Para conocer el origen de los requetés hay que viajar hasta el año de 1833, cuando tiene lugar la primera guerra carlista, que se prolonga hasta el final de la década. Una guerra civil que enfrentó a los partidarios del infante Carlos María Isidro defensores del absolutismo y los que defendían a Isabel II y su madre, María Cristina, moderados. Tres enfrentamientos a lo largo del siglo XIX donde los miembros del bando carlista fueron conocidos como “requetés”.
Inmersos ya en el siglo XIX, según la Enciclopedia de Navarra, «El Requeté carlista renació en Navarra al poco de implantarse la II República, constituyendo organizaciones defensivas con la misión de custodiar edificios religiosos, vigilar los círculos carlistas y proteger los mítines y actos políticos tradicionalistas». Con el inicio de la Guerra Civil, los requetés formaron tercios que combatieron junto al general Franco y que acabaron extendiéndose por toda España. El carlismo había calado en zonas tan alejadas como el sur, donde pocos años antes del estallido de la contienda, en 1934, se produce el acto de Quintillo en Sevilla, presentándose públicamente la milicia armada carlista compuesta por más de medio millar de andaluces. Un acto que no pasó desapercibido para la sociedad de la época y mucho menos para los miembros que conformaban la Hermandad de la Virgen de los Reyes establecida en la Capilla del Molviedro, que precisamente hacía la romería en el mismo lugar, quienes no vieron con buenos ojos este acto.

Según Pedro Corral, acabaron formándose 42 tercios de requetés, siete de ellos andaluces. La mayoría fueron denominados con el nombre de las devociones más destacadas de cada zona. El sevillano se llamó “Tercio de requetés Virgen de los Reyes”. José Herrera Sánchez recoge en su obra sobre la historia de este tercio los orígenes del mismo hasta la Guerra Civil, abordando combates como los de Río Tinto, Ronda, la conquista de la cuenca minera de Peñarroya o las campañas de Lopera y Porcuna, en la provincia de Jaén.
El 29 de agosto de 1936 se repuso la bandera bicolor en la España nacional y también los crucifijos en las escuelas. César Rina afirma: «En Sevilla, el culto a la Virgen de los Reyes se asimiló con la reposición de la bandera, dotando al símbolo de bendición religiosa de una de las imágenes de mayor devoción en el marco de la religiosidad popular. La celebración, presidida por desfiles militares, adquirió un cariz castrense y religioso, y contó con la presencia en la tribuna de los generales Franco, Queipo de Llano y Millán Astray. La bandera fue presentada como la “enseña sagrada”, el emblema consustancial a la historia de España, bendecida por la procesión extraordinaria de la Virgen de los Reyes». Previo a las distintas luchas, los requetés solían entonar cánticos religiosos, donde no faltó el auxilio a la Virgen de los Reyes.
Con el paso del tiempo la influencia carlista fue decayendo, tras absorber el régimen las ideologías que apoyaron al bando nacional. Su impronta pudo verse en una formación musical en torno a los años sesenta del pasado siglo. La Banda del Requeté, fundada por un miembro que formó parte del tercio acompañó por ejemplo al Nazareno de la Salud de la Candelaria en 1966, haciendo lo propio un año más tarde tras el primer paso de la Carretería. Sus componentes fueron conocidos como boinas rojas, precisamente símbolo del carlismo.
El carlismo no pudo presentarse a las primeras elecciones democráticas, lo que provocó que menguara el poder que podía ejercer en la nueva España. En la actualidad, el carlismo sigue vivo en la capital con el Círculo carlista “Virgen de los Reyes”, cuyo emblema es un escudo conformado por la representación de la patrona que hizo Santiago Martínez y a la que se le ha añadido un fondo de castillos y leones. Según la página oficial: «El Carlismo es la organización política más longeva de España y desde la doctrina que defiende, el carlismo andaluz -hombres y mujeres que quieren mantenerse firmes en su fe y coherentes con la tradición histórica de las Españas- se ofrece como instrumento para la acción política en el siglo XXI».






