentan con las ansiedades presentes, con el hervidero de cuestiones enlazadas como una madeja, no es para ofrecer una esperanza terrena completa y redonda. Pues Jesucristo ha abierto el destino de la historia y ha dejado bien claro que ella no se clausura en la meta puramente humana ni concluye con la última ambición o la locura irrevocable del hombre. Sino que ha traído la verdadera esperanza que no se ajusta a la horma de nuestro mundo, porque integra el plan terreno y el plan de Dios».

Y profundizando en su mensaje revelador que tanta falta haría recordar en la cotidianidad de nuestras propias hermandades, Infantes Florido recordaba que «no podemos perdernos mirando las dimensiones planetarias de este panorama. Hay que bajar a la arena de todos los días, bregar entre las cuatro paredes en que vivimos;  hay que coger el arado y hacer la siembra en el pegujal que cada uno está labrando, de ese modo podríamos responder mejor a esta interpelación insoslayable: afrontar aquí y ahora la esperanza, esa esperanza cristiana, animadora de posibilidades en todas las facetas de la vida religiosa, social, cultural y política. Este es el reto para los que creen en Cristo, y de no decidirse por dicha alternativa cristiana y humana, las expectativas que bullen acá y allá buscarán otros cauces, otras soluciones, quedándose frustrada una importante misión de la fe que proclamamos a los cuatro vientos.

Por eso José Antonio Infantes Florido acentúa su convicción, con voz alta y clara, de que «algo así tenía que ser el mensaje de esta coronación, la forma de asumir desde las entrañas de nuestra espiritualidad esos interrogantes sociales, con todos sus riesgos, no dejando ninguna silla vacía en los compromisos de nuestra fe, concretos y urgentes». Porque «para los hijos de Andalucía, lo sagrado, lo religioso, no es un añadido ni una pieza extraña a la historia protagonizada por nuestro pueblo. La presencia de lo trascendente coge cuerpo y habla y recorre el subterráneo de cada hombre. Y en virtud de este Dios clamoroso y secreto, que nos acuna el alma y nos envía a combatir en la brecha de todos los cambios, los cristianos andaluces hemos de ser los primeros en iniciativas y realizaciones. Sea esta solemnidad Mariana, en la que Triana entroniza a la Virgen, la coronación de la esperanza, de toda la esperanza».

Un mensaje atemporal que sin lugar a dudas goza de una especial trascendencia, relevancia y actualidad en estos tiempos de tribulación que nos ha tocado vivir a los andaluces, a los cristianos y a los cofrades. Un mensaje del que todos debiéramos tomar buena nota. Un mensaje inequívoco y una verdad rotunda y eterna. No es tiempo de trincheras ni de avivar fuegos y odios pasados. Es tiempo de esperanza… y de paz.