Las cabañuelas condenan a la Semana Santa de 2027: lluvia, tormentas y penitencia meteorológica para sorpresa de nadie

Nada

Hay cosas que nunca fallan cuando llega el final del mes de agosto. El calor, las noticias sobre la vuelta de los ensayos, algún que otro enfrentamiento cofrade de sobremesa y, por supuesto, las cabañuelas anunciando que la Semana Santa del año siguiente será un desastre meteorológico de proporciones bíblicas. Podría desaparecer la actualidad del planeta, pero siempre habrá alguien observando aquello que sea lo que observen para sus vaticinios en agosto para explicarnos qué hará el tiempo dentro de siete meses.

Y ya tenemos el primer diagnóstico para 2027. El Domingo de Ramos será el 21 de marzo, pero —aunque muchos no se lo crean— las cabañuelas ya han decidido que la cosa no pinta precisamente como para sacar los pasos con tranquilidad. El responsable de este vaticinio es Alfonso Cuenca García, cabañuelista de Quesada, en Jaén, que ha elaborado su previsión mediante el método de las cabañuelas hidrológicas.

El resultado es de esos que provocan inmediatamente taquicardias en cualquier junta de gobierno con calendario de salidas delante: otoño revuelto e invierno-primavera lluviosos. Un pronóstico que, por cierto, sería magnífico si hablamos de aliviar la necesidad de agua de nuestras sierras y nuestros campos —que, al parecer, siempre necesitan agua por más que llueva—. Para las cofradías, en cambio, la noticia tiene una lectura ligeramente distinta: agua para el campo, sí; debajo de los pasos, mejor no.

La Semana Santa ya tiene su particular parte de guerra

Según la previsión, entre los días 15 y 23 habrá nubosidad abundante, lluvias moderadas y tormentosas, con temperaturas que oscilarán entre los 15 y los 30 grados. Casualmente, El Domingo de Ramos —21 de marzo— está dentro de ese intervalo. Así que, si uno quisiera tomarse las cabañuelas con una solemnidad que evidentemente no merecen, podría concluir que la apocalíptica Semana Santa de 2027 llegará acompañado de nubes, lluvia y tormentas. Una maravilla. Todavía no se han terminado de enfriar los recuerdos de la Semana Santa anterior y ya tenemos al cielo preparando el siguiente expediente sancionador contra las cofradías.

Imaginen por un instante la escena. Una junta de gobierno reunida meses antes de la Semana Santa, con el calendario delante, los horarios, los itinerarios, las papeletas de sitio y un señor diciendo: «Según las cabañuelas, llueve». Silencio sepulcral. El fiscal mira al diputado mayor de gobierno. El diputado mayor de gobierno mira al hermano mayor. El hermano mayor mira al cielo. Y el cielo, naturalmente, ni confirma ni desmiente porque todavía no sabe ni lo que va a hacer. Pero las cabañuelas sí. No sean malos que seguro que más de uno ya ha pensado en alguna que otra Junta de Gobierno sopesando la posibilidad de suspender su próxima estación de penitencia al albur de semejantes pronósticos.

Y cuando parecía que podía escampar…

La cosa tampoco mejora demasiado después del día 23 —Martes Santo—. Entre el 23 y el 30, el pronóstico contempla nubosidad variable y lluvias leves a moderadas. Es decir, que después de las lluvias moderadas y tormentosas llegarían las lluvias leves o moderadas: las justas y precisas para cargárselo todo pero sin Dana. Una evolución meteorológica de extraordinaria utilidad para el cofrade: primero preocúpese mucho y después preocúpese moderadamente.

Al menos hay variedad. Tenemos nubes abundantes, nubes variables, lluvias moderadas, lluvias leves, tormentas y temperaturas de entre 15 y 30 grados. Solo falta que las cabañuelas incorporen también una predicción sobre la cantidad exacta de cirios que se apagarán por ráfagas de viento para que podamos ahorrarnos el programa de mano.

Y, por supuesto, siempre queda abierta la posibilidad de que, llegado el momento, haga sol, no caiga una gota y las cofradías completen sus estaciones de penitencia con absoluta normalidad. En ese caso, naturalmente, siempre podremos recordar que las cabañuelas son una tradición y no una ciencia, una distinción que resulta extraordinariamente conveniente cuando el pronóstico decide equivocarse.

La ciencia tendrá que esperar su turno

Conviene insistir porque, entre tanto dramatismo atmosférico, alguien podría acabar confundiendo una tradición popular con una herramienta científica. Las cabañuelas no son un método científico de predicción meteorológica. Se trata de un sistema tradicional de observación utilizado para realizar estimaciones sobre el comportamiento futuro del tiempo, pero carece de la capacidad predictiva de los modelos meteorológicos empleados por la ciencia actual.

Y esto es especialmente importante cuando se pretende pronosticar qué sucederá durante una Semana Santa situada todavía a meses de distancia. La meteorología tiene dificultades incluso para concretar determinados escenarios con varios días de antelación, de modo que pretender conocer ahora con precisión qué ocurrirá sobre Sevilla, Córdoba, Málaga, Cádiz, Huelva, Granada o cualquier otro punto de Andalucía durante la Semana Mayor de 2027 pertenece más al terreno de la adivinación que al de la predicción. Pero ahí están las cabañuelas, firmes como un palio bajo la lluvia.

El meteorólogo cofrade que todos llevamos dentro

Lo verdaderamente extraordinario es la facilidad con la que el universo cofrade convierte cualquier indicio atmosférico en un asunto de Estado. Todavía queda muchísimo para que llegue la Cuaresma de 2027, todavía tendrán que suceder cultos, igualás, ensayos, conciertos, pregones, mudás, repartos de papeletas y cientos de acontecimientos antes de que los pasos comiencen a salir a la calle. Pero ya tenemos lluvia. Siempre tenemos lluvia.

Si las cabañuelas dicen que lloverá, habrá quien las cite como si fueran el oráculo de Delfos. Si finalmente no llueve, desaparecerán discretamente del debate como desaparecen tantas predicciones que nadie recuerda cuando dejan de resultar útiles. Y si llueve, aparecerá alguien dispuesto a proclamar que «ya lo habían dicho las cabañuelas», como si hubiese sido necesario un prodigio sobrenatural para intuir que la primavera andaluza puede ser meteorológicamente inestable. Es el negocio perfecto: si aciertan, son visionarios; si fallan, simplemente «las condiciones cambiaron».

Por ahora, que nadie toque el capirote

Así las cosas, el primer pronóstico cabañuelista para la Semana Santa de 2027 deja nubes y precipitaciones como protagonistas anticipadas. Entre el 15 y el 23 de marzo, nubosidad abundante y lluvias moderadas y tormentosas; del 23 al 30, nubosidad variable y lluvias leves a moderadas. Todo ello dentro de una previsión general que anuncia un invierno-primavera lluvioso. Una información que puede servir para conversar, bromear, alimentar la tertulia cofrade y, sobre todo, recordarnos que todavía queda una eternidad para saber qué tiempo hará realmente.

Porque una cosa es segura: el Domingo de Ramos será el 21 de marzo de 2027. Lo demás, incluyendo si habrá que cerrar los templos, suspender estaciones de penitencia, modificar itinerarios, proteger pasos, buscar refugios o simplemente disfrutar de una jornada espléndida, tendrá que esperar. De momento, las cabañuelas ya han dictado sentencia. Han condenado a las cofradías antes incluso de que comience el otoño. Y si dentro de siete meses sale el sol, no se preocupen. Seguro que también estaba escrito en algún sitio.