Las consecuencias del dramático incendio de la Parroquia de Santiago

Es algo habitual en las publicaciones de Gente de Paz volver la vista atrás para traer al presente, aunque sea por unos instantes, el pasado de nuestras cofradías con el propósito de conocer con mayor profundidad los antecedentes que las han llevado a ser lo que son hoy en día, causándonos a veces no pocas sorpresas con escenas realmente olvidadas, desconocidas e incluso inéditas, capaces de suscitar el interés de cualquiera. Desde luego, cabe reconocer que aunque algunas de esas estampas ya hayan sido compartidas o analizadas con anterioridad, no existe motivo para que otras de similares o iguales características no puedan reavivar ese inevitable sentimiento de curiosidad.

No tendría sentido poner en duda que la Hermandad de las Penas de Santiago sea una de las que se ajuste a esa descripción, pues con solo echar un vistazo a la historia de la hermandad se podría hallar una cantidad considerable de sucesos y modificaciones que hacen de su pasado una realidad muy distinta a aquella de la que goza en la actualidad.

Ya en anteriores artículos de este medio, hacíamos referencia a la hermosísima representación del calvario a la que dan forma la implorante Virgen de los Desamparados y San Juan Evangelista a los pies de la cruz del antiquísimo y siempre enigmático Cristo de las Penas, dando lugar a esa perfecta iconografía de sello propio y sabor de barrio. Quizá por eso, resulte tremendamente complicado y casi imposible imaginar al Santísimo Cristo desprovisto de la inestimable compañía de la Madre y el joven discípulo.

Sin embargo, cierto es que durante 16 años, la oscura talla del crucificado procesionó por las calles cordobesas en absoluta soledad hasta que el 1973 y las gubias de Antonio Eslava trajeron a la corporación de Santiago a la bella Virgen de los Desamparados para comenzar a hacer estación de penitencia junto al Santísimo Cristo de las Penas. Tan solo cinco años después, el imaginero sevillano realizaría la magistral y esencial imagen de San Juan Evangelista para la clásica cofradía del Domingo de Ramos.

No obstante, lejos de haber permanecido en todo momento a ambos lados de la cruz, en 1979 las efigies de la Virgen y San Juan abandonaron el paso de misterio de la hermandad para pasar a ocupar uno propio en el que las dos tallas comenzarían a procesionar bajo un palio que más tarde cobijaría a la admirable Virgen de la Concepción. No fue hasta la incorporación de la magnífica dolorosa tallada por Juan Ventura, ya en el año 1987, cuando la Virgen de los Desamparados y San Juan Evangelista volverían a ser reubicadas en el primer paso de la cofradía, habiendo procesionado bajo palio a lo largo de ocho años que nos dejaron para el recuerdo estampas como las que ilustran este artículo y en las que se puede apreciar una evidente diferencia entre las bambalinas de aquel entonces, más cortas y con una pintura en el techo de palio, y las actuales, enriquecidas con las vistosas cresterías de plata.

Durante aquellos años y como bien es sabido, poco después de la llegada de la imagen de San Juan a la Hermandad de las Penas, concretamente en el mes de diciembre de 1979, se produjo un incendio en la Parroquia de Santiago que redujo por completo a cenizas el paso del Santo Cristo y los respiraderos del nuevo paso palio. El triste suceso requirió de la restauración de las imágenes de la Virgen y el amado discípulo – labor acometida por el sevillano Juan Ventura – que habían sufrido algunos daños. El estado en que quedó el templo, obligó a la cofradía a trasladarse a la cercana Parroquia de San Pedro y a hacer enormes esfuerzos que le permitieran estar presentes en la jornada del Domingo de Ramos de 1980. Para esa ocasión y por fortuna, la corporación contó con la cesión de parihuelas, cedidas por la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y Nuestra Señora de las Aguas de Sevilla, que permitieran al Cristo de las Penas realizar su tradicional estación de penitencia. El paso de palio, por su parte, como consecuencia de la pérdida de sus respiraderos durante el incendio de la Iglesia de Santiago, se vio en la tesitura de tener que salir sin esta valiosa pieza, debiendo colocar en su lugar unos faldones de terciopelo negro recogidos al estilo de las bambalinas, tal y como se muestra en la instantánea. 

Tras aquellos duros momentos, la llegada de 1982 trajo consigo el estreno del nuevo paso del Santísimo Cristo de las Penas, que se iría completando por distintas fases. En cambio, un nuevo revés llegaría en 1985 cuando también la Parroquia de San Pedro debe ser clausurada para ser sometida a un intenso proceso de restauración. Por esta razón la hermandad de Santiago se traslada por un tiempo a la vecina Ermita del Socorro, donde permanecería hasta octubre de 1990 para desplazarse de nuevo, ya tan solo por unos meses a la Iglesia del Carmen, ya que la Parroquia de Santiago se abriría finalmente durante la Cuaresma de 1991.

Para entonces, como cabe suponer por la aclaración hecha previamente, María Santísima de la Concepción ya había sido incorporada a la cofradía, previa donación del hermano Manuel Jiménez García. Con Ella, la Virgen de los Desamparados y San Juan regresaron para ocupar junto al crucificado el paso de misterio, regalando al pueblo cordobés el incomparable pasaje que muestra la fotografía que acompaña estas líneas, tomada a principios de la década de los 90, capturando el representativo momento en que el Santísimo Cristo de las Penas se detenía junto a su templo de acogida, la Parroquia de San Pedro.

Fuente Fotográfica