Las cabañuelas pronostican el tiempo para la Semana Santa de 2026, marcado por la incertidumbre y ¿el sol?

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Como si de un ritual veraniego se tratara, cuando la información cofrade languidece bajo el sopor estival, reaparece un clásico de agosto y septiembre: el pronóstico de las cabañuelas. Este método, tan pintoresco como poco fiable, vuelve a saltar a los titulares con sus predicciones para la Semana Santa de 2025, esa en la que, según parece, la única certeza es la de la incertidumbre.

La eterna promesa de la lluvia… o del sol

Los cabañuelistas insisten año tras año en ofrecernos predicciones tan vagas como reconfortantes para unos y desesperantes para otros. Lo habitual: lluvias débiles y generalizadas, que acaban convirtiéndose en auténticos diluvios si la sequía lo exige, o bien en un cielo despejado si al azar le apetece desmentirles. Un ejercicio de futurología en versión meteorológica que, por lo general, acierta tanto como lanzar una moneda al aire.

El vaticinio desde Jaén

El primero en animar la temporada ha sido Alfonso Cuenca, el conocido cabañuelista de Quesada (Jaén). Sus cálculos, basados en el comportamiento atmosférico de agosto, anuncian que entre el 23 y el 30 de marzo —justo cuando arranca la Semana Santa, con el Domingo de Ramos el día 29— tendremos “nubosidad variable y lluvias leves a moderadas”. En cambio, y aquí viene el milagro, desde el 1 al 7 de abril —es decir, del Miércoles Santo en adelante— asegura que habrá “sol rotundo”. Un respiro celestial, al menos para quienes todavía depositan fe en esta técnica.

El mensaje desde Mula

Desde la localidad murciana de Mula, el también mediático Pedro Buitrago, apodado “el cabañuelo de Mula”, se atreve a ser todavía más creativo. Su diagnóstico: en la segunda quincena de marzo habrá “lluvias caprichosas en días soleados y posibilidad de lluvia en días lluviosos” —una fórmula que, por su obviedad, difícilmente fallará—. Para la primera quincena de abril, avanza “cielos cambiantes con predominio de lo imprevisible”. En otras palabras: no sabe, no contesta.

Una metodología digna de museo

Conviene recordar que el sistema de las cabañuelas no surge de sofisticados satélites meteorológicos ni de superordenadores, sino de la observación del mes de agosto: la dirección de las nubes, el color del cielo, el comportamiento de los animales o incluso el aspecto del mar. Según esta tradición rural, cada día de agosto equivale a un mes del año siguiente, y entre los días 13 y 24 se realiza un recuento a la inversa —las llamadas cabañuelas de retorno— para confirmar (o contradecir) lo ya observado.

La estadística contra la superstición

La realidad, tozuda como siempre, es que la primavera andaluza es la estación más inestable del año, y la ciencia meteorológica reconoce las dificultades de pronosticar más allá de tres jornadas. Pretender anticipar con meses de antelación si lloverá en un día concreto de la Semana Santa roza lo imposible. Eso sí, como entretenimiento estival las cabañuelas no tienen rival: alimentan tertulias, encienden la imaginación de los crédulos y arrancan sonrisas a quienes saben que, en última instancia, el tiempo lo decidirán las nubes y no los refraneros.

Así pues, un año más, las cabañuelas nos dicen lo de siempre: que habrá lluvia, sol, nubosidad, inestabilidad… y mucha incertidumbre. Y aunque alguna vez deberían acertar por pura estadística, lo más probable es que, como casi siempre, no lo hagan. No se las crean.