Andrés Luque Teruel, doctor en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla y, en los últimos años, convertido en showman televisivo por obra y gracia de determinados productos de entretenimiento presuntamente cofrades que, lamentablemente, pululan por la ciudad de Sevilla, ha vuelto a demostrar que el conocimiento académico no siempre camina de la mano del respeto, la sensibilidad o el sentido común. En una de sus últimas intervenciones —curiosamente en uno de los pocos programas que me merecen respeto y no en el espacio de variedades por el que habitualmente pulula—, el susodicho se ha despachado con unas manifestaciones que no son sino una miserable y repugnante falta de respeto hacia la ciudad de Córdoba y hacia una de sus grandes joyas artísticas y devocionales: el grupo escultórico de Las Angustias, al que este sujeto ni siquiera ha sido capaz de llamar por su nombre, a pesar de la formación que se le supone y de los títulos que, imagino, tendrá colgados en la pared de su despacho. No contento con rebautizarlo como «la Piedad de Córdoba», se ha atrevido, además, a arrogarse la capacidad de interpretar el sentir de toda una ciudad y a explicar por qué muchos cordobeses no desean que esta obra viaje a Sevilla para participar en la exposición que acogerá el Museo de Bellas Artes con el propósito de glorificar la memoria de Juan de Mesa y Velasco, uno de los artistas cordobeses más importantes de todos los tiempos. Según Luque, Córdoba no quiere que vaya su «Piedad» a Sevilla porque, si lo hiciera, los sevillanos dejarían de venir a Córdoba. En resumen, le resulta incomprensible que alguien se oponga al traslado de una imagen devocional, salvo cuando se trata del Gran Poder, cuya negativa sí considera comprensible «porque entran miles de personas a rezarle cada día» como si la devoción pudiera cuantificarse en esos términos absurdos o fuese más importante la ausencia a partir de un número concreto de visitas. Una ocurrencia tan disparatada como insolente, pronunciada desde esa atalaya de suficiencia en la que algunos parecen instalarse cuando confunden la erudición con una patente de corso para menospreciar las convicciones ajenas.
Dado el currículum que se le presupone, estoy convencido de que serán pocos los que se atrevan a ponerle los puntos sobre las íes a semejante personaje pagado de sí mismo. De modo que, en un alarde de osadía —o quizá de temeridad—, me atreveré a hacerlo yo. Mire usted, señor showman con ínfulas infinitas: para venir a rebuznar faltas de respeto a Córdoba, maldita la falta que hace que venga nadie de fuera, ni de Sevilla ni del resto del universo. Si muchos cordobeses no quieren que el grupo escultórico de Las Angustias viaje a Sevilla, que se llama así y no «Piedad», por mucho que esa sea la escena que representa —bien que se guarda usted de llamar «Gran Poder» al Nazareno de San Lorenzo—, no es porque teman que después los sevillanos dejen de visitar Córdoba. Hay que ser un auténtico prepotente y un gran ignorante para afirmar semejante mamarrachada. La razón es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, infinitamente más respetable: porque quien quiera contemplar a Las Angustias, que venga a Córdoba, y quien no quiera o no pueda hacerlo, que la vea en fotografía. Exactamente igual que muchos sevillanos no quisieron que el Cristo de las Tres Caídas viajara a Madrid o que el Cachorro fuese a Roma. No hay más misterio, por mucho que algunos necesiten inventarse explicaciones peregrinas para desacreditar una postura que no comparten. ¿Por qué un devoto debe renunciar a rezar ante la Madre de Dios, durante meses, porque a alguien se le ha ocurrido organizar una exposición en otra ciudad?

Una imagen devocional está concebida, ante todo, para recibir culto en un templo, no para ser desplazada a cientos de kilómetros de su sede con el propósito de que determinados presuntos eruditos saquen pecho, se adornen y se envuelvan en la solemnidad de una exposición que, al devoto de Las Angustias, le importa un carajo. En este caso, el templo es el maravilloso San Agustín, el lugar en el que el grupo escultórico cumple su verdadera misión y donde su presencia posee un significado que trasciende con mucho cualquier discurso museístico. La devoción no necesita legitimarse en una sala de exposiciones —si al menos recibiese culto en la catedral y otro templo, muchos opinarían de un modo diametralmente opuesto— ni someterse a los intereses de quienes confunden la divulgación artística con el escaparate de su propia vanidad. La falta de respeto alcanza niveles obscenos cuando el señor Luque Teruel afirma que la negativa del Gran Poder es comprensible, pero no la de la «Piedad de Córdoba», como si el Nazareno de San Lorenzo fuese mucho más que Las Angustias. Y no. No lo es. Tan importante es una joya como la otra, por más que determinados personajes obtusos sean incapaces de comprenderlo. Ambas representan cimas extraordinarias de la escultura barroca y ambas merecen idéntica consideración, con independencia de la ciudad en la que reciban culto, del número de devotos que congreguen o del peso mediático que cada una pueda tener en su entorno.
Quizá el señor Luque Teruel debería entender, si es capaz de hacerlo y aprovechando precisamente la exposición a la que pretende rendir homenaje, que el Gran Poder reina en Sevilla por obra y gracia de un cordobés: Juan de Mesa y Velasco, el imaginero nacido en Córdoba que gubió al Nazareno de San Lorenzo. De modo que convendría un poco más de respeto hacia la tierra que vio nacer al artista al que ahora se pretende honrar. Más respeto a Córdoba, más respeto a Las Angustias y más respeto a quienes sienten que una imagen sagrada no es una pieza de atrezo al servicio de la vanidad de nadie. La historia del arte puede estudiarse, divulgarse y celebrarse sin necesidad de pisotear la sensibilidad de quienes mantienen vivas las devociones para las que esas obras fueron creadas. Aunque, vistos ciertos exabruptos recurrentes y la ligereza con la que algunos pontifican desde sus púlpitos mediáticos, quizá exigir respeto a determinados personajes sea, sencillamente, pedirle peras al olmo.
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